Bonito camino

Por: Mónica Heinrich V.

El domingo se perdieron un espectaculazo. Hace como 10 años que vi por primera vez al Titiritero de Banfield, un argentino que hace títeres para adultos. La presentación fue dentro del marco del Festival Internacional de Teatro, y en esa época lo vi en el desaparecido “Túnel” (ex Cactus, y ex Capital).

Guardaba buenos recuerdos de ese show, y el viernes leí una pequeña viñeta en El Deber que lo anunciaba para el domingo, en el cine-teatro René Moreno.
Ya nomás me informé bien cómo era la cosa y esperé con ansias el momento. Me sorprendió la poca publicidad que se hizo, y que además la mayor parte de la gente que conocía no tuviera ni idea que el domingo iba a presentarse este artista.
Igual, me dije que el chiste era que no me lo pierda yo!
Al llegar al René Moreno, me topé con algunos habitué de este tipo de eventos, no pasábamos de 100 crispines (si es que mis cálculos no me fallan), y mi gran temor era que los recuerdos sean sólo eso: un buen recuerdo de algo que en mi versión post-adolescente, resulte aburrido y sin gracia.
La primera sorpresa fue que Sergio Mercurio en mi memoria vivía con cabello largo, y ahora, el hombre estaba con el pelo cortado al ras y con una incipiente calvicie. El escenario era un mesón con una tela negra donde el titiritero apoyaba sus muñecos y nada más.
Con media hora de retraso comenzó un show que me hizo reír a morir. El primer personaje en entrar a escena fue Bobby. Un rubio esponjoso, cuya personalidad es el típico joven con onda, “re-loco”. El titiritero salía de un costado del escenario y se mezclaba entre el público, mientras le contaba a Bobby que iban a irse de viaje. Bobby feliz decía que qué bueno, que ya era hora de que tuvieran vacaciones y que la playa, el sol, el agua, etc… y entonces el titiritero lo cortaba y le aclaraba que una cosa es irse de viaje y otra irse de vacaciones. Así daba inicio una discusión sobre la manipulación del titiritero sobre el muñeco. Muy divertido.

Ni bien lo escuché hablar, mis temores se disiparon y pude disfrutar a pleno un show de primer nivel. Lo único malo (para mí) fue que mi nunca diagnosticada fobia social, me hacía morir del stress cuando Mercurio bajaba del escenario y empezaba a interactuar con el público, porque lo último que deseaba era tener que hablar en público, y menos con un muñeco. Se vivieron momentos de tensión!

Otro personaje simpatiquísimo fue el de la abuela, una vieja que siempre tenía la frase “Beso a la abuelaaaaa”. Ahí trepó al escenario a una espectadora, casada, a la que la “abuela” intentó emparejar con otro espectador, casado también. El personaje se caracteriza por una ternura maternal, pero al mismo tiempo cuestionadora de lo que el nieto le cuenta.

El que se roba el show, y que me hizo pensar seriamente en entrar a su hotel por la noche y robarme al muñeco, es Beto el borracho. Un cague de risa. Sale con su botella de cerveza Paceña con la que entabla una conversación de amor, odio, resignación, acompañados de “SALUUUUUUUUU”, a cada rato y una dinámica, otra vez, con el público. Un público totalmente cautivo, que quería alargar esa experiencia lo máximo posible. Beto representa al borracho amiguero pero solitario, al borracho que hablaba huevadas pero que también puede decir cosas muy profundas, al conquistador que esconde una familia, etc…

Otra faceta de la presentación, incluyó un títere cuyo torso era tamaño natural y se camuflaba con el cuerpo del titiritero. En esta ocasión, el personaje entró a escena acompañado de una música bastante conmovedora, no dijo nada, se paseó entre el público, con supuestas miradas fijas, pero por sí solo, lo dijo todo.

Como parte de algo más conceptual, en un momento Mercurio sacó elementos de distintas formas, con los que creó desde flores hasta una bailarina, bailarina que luego fue acosada por un muñequito dibujado en un guante. Una manera de mostrar la relación entre creador y creación, y la premisa, mencionada durante gran parte de la obra, que los muñecos tienen vida propia.

Así concluyó un espectáculo dotado de esa “magia”, muy difícil de conseguir e imposible de comprar. El mérito de Sergio Mercurio, el titiritero de Banfield es que sabe lo que hace, y su trabajo transita por lugares como el humor, la reflexión, la melancolía y otros vericuetos, que validan del todo su propuesta.

Una propuesta que disfrutamos el domingo, dejándonos una sonrisa, y un maravilloso e imperecedero recuerdo. Gracias al titiritero y a sus amigos por cruzarse en mi nuestro camino.

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