LOST IN CONTEMPLATION OF WORLD

LITERATURA: La isla trasnochada

Por: Fernando Molina

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“La isla trasnochada” –firmada “Belisario Flores”, heterónimo compartido por los escritores paceños Diego Loayza y Mario Murillo– comienza siendo una “etnografía” de ese grupo supuestamente rico, supuestamente “decente” y supuestamente educado que solemos llamar el “jailonerío”: la clase alta de La Paz. Una “etnografía” es una crónica de los comportamientos observados en un grupo social, con el propósito de revelar sus costumbres, valores y el sentido que le dan al mundo. En este caso, sin embargo, no se trata de analizar a los jailones, sino de escarnecerlos.

Inserta en una tradición…

Sí, de mostrar su desubicación en el país, su condición “trasnochada” respecto a los cambios que se producen entre nosotros, su racismo, su alienación que sustituye en sus corazones lo boliviano por todo lo que huela a Estados Unidos y Europa, y también su banalidad, su alcoholismo, su decadencia moral. En suma, su falsedad de clase dominante que no domina, de clase rica que es miserable, de casta superior que está mezclada racialmente y, en fin, de fuerza antiboliviana que no podría ser más criolla en su provincianismo y su dependencia de la fuerza de trabajo indígena.

En este sentido, la novela sigue una senda largamente transitada por el arte boliviano, sobre todo por los autores de izquierda (¿qué son “La Chaskañawi” de Medinaceli o “Metal del diablo” de Céspedes si no retratos más o menos realistas o más o menos expresionistas –deformados– de las clases “superiores”?); pero que también ha acogido a escritores más difíciles de alinear políticamente (Hasbún o Colanzi, por ejemplo). La peculiaridad de este caso consiste en el encarnizamiento de la crítica y en la amplitud de la mirada, la cual no se limita a escrutar en unos cuantos personajes como representantes del todo y en cambio presenta al todo en desmedro de los personajes. Es decir, es más etnografía que novela…

Una triste clase social…

El grupo más selecto de los jailones, asustados por las crisis política causada por la insurgencia de los “indios” y autosugestionado por su racismo y por su confianza en las costumbres y los modos de vivir gringos, deciden encerrarse en un Ultra Centro, un mall que no hay que ser un lince para identificar con el Mega Center, y esperar allí, bien pertrechados y aprovisionados, a que los rescaten los equipos aerotransportados de Do iT, una organización internacional que combina la ideología de extrema derecha con la filosofía de la asertividad que hoy está de moda. Su gran temor es, como dije, la invasión de los indios. Su gran deseo: eliminar todo lo “cholo” de sus vidas, es decir, todo vestigio de la existencia de indios en Bolivia, y terminar sus días en Estados Unidos. Su gran ocupación: “chupar”, comer y tener sexo. Su gran malestar: el chaki. Su gran rasgo de distinción: la tecnología y la plata (la tecnología que la plata puede comprar). Su gran preocupación: el qué dirán. Su verdadera moral: distraída, en especial en lo relativo a la corrupción y entre los miembros de las nuevas generaciones, que la novela pinta como unos hedonistas sin oficio ni beneficio. Su ideología: fascista, pero de unos fascistas muertos de miedo. Su estructura: muy diversa, porque el “jailón” no es una categoría muy clara: para serlo a veces no basta no ser indio ni cholo, a veces se necesita, además, plata, ser súper-racista… en fin.

¡Salud!

Estamos, claro está, ante una caricatura, pero usted será quien juzgue en qué medida la misma resulta realista o no. En todo caso, hasta aquí, mientras esboza esta caricatura, la novela posee su mayor interés y atractivo: el lector sagaz puede reír largamente identificando a la gente real y a los actos reales que representan los estereotipos novelescos. (Por cierto, algunos personajes famosos aparecen apenas camuflados).

Hay que decir que la fauna jailona se presenta en especial en su momento de mayor brillo y de mayor bochorno, que es el de la fiesta y la farra, ventana que los autores de la novela prefieren a cualquier otra de acceso a la intimidad de la clase que pretenden biografiar. Al punto que “La isla trasnochada” puede clasificarse como otra que engrosa esa fuerte rama de nuestra literatura que es la narración de borracheras.

Máxima diversión, entonces, mientras se presenta a los estereotipos: Janvier, el guapo maduro que vende ilusiones y que las mujeres adoran; Edwin y Dorita, la pareja de medio pelo que debe pretender una situación económica que no tiene; Reni y Maurice, los hijitos de mamá; Sole, la jailona implacable que usa, en pro de su familia y su propio predominio, todos los métodos que se les critica a los “cholos”; Von Landwust, el expresidente facundo pero lanudo; las damas de buen ver en busca de un mejor casar; etc. También, y no menos estereotipados, los chicos “Lozano”, cuyo apellido lo dice todo: se revelarán como lo mejorcito de la tribu.

Tenemos problemas, Houston…

Cuando todos ellos ya están metidos en el mall, interactuando, se plantea el gran problema de esta narración: ¿qué hacer con ellos?, ¿hacia dónde conducirlos?

Aquí la novela pasa de la etnografía sarcástica y ejemplar a parecerse a alguna de esas películas distópicas, con el apocalipsis como horizonte final. Sin dejar de beber, drogarse y enrollarse los unos con los otros, los jailones se enemistan, se dividen en dos grupos, los malos y los algo mejores y se meten en una situación turbulenta y descontrolada que sin embargo nadie parece poder resolver abandonando el proyecto Do iT (lo que resulta inverosímil); en cambio se hacen múltiples ofensas mutuas, se derrumban moralmente, en fin, se convierten en ratones de laboratorio zaheridos y sometidos a múltiples experimentos por la imaginación maliciosa y a ratos escatológica de los autores de la novela. Esta parte ya no es tan divertida y a veces resulta tan solo morosa y absurda. Como en todo texto con moraleja, los eventos no se sostiene en lo que deben (los motivos de los personajes) sino en el propósito de los autores, en su transparente intención ideológica-moral.

Conclusión con apuesta

Son los personajes, en efecto, cobayos; están allí para probar un punto y no para vivir su propia vida. Sin embargo, las múltiples vicisitudes por las que les hace pasar son ingeniosas y fluidas, lo que impide que el aburrimiento venza al lector, que así no debiera tener grandes problemas para llegar al gran final de acción y con efectos especiales.

Como en obvio, Diego Loayza y Mario Murillo no carecen de atrevimiento. Tampoco de talento, aunque el suyo sea más uno de tipo conceptual y paródico que estilístico. No están cortos de humor y son notables su vista y sus oído de observadores (muchos de sus skeches y diálogos son excelentes testimonios de costumbres). Sin embargo, esta novela, “La isla trasnochada”, seguramente quedará primero en los anales de la denuncia política, y como un documento sociológico sobre esta época, que en el registro del arte como tal.

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