LOST IN CONTEMPLATION OF WORLD

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LITERATURA: Hablemos de Rayuela y V.

Por: Santiago Gutiérrez Echeverría

Sí pues. Hace sesenta años Julio Cortázar publicaba su Rayuela. Por la misma época, Thomas Pynchon nos daba su primera novela: V. Ambos autores, a su manera, nos manifestaban un desasosiego total ante la realidad, una duda constante, un escepticismo convencido de que la Verdad es siniestra, borrosa e ilusoria. Podemos ir más lejos y afirmar que Rayuela y V. empujaban el espíritu modernista de su época hasta llegar a los albores del postmodernismo (sea lo que sea el postmodernismo). Gracias, Cortázar. Gracias, Pynchon. Rayuela contribuyó a consolidar el Boom Latinoamericano (sea lo que sea el Boom). V. inauguró la paranoia pynchoniana que culminaría más tarde en la cumbre del maximalismo estadounidense: El arco iris de gravedad.

Ok, ya sabemos, profe, son obras constitutivas en la historia de la literatura. Son. ¿Pero son buenos vinos para añejar? Veamos pues qué texturas tienen al ser leídas en pleno 2023.

Vale la pena preguntarnos esto porque hoy en día se ha cuestionado mucho en internet si el valor canónico de estos autores es merecido, o si acaso  ellos están sobrevalorados. No pienso irme al extremo de darles palo como algunos haters ni de consolidarlos como si yo escribiera un manual de historia literaria. Quiero ver sus puntos fuertes y lo que podrían mejorar. Mis opiniones son subjetivas, obviamente, pero qué lindo pues jugar a la subjetividad con estos libros que se ahogan en la duda y la perspectiva. Je.

Del lado de allá

¿Qué hace Pynchon en su V.? A ver, para empezar, ¿qué, o quién rayos es V. en la novela? ¿Es que alguien sabe de qué trata este libro? Entiendo que mucha gente ponga la jeta leer a Pynchon. El significado de sus obras (si es que lo hay) es difícil de entrever. Uno podría compararlas con una pintura abstracta postmoderna, de esas en que el espectador tiene la ardua tarea de encontrar (o inventar) un significado. Pero hay una gran diferencia: tales pinturas suelen ser fáciles de hacer: son llanas y a veces flojas; pero la prosa de Pynchon es un hipersistema donde todo parece tener una lógica y alguna congruencia, aunque resulte trabajoso entenderlo y a veces parezca absurdo. Es un caos ordenado, lo mismo que la vida real.

Cuando leí por primera vez La subasta del lote 49 pensé que se trataba de un buen libro y ya. Sin comentarios, digamos. A ratos me preguntaba si Pynchon es un pajpaku que dice cosas aparentemente profundas aunque solo sea por pura labia. También me preguntaba si la paranoia no solo la sufría su personaje principal, Oedipa Maas, sino también el lector cuando trata de entender la novela. Cuando leí V. (y pa qué mentir, como lector estaba más preparado) me di cuenta que este tema de la paranoia se repite. ¡Lo interesante es, pues, que sus novelas tratan de eso, de sufrir la paranoia buscando un sentido donde posiblemente no hay nada! (¿¡o sí lo hay!?). Esque la realidad es muchas veces así. Andamos buscando interpretaciones, órdenes esquemáticos, desarrollos, desenlaces… ¡y Pynchon tienta al lector a que haga eso cuando lea sus novelas!

Pero esta es tan solo una interpretación que yo le doy a la obra. Es mi paranoia. Que yo sepa, Pynchon nunca explicó el significado de la paranoia en sus libros, lo cual es un acierto. De dejar claro su mensaje, este se convertiría en el nuevo orden, la nueva regla. Pero sus obras son pura incertidumbre: ¿es real aquella teoría conspirativa que parecemos enfrentar? ¿Tenemos todos algo de paranoia al vivir y darle un sentido a nuestras vidas?

El hecho de que Pynchon viva escondido de los medios de comunicación y que deje su identidad como una incógnita también es un mensaje sutil. Tal vez así evita dar explicaciones sobre su obra. Tal vez así evita vanagloriarse como escritor y adulterar su mensaje literario a través de la imagen pública, la palabra hablada y el mass-media que parece criticar. Tal vez Pynchon quiere gozar del anonimato de Homero y de Shakespeare; quiere vivir con el mismo privilegio que tuvieron aquellos autores cuya biografía es difícil de sacar a la luz. Quiere que toda la atención se centre en sus libros. En nuestra era, obsesionada con nuestra información personal y con alardear el yo en los medios de comunicación, la de Pynchon es una postura artística respetable e interesante.

Pero volvamos a V. Pynchon la ha tenido clara desde el principio. Creó al personaje de Herbert Stencil, un hombre que rastrea a V. en relación con la muerte de su padre. Su investigación lo lleva a sospechar la presencia de una mujer que parece haber encarnado distintos aVatares, siempre estando presente en eVentos de magnitud histórica (en una embajada de Venezuela, en NueVa York (sí, lo escribe en español), en la Valeta, in loVe, etc.). Pero lo que Stencil no sospecha (o no admite) es que su búsqueda resulta esencial tan solo para él mismo, para inyectar Vitalidad a su propia vida y no quedarse en la inercia, en la inacción. V. no parece ser más que una paranoia que le da a su vida un objetivo.

Stencil se enfrenta al mundo de la posguerra, donde acechan los síntomas de una “enfermedad” que le ha quitado la vitalidad al mundo. Hay un aura de vacuidad, de muerte, de inercia, de cosificación y, eventualmente, de materialismo. Porque sí, Pynchon ya había advertido la sociedad de consumo-posguerra acechando en Estados Unidos (y que más tarde se globalizaría). Por ello nos había propuesto personajes (y nos había puesto a nosotros, como lectores) como seres angustiados que tratan de ordenar la vacuidad. Esque, diablos, al final sus novelas no son una salida fácil de entretenimiento más; son un desafío a cuestionar incluso el mismo hecho de estar cuestionando.

Por eso V. resulta relevante el día de hoy. Es una lectura que se opone al entretenimiento cosificador, pues nos exige dejar la pasividad (sí, ya ven que me acerco a Cortázar) y la cosificación.

Entiendo que haya lectores emputados con lo trabajoso que es leer a Pynchon, porque para llegar a estas interpretaciones (y a otras, porque las mías no son definitivas) hay que dedicarle nomás tiempito al libro. Y si hablamos de los puntos débiles de V., que valga admitir que los últimos capítulos pierden bastante fuerza, y se sienten un tanto agotados.

Lo que sí vale la pena mencionar del final es el cierre definitivo spoiler cuando se revela que el padre de Stencil no murió a causa de V. sino a causa de un accidente en el mar, y que por tanto lo que le da sentido a la vida de su hijo Herbert Stencil es la pura casualidad; pero que a pesar de todo Stencil (quizás intuyendo que realmente esto le pasó a su padre) prefiera seguir persiguiendo a V. a lo largo del mundo sin querer dar nunca con su clave, rodeándola incesantemente. Tal vez la verdad no es alcanzable, sino perseguible. Fin del spoiler.

Del lado de acá

Y este llamado a leer de manera más activa también resuena en Rayuela. Cortázar se opone al lector que quiere relajarse, escapar en una lectura fácil que lo hipnotice. Quiere lectores activos (no pasivos) que se opongan a lo que él llama el lector hembra. Término que por cierto no ha envejecido nada bien (cuidado que ten cancelan en la UBA, Julio)*.

La propuesta es interesante, pero también elitista y subjetiva. ¿Qué es realmente un lector activo, qué es un lector pasivo? ¿Es una cuestión de blancos y negros, o hay zonas grises? Si le damos el equivalente de masculino y femenino a los lectores activo y pasivo, podríamos hacer una analogía woke y decir que hay un poco de energía masculina y femenina en todos nosotros.

Pero ya, dejémonos de bromas. En su momento esto del lector pasivo fue un llamado revolucionario que tal vez sacudió el suelo. Pero como en todo periodo post-revolución, los extremismos deberían relajarse. Hoy en día, admitámoslo, ¿es tan malo relajarnos con la literatura? O dicho de forma general, ¿es malo consumir arte, entretenimiento, etc. para relajarse y ya? Personalmente creo que no, siempre y cuando leamos/consumamos con un poco de sentido crítico. Porque si caemos en el elitismo cortazariano, podemos convertirnos en mamadores que se creen especiales por criticarlo todo y sentirse orgullosos de saber mucho. Si nos volvemos muy pasivos, pues nos embutimos el contenido que está de moda por el mero hecho de que sea trendy (como el último young adult, el último k-drama, el último videojuego, el doomscrolling durante horas y horas). Esque ni leer Rayuela ni leer young adults está mal, pues se puede encontrar algo bueno en todos ellos, pero justamente se debe encontrar también lo malo en todo. Lo mismo va para los mamadores pasivos que consumen todo lo que es aclamado por la crítica. Quienes se autoconvencen de que les gusta algo solo porque leyeron en internet que es de culto… Vamos, no seamos pasivos, disfrutemos lo que se nos dé la gana pero con sentido crítico.

Pero volvamos con Rayuela. ¿Qué la hace tan novedosa como «contranovela»? Pues está su famosa propuesta: hay dos maneras de leerla. Una es la manera lineal, avanzando en el orden de 1, 2, 3… La otra es siguiendo un tablero con un orden alternativo (y así se saltan capítulos hacia adelante y atrás, casi como jugando a la rayuela y buscando el Cielo, rompiendo con la linealidad y la razón, o al menos eso argumenta la novela).

¡Tremendo! O al menos estilísticamente. Pero en cuanto al contenido, hmmm… no es tan disruptivo como se nos promete. Se supone que la manera alternativa de leer la novela (saltando capítulos) llama a que el lector sea más activo. Pero, ¿no es también “pasivo” seguir el orden alternativo del tablero? Ejemplo: ok, terminé el capítulo 76, ahora el libro me dice que vaya al 101. En términos de procedimiento, ambas lecturas nos piden que obedezcamos una directriz.

Podríamos decir que de todos modos hay un empujoncito para que el lector establezca un tercer orden de lectura, el suyo. Pero no sé qué tan legible pueda ser la novela con un orden personal más “atrevido”. Es un mito, muchachos: si lees el libro de la primera manera (la secuencial) y luego de la otra (la alternativa), NO tendrás dos libros diferentes. En ambas lecturas ocurre la misma historia de modo secuencial. ¿Cómo así? Porque al leer la novela con el orden alternativo, no hacemos más que leer la novela en su orden secuencial (1,2,3…), pero con los capítulos extras (73, 1, 2, 116, 3…). Una tercera lectura propuesta por el lector de manera totalmente aleatoria (digamos, 120, 4, 75, 22…) podría resultar caótica. 

Ok, miento: hay una sola diferencia y esta me parece lo más bello y alucinante de la novela: los finales.

Spoilers

Si lees la novela de manera lineal, llegas al capítulo 53, donde Oliveira está en el manicomio y ya casi (casi) parece haber caído en la locura porque ha extremado sus intentos de romper con la racionalidad. Las últimas líneas son sugestivas. ¿Saltó de la ventana literalmente**, o tan solo metafóricamente, cayendo en la locura, desencadenándose de la racionalidad y alcanzando la casilla del Cielo en la Rayuela que vio en el piso? Tú decides.

¿Qué ocurre cuando lees de manera no lineal? Entonces llegas a leer también los capítulos extras, los «prescindibles». La mayoría de ellos no amplían mucho la historia, a excepción de los últimos. Con ellos resulta que Oliveira perdió su puesto de trabajo en el manicomio después de su escena dramática en la ventana, haya saltado o no haya saltado de ella. Parece que Oliveira enloqueció (o cayó al suelo muy malherido) y que sus amigos cuidan de él. Si es que saltó y murió, entonces se encuentra en una suerte de “Cielo”. En todo caso aquí los capítulos son alucinatorios, atemporales y algo irracionales. Y al final de esto llegamos a un bucle sin escape: el capítulo 131 remite al 53, el 53 remite al 131 y así sucesivamente. Se ha suplantado el orden temporal secuencial por uno circular. Oliveira ha escapado de la racionalidad.

Insisto: en ambas lecturas se tiene una misma historia, pero cada una ofrece un punto de vista diferente cuando se llega a la conclusión. Si el lector lee de manera secuencial, entonces llega al final de la ventana, quizás comprendiéndolo desde el punto de vista de Traveler, el Doppelgänger de Oliveira que optó por una vida menos literaria, menos inquieta, casándose en el lugar donde nació y llevando una vida noble y racional. En este final Traveler ve con lástima a Oliveira. Si el lector lee de la forma alternativa, entonces jugará a la rayuela, comprendiendo las cosas como Oliveira hasta llegar al bucle.

En este encuentro de finales hay algo bastante conmovedor. En cierto punto Oliveira le habla a Traveler desde la ventana, expresándole cuánto desearía que su amigo viera las cosas desde su lado. ¿Cuántas veces no hemos deseado que aquellos que admiramos pudieran entrever en nuestra locura y no solo desde su propia lógica?

Fin del spoiler

Algo que debo criticar mucho sobre Rayuela es su pedantería. Carajo. Cortázar admite que hubo pedantería en esta novela muchos años más tarde en Berkeley. Esque, a ver, si tienes que bancarte un capítulo con referencias a casi cincuenta jazzistas, no pues!!! Aunque sepas de jazz, este catálogo es una pérdida de tiempo porque la música no va a sonar por más nombres que estén impresos.

Y gran parte de la novela es así. Una referencia tras otra. Puede que seas de los que se sientan intimidados ante ellas, pero también puede que entiendas o no las referencias pero que de todos modos adivines que la mayoría no hace más que inflar el texto.

A veces me cuestiono si esta pedantería fue realizada a propósito. Muchas veces se mencionaba que la Maga no entendía las referencias que se discutían en el Club de la Serpiente. Y la Maga era pues la Maga, la antítesis de Oliveira, aquello que él anhelaba y ahuyentaba. Lo máximo, en términos de lo que la propia novela narra. Entonces, ¿este exceso de referencias demuestra un defecto que tenían los personajes adictos a decirlas? ¿Tal vez era Cortázar autocriticando su lado excesivamente culto y racional?

Y hablando de defectos, Oliveira puede agradar a veces por su tendencia a cuestionar la realidad, pero es un patán. No solo es pedante, sino que da muestras de autosabotaje, misoginia, parasitismo, manipulación… ¿Cuál es este afán de poner al protagonista principal como un ser execrable? Lo critico desde la moral porque si la novela tiene una preocupación metafísica, vale la pena cuestionar la efectividad con la cual su perseguidor la realiza. ¿Acaso es una catarsis literaria de lo negativo, una demostración por agotamiento?

Dicen que Rayuela debería leerse durante los primeros veintes de una persona porque alrededor de esta edad es cuando uno se cuestiona sobre la realidad como nunca antes. El problema es que un lector promedio de veintipico años no entendería muchas referencias del libro, de esas que lo vuelven la lectura un tanto paralítica. Todo es más accesible cuando has estudiado un poquito más, con el postestructuralismo, los clásicos y todo eso. Pero cuando lees Rayuela un tanto más mayor, entonces este cuestionamiento de la realidad parece un tanto inmaduro, porque se enfrasca en preguntas metafísicas que ya das por sentadas, pero con actitudes frente a la vida un tanto estúpidas (ponerte a mendigar en París hasta que te deporten de una patada de regreso a Buenos Aires, ya pues Oliveira, dejate de burreras).

De otros lados

(datos prescindibles)

*Julio se retractó del término lector hembra más tarde, optando solamente el de lector pasivo.

** Julio afirma que no cree que Oliveira haya saltado. Semejante posibilidad le parece muy triste, aunque reconoce que esta queda ante el juicio del lector.

Y bueno, ambos libros no generan el mismo hype que tuvieron en su momento. Pueden resultar elitistas, inflados… al fin y al cabo le piden a sus lectores una cierta preparación. En su defensa solo puedo decir que esta dificultad de lectura es intencional y que va más allá de lo pretencioso: es un llamado al lector para colaborar con la obra y cuestionar su realidad.

En cierto modo existe, lamentablemente, una gran brecha entre la “buena” literatura de hoy y el público masivo (si esta existió siempre, ahora es más pronunciada). Buena parte de los clásicos a partir del siglo XX demandan una preparación literaria-teórica para que se entienda qué rayos están diciendo. Esto lleva pues, tiempito, que no siempre está disponible en este mundo cada vez más demandante y donde el “ocio” es un privilegio si se quiere que dure mucho. Podría incluso pensarse que acceder a estos libros es o un privilegio de clase o un sacrificio en desmedro de otros bienes (el sacrificio de estudiar humanidades, de no hacer otras cosas, etc.).

Qué les digo… son obras que tienen lo suyo. No las considero imprescindibles. En Pynchon su obra posterior es más deliciosa (aunque, lamentablemente, también más alambicada); en Cortázar, sus cuentos son más ágiles y contundentes.

Pero todo ese llamado seminal a sacar

al lector de su zona de confort,

de interpelarlo, vamos…

 ¿no nos hace falta

eso hoy y quizás

siempre?

V.

¿Cuándo será mayor de edad la FIL de Santa Cruz de la Sierra?

Eva Sofía Sánchez Exeni
Escritora y periodista
22/04/22

En marzo de este año participé de la Feria de la Edición e Impresión Independiente ‘Enjambre de Libros’. Fue un evento literario muy bien organizado, dedicado exclusivamente a promover literatura (es decir: ¡enciclopedias y libros religiosos out!) y que además ofreció un (más que) interesante programa paralelo de talleres, conversatorios y ponencias. Fue, también, un espacio inclusivo para propuestas editoriales de las Comunidades LGBTQ+ y demás. En otras palabras, ‘Enjambre de Libros’ se desarrolló con tanta seriedad y apertura que, quienes participamos (OJO, esto es una conjetura), con seguridad regresaremos para la próxima versión.

Pero el propósito de este corto artículo no es ‘tirar flores’ a ‘Enjambre de Libros’ y nada más. El propósito es, más bien, preguntar(me)(nos): ¿Cómo se explica que una Feria Independiente de pronto resulte más atractiva (para varias editoriales y autores) que la ya tradicional Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra (FIL)?

Las razones parecen obvias y fácilmente identificables. Por ejemplo, podría decir que la FIL es un mejunje de propuestas y quien más sufre a causa de esa ‘sobreoferta’ es la Literatura (con mayúsculas). O tal vez: que al parecer los organizadores de la FIL se esfuerzan más por superar los ‘records de asistencia’ de años pasados, como si esa fuese una variable válida a la hora de evaluar el éxito o fracaso de una feria literaria. O: que la FIL sirve como palestra para ‘autores-celebridades’ cuyas obras resultan (salvo algunas sorprendentes excepciones) ser las más vendidas de la Feria. Me refiero a los Carlos Valverde, los Fabio Zambrana, los libros que contienen más emoticones que palabras, o los que no son más que una recolección de los post de facebook de un ‘pseudo-autor’, etc. Este último punto es debatible. Alguien podría argumentar: “son los más vendidos porque eso es lo que la gente quiere leer”. Está bien, puede ser. Aún así, la venta masiva de las ‘obras-celebritys’ son nomás un ejemplo de que la Literatura (de nuevo, con mayúsculas) no es la estrella central del evento.

Así, apiladas en un párrafo, todas esas razones parecen explicar la paulatina pérdida de interés de autores y editoriales hacia la FIL[1]. Pero si en lugar de dar por concluido nuestro razonamiento, nos animásemos a reflexionar solo un poquito más, nos daremos cuenta de que apenas estamos raspando la superficie del problema. Propongo, por lo tanto, excavar más profundo porque sospecho (intuyo) que el motivo es más complejo.

La primera FIL se dio en 1999 y, año tras año, creció y creció. Entre 2006 y 2007 la FIL empezó a incrementar los espacios para niños. OJO: no he escrito ‘espacios para la literatura infantil’, sino ‘espacios para niños’. Un gran galpón en el que actores y actrices presentaban shows dirigidos a los más pequeños. En esencia, no hay nada malo en ello.

El problema es que, versión tras versión, la FIL cruceña se enfocó más y más en las actividades para niños y olvidó un gran detalle: una Feria Internacional del Libro es un evento literario e intelectual. Es un evento para el debate de ideas, para el análisis de las propuestas literarias contemporáneas, para la celebración del arte literario. Esa parte del evento fue tan dejada de lado por la FIL que un grupo de escritoras se ofreció (generosamente) a organizar el Encuentro Internacional de Narrativas, durante dos versiones de la FIL. Encuentro que, dicho sea de paso, este año se realizó en Enjambre de Libros.

La FIL cruceña se ha reducido a un espacio para el paseo, con dos stands en los que editoriales y librerías especializadas compiten al lado de tiendas de enciclopedias y textos para médicos o ingenieros. Un galpón con un colorido y vibrante decorado en el que actores y actrices cantan canciones y hacen bailar a los niños. Salas que solo se usan para presentar obras pero en las que casi nunca (por no decir jamás) se genera pensamiento, debate, diálogo, reflexión.

Me pregunto: ¿Qué ha cambiado en la FIL desde 2006 hasta ahora? ¿Ha madurado como evento literario o aún permanece estancada entre la pubertad y la adolescencia?

Soy la primera en admitir que desconozco la hermenéutica del evento. Estoy segura que todas las personas involucradas en la organización y realización del evento tienen las mejores intenciones. Y no tengo dudas de que el trabajo durante los días de feria es intenso y demandante. Al fin y al cabo (y esto es innegable), se trata de un megaevento. Pero no es ése el punto. El problema es de fondo, de concepto, de contenido, de espíritu. Muy bella la FIL vista desde lejos. Luminosa, colorida, llena de padres, madres, niños, niñas. Inofensiva. Pero si acercamos la mirada nos daremos cuenta de todo lo que falta: voces disidentes, literatura irreverente, autores y autoras periféricos, obras transgresoras, ideas desafiantes.

Un libro entretiene, es cierto. Pero la gran literatura quema, ruge, estalla.

Da la impresión de que la que FIL cruceña se niega a crecer y creo que el motivo es ‘cobardía’, porque para organizar una FIL en serio se deben debatir temas serios, importantes, polémicos, humanos, a veces dolorosos, a veces incómodos. Para hacer una FIL en serio se debe incluir a todas las voces, desde las oficiales hasta las periféricas. Para hacer una FIL en serio hacen falta muchos ovarios, huevos y cerebros.

Y, seamos honestos y honestas: En esta ciudad abundan los cerebros, ovarios y huevos valientes. ‘Enjambre de Libros’ es una muestra de eso.

[1] Esta afirmación no tiene sustento científico. Es el resultado de diversas conversaciones con escritores, escritoras y editoras y editores.

LITERATURA: ¡Taxi!

¡Taxi!…, abordaje al abandono

Por: Juan Luis Nutte


El mal del que nadie se libra es el desencanto y cuando se contrae, este inocula a quien lo padece, la discapacidad para recobrar un status social o emocional; no vale la pena arriesgarse a salir de la zona de confort, mejor mantener a buen resguardo la exigua dignidad que resta para no sumirse en una mediocridad aún más atroz que en la que se vive. Pareciera que un ignoto hado sofoca las esperanzas y por lo tanto es mejor no agitar la existencia y dejarse llevar por la inercia del oleaje y las mareas cotidianas de una vida sin sobresaltos, mejor así, nadar de a muertito y no ahogarse. Lo anterior es justamente cómo vive -mejor dicho sobrevive- Manuel, protagonista de la novela corta ¡Taxi! del boliviano José Andrés Sánchez Exeni (1981, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia).

¡Taxi! es un tour de forcé de prosa simple y categórica, que muestra sin quejumbres, totalmente aséptica de sentimentalismos, la voz de Manuel, que narra sus derrotas de tal forma que parece solazarse en ellas; este personaje, imposibilitado para la esperanza, es un hombre al borde del precipicio, un funámbulo, y su mundo (las calles de Bolivia y sus habitantes) lo tiene sin cuidado. Manuel, taxista de esta novela, nos conduce por su vida y sus derrotas, y lo hace porque sí, porque debe hacerlo, no como un acto catártico de su parte, su contar es un hecho tan simple y rotundo como el de vaciar un balde repleto de detritos solo porque ya no le cabe más y entonces se libera para volver a llenarse, y nosotros los lectores, debemos aceptar porque hemos abordado su taxi, pero se puede parar el viaje o continuar. Pero lo seguro es que continuaremos, aunque luego del viaje quedemos contaminados de desesperanza.

Sánchez Exeni, por medio de una prosa directa y precisa, que de principio a fin va acelerando la tensión narrativa, mantiene en vilo al lector hasta el final, así logra otorgar vida a sus personajes y los párrafos que conforman a estos seres los hace respirar, sudar, rememorar con palabras que son seres vivos. La novela corta (o relato largo) tiene el hálito de lo confesional y esto nos hace convivir con Manuel, en su taxi, y entonces, encarrilados en un viaje de incertidumbre, donde relumbra la derrota y la resignación, los lectores nos transformamos en testigos, en sus pasajeros, así nos enteramos que Manuel alguna vez tuvo aspiraciones literarias; que tuvo una familia acomodada y caída en desgracia debido a las corruptelas de su padrastro; que tuvo un matrimonio que se malogró debido a su conformismo y que dio como resultado una hija a la que no ama, pero frecuenta: “Nada… De hecho, tras varios minutos con ella en brazos, me di cuenta de que ni siquiera había bajado la mirada para observarla. Bien podría haber sido una roca, un peluche o un animal lo que yo cargaba. Me daba igual. De allí en adelante, me vi obligado a fingir felicidad… En la casa y durante los fines de semanas, en los encuentros con amigos y en la vida diaria. En la intimidad…”

Manuel se asume como alguien sin aspiraciones y lo paradójico es que no es mediocre, el mediocre carece de la capacidad crítica y autocrítica y de la observación de su entorno. Sí, Manuel es un perdedor que vive al margen para poder observar y esto es una ventaja para él, sus reflexiones no lo hacen enjuiciar, pero sí señala la podredumbre que no logra abrazarlo del todo, pone la sal en la llaga de los demás.

Pero no todo está jodido para él, en algún momento conoce a unos pasajeros que le hacen atisbar una hebra de esperanza que lo puede reconciliar con su mundo y sus afectos, la descubre luego de un tortuoso viaje nocturno en compañía de un par de travestis que se prostituyen, y un viejo que en medio de la noche se pasea con sus “exquisiteces” de gentleman en busca de servicios sexuales. Sabe que ellos están aún más sumidos en la derrota, en el desprecio social y él, Manuel, podría lograr mantenerse a flote por medio del amor que vislumbra al amparo de la noche y del miedo y la violencia que paradójicamente se anulan por la belleza que reconoce en uno de los travestis: “¿Quién es esta chica? -me pregunté- ¿de dónde salió? Sólo eso y nada más quise saber… Regine, Regine… Una destellante aparición, un muchacho extraviado dentro del cuerpo equivocado, obligado a convertir su sueño en miseria, a transformar el deseo en flagelo, a acumular heridas y decepciones para luego intercambiarlas por dinero. Un chico, como lo fui yo, al borde de la indigencia y la pobreza, con la urgente necesidad de encontrar un salvador, alguien que le dé algo de amor… No mucho, no demasiado… Sólo la suficiente dosis de amor…”

Quien aborde las páginas de este taxi literario se ha jodido, ya no podrá descender, será conducido entre renglones por la destreza narrativa de José Andrés Sánchez Exeni, dueño de una prosa precisa, ejecutada sin piedad, que denota a un escritor que cuenta y muestra sin titubeos la vida de personajes que transpiran, sufren y anhelan durante los párrafos que conforman esta novela breve. Y es posible que al concluir el viaje en ¡Taxi! y descender del libro, el lector se quede en la desolación de una calle sin salida.

Sobre al autor del libro

José Andrés Sánchez Exeni es periodista y escritor. Nació en 1981, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Ha escrito reportajes y artículos para diversos medios impresos y digitales del país. En 2017 fue seleccionado y participó en la Residencia para Artistas de Kiosko Galería. En 2018 presentó su primer libro de cuentos, titulado Matar lo amado, bajo el sello de la editorial La Hoguera. Sus relatos de ficción también han sido publicados en revistas especializadas en literatura. En mayo de 2019 participó como invitado del III Encuentro Internacional de Narrativa de la Feria del Libro de Santa Cruz de la Sierra. En agosto de ese mismo año fue galardonado con el premio Letras de Nuevo Tiempo, de la Fundación Cultural del Banco Central, gracias a la obra Aquí y ahora – Conversando con artistas cruceños. Este libro se presentó el 20 de diciembre de 2019.
José Andrés Sánchez Exeni, ¡Taxi!, E1 Ediciones, México, 2020, Colección Formato del Sur.

https://www.e1ediciones.com

Sobre el autor de la reseña

Juan Luis Nutte nació en el Distrito Federal. Comenzó a colaborar de 1994 a 1999 en el suplemento cultural El Búho del periódico Excélsior. Es egresado de la Escuela de Escritores de la Sogem. Fundador y editor de la revista literaria Cuiria. Publicó los libros de cuentos Anécdotas sedientas (UAM-Xochimilco-1999), Imágenes ligeras (Praxis-2006), Bestiario amoroso ( Ediciones de Autor, Editorial-2015) y Cuerpos pánicos (Ediciones de Autor, Editorial- 2018), además de las novelas Mi ventana es una tumba (FOEM-2014 ) y Edén (E1 Ediciones- 2020). Algunos de sus cuentos están incluidos en las antologías Animalia. Bestiario fantástico (Ediciones del Ermitaño), Sex-teto y otras piezas para cuatro manos (Ediciones del Ermitaño), Cofradía de coyotes (La Coyotera Editores), Bestiario para Mateo (UAM-Xochimilco, 2012) y Sangrar para narrar (Cisnegro, 2016), Recordanzas sobre René Avilés Fabila (La casa del Mago, 2017), Microfilmes en prosa (Quarks Ediciones Digitales, 2020, Lima, Perú). Beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico del Fondo Especial para la Cultura y las Artes del Estado de México (FOCAEM-2007, 2009 y 2012). Ha sido profesor de la Escuela de escritores “Ricardo Garibay” en Cuernavaca, Morelos.

 

LITERATURA: La vegetariana

Por: Mónica Heinrich V.

Mi querido y pandémico visitante,  si querés abrazar esas horas divinas que estás ocupando en tratar de hacer pan, en fingir que vas a hacer ejercicio para no enchancharte, en quedarte con los ojos cuadrados de ver TV o simplemente en angustiarte por la idea del no-futuro, tenés que dejar de boludear y leer La vegetariana. 

El hype que precede a esta novela es absolutamente justificado. Leí el libro hace ya dos años, cuando la vida todavía tenía esos momentos de «Ay, no me da el tiempo para escribir sobre La Vegetariana» «Ay, no me da el tiempo para hablar sobre La vegetariana», pero estamos en claustro (#QuédenseEnCasaPerros) y hoy es el postrero día que sí, que sí me da el tiempo, que sí puedo escribir y hablar sobre La Vegetariana.

Empezaré diciéndole a Hank Kang que la amo. No es nomás Amar, Amar es Amar. Amo su estilo sencillo, su prosa visceral, su capacidad de abrirte mil imágenes en una frase, los colores que evoca, las preguntas que deja aleteando en tu cabeza y en tu corazón. 

En La Vegetariana, Han Kang construye una obra terrible de tres actos, contada desde tres lugares o miradas, pero siempre teniendo como protagonista de ese «afuera» a Yeong-hye.

Ah, nuestra querida Yeong-Hye, nuestra atormentada Yeong Hye. 

En la primera parte, el inútil del marido de Yeong Hye nos narra el inicio de lo que todos tildarán como una locura.  Yeong Hye empezó a tener sueños extraños y  dejó de comer carne. Sin mayor explicaciones, sin mayores dramas. Este hombre insignificante que se casó con ella porque pensó que ella también era lo bastante insignificante para que juntos tengan una vida insignificante y sin sobresaltos, descubre que su mujer ya no es la tranquila, sumisa ama de casa que fue hasta ese momento. Yeong Hye ha dejado de pensar en él, y vive aferrada a esos sueños y a otros impulsos que hacen que los que la rodean se horroricen. El marido, entonces, en lugar de preocuparse por ella se ocupa de contarnos cómo lo afecta a él la situación. Ah ¡cómo te odié insignificante marido de Yeong Hye! remedo del patriarcado más feroz que sufre Corea del Sur, sujeto incapaz del menor acto de empatía, de amor ¡Cómo te odié marido insignificante y pusilánime! Cuando la leche se derrama y Yeong Hye sube un escalón más en cuanto a comportamiento perturbador, Han Kang cierra el relato mezquino del marido con una escena fuerte en la calle. Así sabremos que lo que sea que está pasando es mucho, mucho más grave de lo que nos imaginamos, y que este cuento de una vegetariana convertida va más allá del acto de comer carne.

La segunda parte titulada La Mancha Mongólica está narrada por el cuñado. Otro pelotudo. Un seudo-artista que se obsesiona con Yeong Hye y su obsesión será una obsesión en toda regla, abrasiva, insana, dañina. Quiere que sea su modelo para una de sus «obras de arte», aunque en realidad subyace un deseo sexual enmascarado detrás de la propuesta. Nuevamente, cero empatía, solo pensar en su propio placer, en sus propias necesidades. Un abanico de emociones te golpean ante el utilitarismo del sujeto. Sufrís por la desgraciada posición de su esposa, la hermana de Yeong Hye. Y asistís con pánico a la caída en picada de nuestra vegetariana. Las cosas se irán descontrolando y llegaremos a una de las imágenes más poderosas del libro. Una que hace que te digás: Ah, con razón la gente dice lo que dice de esta novela. Y, claro, odiás al pelotudo del cuñado ¡Cómo te  odié cuñado pusilánime e infiel! mientras tanto, tu simpatía por lo que atraviesa Yeong Hye sigue creciendo párrafo a párrafo. 

Cuando ya tenés claro que esta no es una novela feliz, y que lo que estás leyendo es parte de la pandemia más asesina que azota al ser humano, una pandemia que no es un virus, la hermana de Yeong Hye narra la última parte. Los árboles en llamas. Una sufrida parte en la que ella peregrina tratando de «curar» a su hermana.

Estaba a punto de entrar en la tierra… derretida por la lluvia… completamente derretida. Es la única manera que existe… para nacer de nuevo al revés.

Dice Yeong Hye. Y vos también querés convertirte en árbol y escapar de esa violencia en la que vivimos día a día, y de ese falso sentido de sociedad, de sororidad, de solidaridad, de pertenencia. Nosotros somos más como el pusilánime insignificante del marido, como el pusilánime infiel del cuñado. Somos ese tipo de gente que no deja entrar a otra gente a los hospitales, o que hace que un féretro peregrine por todos lados. Eso somos. 

La Vegetariana de Han Kang es un libro inolvidable. La auto-destrucción como base de un renacimiento, las estructuras convencionales cuestionadas, la resistencia más allá de un acto de rebeldía, sueños que dicen más que la realidad, todo se entremezcla con una escritura que rebosa talento.

Hay frases que te persiguen por la noche, hay imágenes que te persiguen por la noche y que te impelen a levantarte y pararte frente a la heladera sin decir nada. La supuesta locura de Yeong Hye te hace pensar que quizás no estamos tan lejos de ella como pensamos, quizás todo esto no sea más que una sueño…

Quizás cuando algún día despertemos…

LINK para descargar La Vegetariana ONLINE: LA VEGETARIANA

CURIOSIDADES

La obra se inspira en el cuento The Fruit of My Woman escrito por la propia Han Kang.

En 2009, La Vegetariana fue adaptada al cine con el mismo título por el director, Lim Woo-Seong con la actriz Chae Min-seo en el papel de Young-hye.

Es el primer libro de Han Kang traducido al inglés y al español.

Han Kang nació en la ciudad de Gwangju en 1970. A los once años se mudó a Seúl con su familia. Durante su adolescencia pasó por etapas difíciles y se identificó con escritores que se hacían las mismas preguntas que ella.

Han Kang Estudió Letras en la Universidad Yonsei y después de graduarse trabajó durante tres años como periodista para las revistas Publishing Journal y Samtoh, entre otras. Debutó con el relato «El ancla escarlata». Enseña Creación Literaria  a la vez que escribe cuentos y novelas.

CINE: Mujercitas (Little Women)

Por: Mónica Heinrich V.

Vamos a empezar con lo banal, y con datos hmmm “cuestionables”. Un día, rebotando en el cable, me estacioné descaradamente en un episodio de Dawson´s Creek, la serie teen noventera por excelencia. La efervescencia de los espectadores había logrado que tuviera una vida superior a las dos o tres temporadas y que los protagonistas (chicos de colegio) llegaran a cursar la universidad. Ahí estaba Katie Holmes interpretando a ese insufrible personaje llamado Joey Potter. Joey, en un aula universitaria decía suelta de cuerpo que su libro favorito era Mujercitas, y que de hecho su nombre se lo habían puesto en honor a la gran Josephine March. Lo que se desató fue una humillación pública que consistió en decirle a la tal Joey que Mujercitas no era una gran novela, que era machista, misógina y retrataba a las mujeres como un montón de mamertas sometidas, o algo así. Hasta ese momento, Mujercitas habitaba en mi memoria en un cuarto especial, el cuarto del primer libro. Y me pregunté si el estúpido profesor de Dawson´s Creek tenía razón, y me respondí, que no, que el estúpido profesor de Dawson´s Creek no tenía razón. Que Dawson´s Creek jamás tendría razón en nada. O tal vez, un poco sí, pero no completamente.

Rememoremos datos menos banales e igual de cuestionables. Empecé leyendo Mujercitas a los diez años, fue mi primer libro serio con más letras que dibujos y seguí con Las Mujercitas se casan (Aquellas Mujercitas en otras ediciones), Hombrecitos  y Los Hombrecitos de Jo. De ahí pasé a los otros libros de Louisa, Bajo las lilas, Jack y Jill, Una chica a la antigua, Una chica a la antigua se enamora y bla bla bla. Louisa fue una escritora prolífica y la mayor parte de su literatura fue dedicada a las “niñas” con todos los estereotipos y clichés que eso acarreaba.

Lo que hay que saber de Louisa es que escribió Mujercitas por encargo, no bajo un ímpetu similar al de Josephine March por retratar su vida familiar, sino a pedido de su editor que deseaba un obra para “niñas”, con todos los estereotipos y clichés que eso acarreaba. Ajá, ajá. Alcott era práctica y pendeja, además necesitaba quintos, así que no se hizo mucho lío. Aunque el tema no la entusiasmaba lo escribió. Y no le interesaba porque ella era en sí un ejemplo de mujer atípica a su momento histórico, una tipa que se obligó a escribir con la mano izquierda para cuando su derecha se le acalambrara y el género que la llenaba era el suspenso, escribía relatos de ese estilo con un seudónimo.

Así y todo, Mujercitas se publicó en 1868 y sí, gente de bien, para su época rompió moldes. Y además, hizo que nuestra amiga escritora pase de ser pobre y desconocida a ser una de las personas más queridas de Estados Unidos. El personaje de Jo con actitudes descritas como más varoniles, que detestaba la idea de casarse y que vivía soñando con ser una famosa escritora, en una época en la que el destino “social” de toda mujer era el matrimonio, es cuando menos revolucionario. Un alter-ego de Louisa que nunca se casó. Si bien el resto de los personajes son más conservadores o mojigatos, las actividades de las March que disfrutaban la lectura y las artes, tampoco eran el modelo femenino a seguir de su tiempo. Bueno, ya…Meg era toda una construcción de la esposa «perfecta» destinada a complacer a su esposo, el buen John. Pero Meg queda viuda y quizás la única de las March que cumple la función social de ser «la señora de» es Amy. Esto es importante saberlo y digerirlo, porque Mujercitas en su primera parte fue una obra que no estaba destinada a nada más que copar un segmento, y luego de su éxito fue requerida una segunda parte en la que el editor cojudo exigió que todas las heroínas deberían casarse, cosa que Alcott aceptó. Para ella, el asunto era un negocio. 

A los ojos poco sometidos y nada mamertos de lectores más avispad@s, es evidente que la obra de Alcott sonará edulcorada y conservadora, habrá hasta quienes miren con rencor a esas damitas bien portadas que eran las March, quienes digan en voz alta «no me representan», pero no hay que olvidar su contexto y quizás ese sea el desafío que tenga cualquier cineasta al intentar llevar a la pantalla Mujercitas.

La cineasta Greta Gerwig parecía la persona ideal para el trabajito. Greta dirigió Lady Bird en el 2017, una película coming of age finamente filmada. Admiré la capacidad de dirección de Greta y su indiscutible talento, aunque  estoy harta de esos personajes “millenials irreverentes” que en realidad son adolescentes malcriados. 

Mujercitas supone su segunda película como directora. Greta escribe la adaptación del guion, y para eso junta un poco de Mujercitas (hasta la cura de Beth), Las Mujercitas se casan (hasta el final) y parte de Hombrecitos de Jo (Jo escribiendo su libro y siendo exitosa). Lo que se admira a simple vista es lo que hizo con la cámara junto a su director de fotografía Yorick Le Saux (Personal Shopper, Bigger Splash)por ejemplo, la primera escena en la que vemos la espalda de Josephine March afuera de la puerta de su editor es muy reveladora del tono general que tendrá la película.

Greta decide contar Mujercitas entre el pasado y el presente, el presente se mostrará con una paleta cromática azulada y gris, mientras que el pasado será luminoso y cálido en referencia a la infancia como el territorio más feliz. Una solución al flashback atinada. Sin embargo, eso le quita a la historia la capacidad de desenvolverse más efectivamente como una película “de crecimiento”, y la convierte en una especie de película episódica. Por eso es que algunas escenas claves del libro se desarrollan sin crear los climas necesarios para su impacto emocional, como la escena del hielo y Amy, o la enfermedad de Beth, o el regreso de Papá March o hasta la relación de Jo con el profesor.

Lo que sí podemos celebrar es el casting para Jo, esa gran actriz que es Saoirse Ronan (Lady Bird, Brooklyn, Lovely Bones) da vida por completo a la emblemática Josephine March. Amé a esa desenfadada e irreverente Jo.  En cuanto a Emma Watson (Harry Potter) en su momento pensé que Hermione nunca podría ser Meg March, me equivoqué. Emma consigue sobreponerse incluso al hecho que parece menor que alguna de sus hermanas. Eliza Scanlen (Sharp Objects) como Beth tampoco incomoda, aunque su paso por la película es demasiado ligero para que tenga el peso real que tiene en la vida de Jo y su familia. ¡Estamos hablando del personaje que hizo que Joey (Matt Le Blanc) metiera el libro al freezer en Friends! Pero bueno, Scanlen sí podría ser Beth March aunque el guion de Greta no haga mucho a favor de ella. Hasta la excesivamente vivaz Laura Dern (Marriage Story) como Marmee, o la afectada Meryl Streep como la Tía March consiguen zafar en ese imaginario que tiene el lector promedio de Alcott.

Sí, sí. Greta dirige esta Mujercitas con elegancia, la escena del baile es divina, Jo y Laurie haciendo de las suyas entre los ventanales, la luz o la ausencia de luz que los enmarca; el montaje paralelo (una especie de efecto espejo) de la infancia con la recuperación de Beth y la adultez con la muerte de Beth, fue lindísimo.

Hasta puedo admirar las agallas de Greta de romper la ficción al incorporar la exigencia que tuvo Alcott para escribir “finales felices” para sus protagonistas y casarlas a todas en su libro Las mujercitas se casan que en inglés se tituló Good Wives. Lo admiro, porque le da un toque interesante a la trama y porque además bebe de la realidad y trata de convertir el libro más conservador de Alcott en algo más.

Pero, como siempre, en toda esta irreverencia hollywoodense quedan los vestigios de la industria, esa industria que sigue los preceptos que en su momento fueron exigidos a Alcott como escritora. Greta no pudo resistirse a poner como Laurie Lawrence al carilindo del momento, un Timothée Chalamet que parece una más de las hermanitas March y al que es muy difícil asumir como el posible interés amoroso de dos de ellas. También, una de las bromas finales de la pluma de Alcott sobre la exigencia matrimonial a sus protagonistas, fue casar a Jo con un personaje absolutamente opuesto a lo que se espera de un personaje romántico de novela, el profesor Bhaer es descrito como un hombre mucho mayor que Jo, se dice que hasta cercano a la edad de Papá March, con las ropas raídas y viejas, pobre, pero al que Jo termina amando. En la novela, Laurie hasta llega a decir “¿Qué le ve a ese viejo?”.  Greta (o el estudio) no se anima a poner a semejante ser en pantalla al lado del carilindo Chalamet y la encantadora Ronan. Su lugar lo ocupa un enrulado y francés Louis Garrel, que compite en hidalguía y buen ver con todos los otros hombres del casting. Otro detalle no menor, es obligar al espectador a fingir que cree que una actriz de 24 años como Florence Pugh es Amy March, de 12 años y además nominarla al coso dorado como Mejor Actriz Secundaria. Y ya por si fuera poco, el contexto histórico de la Guerra Civil americana también es pasado por alto o por lo menos por un tamizador en el que solo vemos acciones ñoñas de Marmee. ¡No, Greta! No.

En 1933 se hizo la primera versión cinematográfica de Mujercitas, ahí vive la mejor Josephine March hasta el momento interpretada por Katharine Hepburn. Dirigida por George Cukor tiene el encanto del blanco y negro, aunque resulta mucho más apegada a lo clásico de la novela. En 1949, un insípido Mervin Leroy lo intentaría nuevamente, esta vez con Elizabeth Taylor interpretando a una hermosa Amy March.  En 1994, Gillian Amstrong parecía que lo lograría con Winona Ryder interpretando a Jo, Christian Bale interpretando a Laurie, y Susan Sarandon interpretando a Marmee, ¿y adivinen qué? esos grandes nombres fueron metidos dentro de la película más plástica de todas las versiones. Sosa, sin chiste y genérica. Para ser sincera, seguí con mucho más interés la versión anime de la novela. Desde Japón y en 48 episodios de casi media hora, las March se veían más vivas que nunca y con el espacio dramatúrgico suficiente para no ser reducidas al cliché femenino o al cliché feminista bajo el hechizo del dibujo nipón.

Volviendo al trabajo de Greta,  su Mujercitas es la que tiene más personalidad visual y cinematográfica. Tanto en la cámara, como en el hermoso vestuario como en el cuidado del arte, hay una visión que la hace diferente. Lo que no es poco ¿Alcanza para que trascienda? Es una pregunta que queda para ustedes espectadores avispados. La prensa «especializada» insiste en llamarla la “versión feminista” de Mujercitas. Un mote que se extiende a la labor como guionista de Greta que víctima de las expectativas de ESTA época exageró algunos de los discursos progres de Jo y adelantó temporalmente los libros para que la realización personal de Jo calce mejor con el siglo XXI. Capaz que Alcott se hubiese reído de esos vanos esfuerzos.

Lo mejor: finamente filmada Lo peor: no termina de desarrollar el peso dramático de las escenas icónicas del libro y se vuelve condescendiente y muy autoconciente de su papel en la actualidad  La escena: la del baile, el mar Lo más falsete: el profesor Bhaer, Amy de 12 años, Laurie El mensaje manifiesto: los clásicos son clásicos por algo el mensaje latente: Ninguna verdad puede observarse sin su contexto El personaje entrañable: Jo El personaje emputante: el profesor Baer (igual me empujaba en el libro por moralista, entremetido y ridículo) El agradecimiento: por bellas escenas.

CURIOSIDADES

Hay un libro interesante que se llama El Legado de Mujercitas, construcción de un clásico en disputa de Anne Boyd, no pude encontrar su versión virtual, pero si les interesa, está para comprar en amazon.

Simone de Beauvoir escribió en sus diarios: “Hubo un libro en el que creí ver reflejado mi futuro: Mujercitas de Louisa May Alcott. […] Me identifiqué apasionadamente con Jo, la intelectual. Brusca, huesuda, Jo trepaba a los árboles para leer; era más varonil y más osada que yo, pero yo compartía su horror por la costura y el cuidado de la casa, su amor por los libros. Escribía, para imitarla mejor compuse dos o tres cuentos”.

Jackeline Durrant, la directora de Vestuario de Mujercitas, diseñó el vestuario de Laurie y de Jo bajo la misma idea, como si los personajes compartieran ropa. 

Florence Pugh acababa de filmar Mindsommer cuando empezó a grabar su papel de Amy March, luego de haber pasado por ansiedad y estrés en esa filmación ser una de las March fue casi una terapia para ella.

Greta estaba embarazada de seis meses cuando el rodaje terminó.

Emma Watson asumió el rol de Meg después de que Emma Stone abandonará el papel por conflicto de rodaje con La Favorita, curiosamente Emma Watson abandonó La La Land por filmar La Bella y la bestia de Disney, dejándole el papel a Emma Stone. 

A pesar de que Mujercitas es un clásico americano ninguna de las protagonistas es americana. Emma Watson (nacida en Francia) y Florence Pugh son inglesas, Saoirse Ronan (nacida en el Bronx) es irlandesa y Elizabeth Scanlen es australiana. 

A nivel de vestuario, cada hermana March tuvo una paleta de colores a su disposición: Meg, lavanda y verde; Jo, rojo e índigo; Beth, rosa y café; y Amy, tipos de azul. Marmee vestiría una combinación de esos colores.

Sony Pictures rechazó adaptaciones escritas por Olivia Milch y Sarah Polley. 

Se filmó enteramente en Massachusetts.

Es la versión de Mujercitas que más nominaciones ha recibido. Seis. 

 

 

La Comedia Infinita

Por: Santiago Gutiérrez Echeverría

Hablemos de payasos. ¿Qué es un payaso? ¿Entretenimiento? ¿Arte? ¿Un disfraz? ¿Todo esto, quizá? 

Leoncavallo cambió nuestro concepto de los payasos hace ya más de un siglo. ¿Por qué hasta hoy el mensaje de su ópera ha permanecido en el imaginario popular? ¿Acaso porque nos llama a reflexionar sobre los rincones más soslayados de la situación humana?

Hay un inconsciente colectivo que nos reclama cuando vemos a un payaso triste, ese oxímoron que mezcla el llanto y las carcajadas. El payaso triste y enajenado ha sido una fórmula del éxito para la ópera en su tiempo y para el cine en nuestros años. ¿Por qué? 

Hablemos de la ópera en sí: Pagliacci. ¡Tragedia! Canio, un atribulado payaso, descubrió una tarde que su mujer lo engañaba. Incapaz de soportar semejante perfidia, Canio estaba a punto de enloquecer, cuando le fue recordada su misión: hacer reír a la audiencia. Entonces la obra llegaba a su pináculo, pues veíamos ya no a un payaso, sino a un hombre en la cima de su dolor, mientras ocultaba las lágrimas que resbalaban por su rostro en una cómica silueta de la risa. Sí, la función debía continuar.

Entonces llegaba el intermedio y la audiencia podía reflexionar mientras tomaba aire: “¡Ey! Tal vez no hacemos entretenimiento, pero sí que vivimos la comedia/tragedia de nuestra vida, y en ella nos vemos forzados a dibujar una sonrisa que no siempre coincide con nuestro fuero interno”. Fácilmente se podía inferir algo así. La sociedad -esa palabra que amamos odiar- se compone de Canios funcionales que ocultan su llanto y que salen a desempeñar un papel.

Y es natural que sea así. No por nada, muchos años más tarde, Jung afirmaría que nuestra vida cotidiana es como un teatro infinito en el que cada ocasión nos llama a actuar con una máscara adaptada a la situación. La persona verdadera (y notaba que, en su origen, la palabra “persona” está ligada al griego de “máscara”), la persona es, para Jung, el cúmulo de todas estas máscaras potenciales. Los problemas surgen cuando esta máscara, este papel, no satisface. Cuando Canio se cansa de ser Canio. Cuando el actor se cansa de ser el actor actuando como Canio.

Así ocurría en el segundo acto de Pagliacci: Primeramente, los payasos de la historia montaban una comedia para el pueblo (un teatro dentro del teatro). Y claro, esa comedia -que tenían que actuarla Canio y su esposa- era idéntica a lo ocurrido entre la pareja tras bambalinas. Esta farsa le resultaba insufrible a Canio, quien enloquecía al punto de transgredir contra la obra (casi rompía la cuarta pared), contra su papel como Canio y contra su vida, a fin de cuentas. Apuñalaba a su esposa y le daba fin a la comedia a través de la muerte. De este modo exclamaba la inolvidable frase de cierre: “la commedia è finita!” (¡la comedia ha terminado!). La peor tragedia, el peor destino, está en vivir una obra que nos resulte insuficiente.

Ahora bien, si de la obra que montaban los payasos nos retraemos a la obra montada por la compañía teatral (la propia Pagliacci), y si luego nos retraemos hasta nosotros, los espectadores, ¿podemos arriesgarnos a decir que nosotros también montamos una obra de dimensiones colosales? ¿No es el mundo un teatro, como decía Shakespeare? Hamlet, quien fingía haber enloquecido por su desdicha, también montaba una obra teatral que representaba el asesinato de un gran rey; pero, a través de ella, denunciaba su propia desventura: habían asesinado a su padre. Escarbemos más: En la novela La Broma Infinita, Hal se cuestionaba si en verdad Hamlet pretendía su locura, o si en realidad fingía estar fingiendo (es decir, que en el fondo sí estaba loco). Hamlet y Canio habían reído hasta la locura.

Cuando Hamlet se hallaba en el cementerio, tomó el cráneo de un difunto bufón y afirmó que este era un hombre “de bromas infinitas” que de nada le habían servido, pues la muerte se lo había llevado. De este episodio, La Broma Infinita adquiere su título, quizás aludiendo a los placeres que la humanidad se procura a sí misma para olvidar lo triste de su condición: esos papeles y aquellas escenas que nunca le satisfacen. En este caso, la broma infinita es esa comedia interminable  y repleta de placeres, siempre montados en vano.

Debemos cuidar nuestro papel. Debemos evitar que la comedia se ría de nosotros. La obra pudo haber terminado para Canio (o para Hamlet) con la muerte, pero nunca terminará aquí, donde las historias y las vidas se suceden una tras otra. ¿Quién sabe cuántos del público, que aplauden estas obras, guardan historias propias que superan la ficción? ¿Quién sabe si algún intérprete de Canio o de Hamlet era incapaz de personificarse en su propia vida y se rebeló contra ella? Aquí seguimos actuando. La commedia è infinita!

LITERATURA: La Uruguaya de Mairal

Por: Marcelo Añez

No hay un libro para todos. Hay un libro para cada uno. O dicho con más precisión; hay un libro para cada momento por el que nos toca transitar en esta vida. Espiar experiencias ajenas e intensas por una ventana-libro, de algún modo nos devuelve luego a la vida propia siendo más conscientes y acaso más sabios. Si me forzaran a definir el target de este libro yo diría que es para: “latinoamericanos de clase media, frustrados laboralmente, cercanos a la crisis de los cuarenta, que acaban de formar familia y tienen uno o más hijos chicos, y que se descubren de manera más o menos frecuente y en secreto (con culpa), agobiados por la carga que representa el matrimonio y la crianza”. Estimo que el libro pega mejor en hombres, pero no descarto que a las mujeres les pueda divertir eso de husmear en las confesiones del protagonista.

La Uruguaya de Pedro Mairal aborda un lado impopular, poco vendible y políticamente incorrecto de la paternidad y del matrimonio. Acostumbrados como estamos a escuchar que la paternidad cambia la vida para bien y que el matrimonio es, más o menos, un espacio que se construye de a dos para crecer juntos como personas, en un ejercicio de responsabilidad y honestidad de largo plazo. O que ambas cosas son difíciles pero hermosas. Llama la atención que se aborde la dualidad y la contradicción que asoman siempre en cada verdad absoluta. Porque no es común que se haga literatura del Lado B de la felicidad, deslizar cuestionamientos a estos ashrams de la vida burguesa. Ni es bien visto apedrear -así sea con sutileza- los sagrados sacramentos o pintar el lado oscuro de la paternidad y del matrimonio como una carga, un peso que asfixia y acorrala a esa utopía personal llamada libertad individual. Mairal lo hace. Desde la ficción, claro. Y con eficacia. Tanta que, cuenta el autor en una entrevista, debió hacer, junto a su mujer, un asado (un churrasco diríamos acá) para aclarar a los amigos que no, que no se estaban separando. Que todo estaba bien.

Pero La Uruguaya, como todo buen libro, es eso pero no es solo eso. Tiene varias otras historias que corren paralelas. De fondo, una relación que silenciosamente se cae a pedazos. El descenso en la pirámide económico-social del protagonista: el paso de una juventud de clase media acomodada a una adultez llena de estrecheces que fuerzan a buscar cobijo en los servicios estatales (tan temidos por las clases medias altas latinoamericanas). La del chico que creció en una familia acomodada y creyó que el dinero llegaba solo y que siempre estaría, y con una actitud desganada fue indiferente al vulgar asunto terrenal de poner suficiente garra en desarrollar una carrera, un oficio, que más tarde le permitiese ganarse la vida. También está el conflicto masculino de haber fallado como proveedor. Y la inseguridad que sobreviene al hecho de ser mantenido por la esposa, su efecto colateral, real o inventado: la tortura de los celos por la convicción de que tu pareja te engaña. Y hay también, de fondo, pintada con gracia e ingenio, la relación entre Argentina y Uruguay: el caos y el orden. El viaje corto y surrealista que por el cepo cambiario kirchnerista se ve obligado a realizar el protagonista. Salto al otro lado del charco para traer los dólares salvadores. Cruce del Río de la Plata, nunca tan bien puesto el nombre. Dólares que de ser convertidos a pesos en Argentina hubiesen perdido más del 50% de su valor por la insania de tener dos tipos de cambio (gran negocio para unos cuantos vivos) e impuestos de primer mundo. No deja de ser curioso el hecho de que pocas veces la literatura aborde el tema del dinero.

Y está, por supuesto, la columna vertebral del relato; la historia de querer aprovechar el viaje arreglando el reencuentro clandestino en Montevideo con una chica joven a quien el protagonista había conocido un tiempo atrás en un festival de escritores en la playa de Valizas, Uruguay: Magalí Guerra. Recoger dólares y tirarse una canita al aire: dos pájaros de un tiro. Pero nada sale según lo planeado.

De todo eso nace la larga carta confesional que es este libro. Escrito en primera persona, como para explicar –explicarse- el tsunami de cosas sucedidas en tan pocas horas (que venían incubándose desde hacía mucho) y que terminarían por dar un vuelco a la vida que había llevado hasta ese momento el protagonista.

Hace muchos años, allá por 1998, recuerdo haber comprado en un kiosko de Buenos Aires “Una Noche con Sabrina Love”, premio Clarin de novela de ese año, también de Mairal. Ese mismo día me pasé la noche despierto leyéndola. Me deslumbró su sencillez, la magia de esa novela. Algo así me pasó otra vez, veinte años más tarde, con La Uruguaya. Si algún rato quieren dejar sus smartphones y ejercitar lo que les queda de capacidad para prestar atención, léanlo. Se los recomiendo. Está bellamente escrito, con inteligencia y humor, con profundidad. Y se lee de un tirón. Hasta ahora no vi el libro en librerías locales. Si conocen a alguien que viva o vaya a Argentina pueden encargarlo de allá. O también pueden conseguir la versión digital en iBooks. Vale la pena.

LITERATURA: Autorretrato (Saúl Montaño)

Por: Maximiliano Barrientos

La literatura boliviana, por décadas, se caracterizó por el pudor. Estuvo más preocupada por contar los grandes acontecimientos sociales que lo que sucedía en la alcoba. En los últimos años la situación fue cambiando, y la exploración se centró en el cuerpo, en la intimidad. Bajo esa óptica es interesantísimo el aporte de Autorretrato.

Así como Georges Perec utilizó la estrategia de Joe Brainard para trabajar con la memoria, Saúl Montaño empleó la del fotógrafo y escritor francés Édouard Levé para escribir este estupendo ejercicio de auto examinación.

En las páginas desfilan anécdotas personales, apreciaciones estéticas, manías: una aproximación a la vida propia como si fuera una obra. Esto, como lo sugerí en el principio, sin la más pequeña cuota de pudor o de solemnidad, sin establecer ninguna jerarquía entre el sexo, los recuerdos, el consumo cultural y el registro de la cotidianidad.

Un libro valiente que, en clave de no ficción, constituye un potente artefacto narrativo.

Fragmento del libro Autorretrato:

En mi infancia a la hora de la siesta me metía debajo de las camas a observar con fascinación las pelusas en el suelo doradas por la luz del sol, alguien me había dicho que eran restos de muertos. Al caer la tarde, cuando en la lejanía los perros ladran, escucho mi nombre. Santa Cruz es la mejor ciudad dentro de las posibles para vivir, no me quita el sueño vivir en otra parte del mundo. Una tipa con la que dormí me despachó en la madrugada a mi casa porque yo roncaba demasiado fuerte. Balbuceo a propósito para que la gente no me entienda y me pida que repita lo que dije. Me siento atraído por las mujeres de brazos peludos. Frente a una decisión laboral o de conquista, me digo: qué haría Don Draper en mi lugar. Una mujer me dijo en el chat: “¿todas tus salidas te las escribe Woody Allen?” Un amigo me dijo: “ya no estamos en los noventa, deja atrás el cinismo y la ironía”. Durante varios meses ejercí de abogado sin tener licencia del Estado. Borracho he enviado a mujeres fotos de mi pene, al día siguiente una de ellas me escribió al Whatsapp: “buenos días don pene, ¿cómo amaneció?” No sé en qué momento me duermo cuando duermo. No colecciono nada. No sé dar primeros auxilios. Pido deseos a estrellas fugaces. No entiendo la poesía visual, además me parece un ejercicio estéril. No he gritado ningún gol. No hago regalos. No tengo discos en físico de ningún cantante o banda. He pensado que si estuviese en una guerra yo elegiría llevar heroicamente la bandera a campo través. Si estoy en contacto continuo con una persona adopto sus gestos y actitud. Más que llevar una conversación entre varias personas prefiero intervenirla. Me han dicho que no sé dar abrazos. Si me hablan muy cerca doy un paso a un costado, no hacia atrás. Jamás me antojé recorrer el mundo de mochilero. Fantaseo puteando gente, las humillo con argumentos formidables. La pose sexual misionero la asocio con sexo en las misiones cristianas. En el trabajo, para sentirme en casa, escucho música. Me fijo en la grasa abdominal que dejó el embarazo en el cuerpo de una mujer. Me es fácil que aflore mi lado divertido con una mujer moderadamente divertida que con una aburrida o con una muy divertida. No me considero inteligente, si no alguien con momentos de lucidez. Me define la negación y la pasividad antes que la afirmación y la actividad. Soy diestro. He comprobado que escribiendo con el pie tengo la misma letra que escribo con la mano. Conocí a una mujer en un bar a la que esa misma noche le regalé el dvd de la película Hijo de Saúl, de László Nemes. Días más tarde cogimos, a las semanas me dijo que esperaba un hijo mío, me pareció una broma retorcida del destino que afortunadamente concluyó con sangre menstrual. Evito hablar con mis vecinos de barrio. Uso anteojos: diagnóstico del oftalmólogo: astigmatismo e hipermetropía, ojo izquierdo 1,25, ojo derecho 1,75. No sé si puedo prescindir de la literatura. Asumo que mi primer síntoma de vejez, o de una conciencia de vejez, es reparar en el rostro lozano de jóvenes que encuentro en la calle. De comedias que he visto y que valga la pena mencionar: Seinfeld, Arrested Development, Flying Circus, Curb Your Enthusiasm, 30 Rock, Married with Children, The Simpson, South Park, Family Guy. Dramas: The Wire, The Sopranos, Mad Men, The Night Off, True Detective. Los chistes de El Chavo del ocho todavía me provocan gracia. Me divierte el personaje Pepe Argento, de Guillermo Francella. En mi primera adolescencia decía que en mi vida social debía actuar como Will, el protagonista de El príncipe de Bel Air. He consumido horas y horas viendo la programación de The Warner Channel: Friends, Two and a Half men, Will and Grace, The Middle. Las series que recuerdo de mi infancia son: Alf, La familia Ingalls, Starsky and Hutch, El auto fantástico, Los Magníficos, MacGyver. Animados: Los Picapiedras, Thundercats, Lonney Toones, Los Supersónicos, El Pájaro loco, Súper Campeones, Caballeros del zodiaco. Vi también programas para niños como Nubeluz. En Camiri se veía la programación de canales peruanos, América, Frecuencia Latina. Era normal estar más al tanto de lo que ocurría en la coyuntura peruana que de la nacional. En el canal brasileño Bandeirantes descubrí las películas eróticas. Siento empatía por personajes como Tonny interpretado por Mads Mikkelsen en la película Pusher, de Nicolas Winding Refn, o por Johnny boy interpretado por Robert De Niro en la película Mean Streets, de Martin Scorsese. Terminar de ver una buena película me hace creer que soy una persona sofisticada. Cuando presiento que me estoy dejando llevar emocionalmente por una película, me freno para no salir dañado sentimentalmente. A veces me estorban las risas enlatadas de las series norteamericanas, pero me hacen falta en otras series que no las tienen. No me identifico con ningún personaje de Friends. Admiro la frente amplia de John Cazale. Me conmuevo hasta el borde del llanto con videos que muestran a personas realizando buenos actos en favor de alguien necesitado. En mi habitación entreno golpeando mi imagen en el espejo. En un disco tengo anotado: Proyecto Novela, contiene una colección de cortometrajes de Tinto Brass. Al ver una palmera de tronco delgado o una planta de guineo pienso en mi canilla desnuda golpeando hasta derribarla, igual a Jean Claude Van Damme en la película Kickboxer. Los mejores días de mi vida los he pasado acostado en el sofá de la casa de mis padres mirando televisión. Nunca me he imaginado que podría ser otra persona. Ante la pregunta de ¿por qué nos enamoramos?, respondo: “para sentirnos vivos”. Lo tomé de la película The mirror has two faces, con Bárbara Streinsand. Mis comediantes favoritos son Louis C.K., Larry David, Groucho Marx y Ricky Gervais. Directores que me gustan: John Ford, Hitchcock, Carlos Reygadas, Lucrecia Martel. Tuve mis años de fanático de Tarkovski. Nunca creí en la Virgen María. El mejor cortometraje que he visto es Este es mi reino, de Carlos Reygadas. A veces tengo la sensación de que extraño una cola de simio. Me gusta apretarme la nariz, levantarla hacia arriba para que salga filtrada las grasas por mis poros; lo hago dos veces por día, usualmente luego de bañarme. Prefiero el nombre Andrea para un hombre. Le debo a mi padre el gusto por la lectura. Le debo a mi madre el gusto por la música, el cine y la televisión. En la pared de su habitación podía leerse la frase: “sin música la vida sería un error”. Una tía dice que me parezco a Jack Nicholson. He visto cómo un vehículo atropelló a mi perro, quizás pude evitarlo, pero el segundo se me fue en pensar así: me quitaré una responsabilidad, e inmediatamente pensé en Breaking Bad, en Walter White dejando morir a la novia de Jesse Pinkman. Yo enterré al perro en el patio de mi casa, le eché cemento a su cuerpo para que el cadáver no hediera. Presto atención a las papadas de las personas. Cada dos semanas me hago cortar el cabello al rape con la mascota N° 1.

Pequeña Bio:

Saúl Montaño (Bolivia, 1985) nació en Camiri. Ha publicado los libros de relatos Una bandada de pollos en el firmamento (2012) y Desvelo (2016). Autorretrato (2017) editado bajo el sello Nuevo Milenio es su último libro. Actualmente co-administra el blog cultural Hay vida en Marte.

Sobre la presentación:

El libro se presentará en Santa Cruz de la Sierra este viernes 25 de agosto a las 20:00 en el café cultural y bar Esquina del Cronopio.

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