LOST IN CONTEMPLATION OF WORLD

TEATRO: Pornografía (Diego Aramburo)

Por: Mauricio Moreira

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El teatro es en últimas instancias un acto de representación, un fenómeno vivo para un público vivo.

En Santa Cruz se acostumbra ver un teatro comercial, de ese que lleva una moraleja para dejar tranquila la conciencia del espectador.

Si bien desconfío del teatro que se vende como provocador, que no permite al espectador sentirse provocado sin necesidad del aviso en la nota de prensa o en el poster, la provocación, a estas alturas, es necesaria, más si tiene a bien hacerse dentro de un contexto tan pacato como el boliviano.

El director Diego Aramburo entiende el juego de la provocación. Su carrera teatral está plagada de avisos y notas de prensa que nos dicen que seremos provocados (Santa Cruz de Sade, Morales, Ukupacha, Hejarei). En algunos casos tiene éxito, y en otros  deja la sensación de estar ante el esfuerzo desmedido por ser un enfant terrible.

Pornografía es su última propuesta y en ella se vende provocación como el acto de provocar y al mismo tiempo como la ironía de provocar. Provocar con el nombre, con la nota de prensa, con algunos personajes que no son actores profesionales y con un supuesto sexo al vivo.

Como decía al principio: si el teatro es un acto de representación tanto el teatro comercial como el que se disfraza de provocación son reflejo de esas contradicciones que tenemos como sociedad.

El dramaturgo español Sergi Belbel dice “la forma ante todo” y para el filósofo alemán Theodor Adorno la experiencia estética es el contenido de la verdad, Aramburo, por su parte, se preocupa por una puesta en escena donde usa elementos al servicio de la forma: música, actores, lenguaje, recursos audiovisuales.

Detrás de esa forma, claramente contemporánea, en la que también hay herramientas que comunican al espectador que la obra en sí misma es una tomadura de pelo, lo que se dice es importante.

En una tina, una actriz con baby-doll  anuncia que ha llegado el fin. Y que antes del fin quiere coger, coger bien y mucho. Darse ese gusto previo a su desaparecer. Eso sirve de excusa para que los actores (Vivi Michelle Colombo, Winner Zeballos, Eliana Carvalho, Daniela López, Rosa Caballero, Odalis Sánchez, Beiby Vaca Parada) hablen sobre violación, silencios cómplices, doble moral, corrupción, comparsas, prostitución, medios de prensa, penes chicos, fucking príncipes gringos, padres infieles y culos grandes. La actriz en baby-doll le dirá con apremio a Winner Zeballos: Cogeme, cogeme de una vez Winner.

Una música casi eclesiástica que es tocada al vivo aclimata la escena. Como una extensión del morbo del espectador, el fotógrafo Julio González incursiona en momentos claves de la obra y toma fotografías de lo que ocurre y de las caras del público. Las fotos son proyectadas casi en tiempo real en una pared del lugar.

El coitus interruptus llega como una ironía más de esta Pornografía que no es pornográfica.

Aramburo juega con los actores de la tina y con las voces que hacen de coro fantasmal de esta triste ciudad y su imagen en la pared del fondo discute las posibilidades del nombre y de la censura de una obra llamada Pornografía. Aramburo juega, también, con esa práctica heredada por Shakespeare del teatro dentro del teatro.

Fiel a su estilo, los textos son lanzados a mucha velocidad y algunos consiguen el efecto provocador buscado y prometido: ¿Cuántos han sido violados por un familiar?, pregunta una de las voces del coro. Mi tío, mi abuelo, mi hermano, mi papá, responde el resto que acompaña.

Si entendemos el arte como una necesidad, como una interpretación de la historia, de nuestro entorno, que es más efectivo aún y de mayor relevancia que las notas periodísticas, el arte genera pues un espacio para seguir pensando.

El logro mayor de Pornografía es que salgamos pensando en ella.

Como una estética de la transgresión es donde queda algo deudora.

Deudora porque algunas participaciones del coro de la tina son flojas y poco verosímiles, revelando la provocación como una manipulación, haciendo visible un texto no sentido sino dicho para tratar de provocarnos. Este desnivel actoral se percibe más por la gran representación que hace Winner Zeballos, un actor cuyo despliegue demuestra su oficio a cabalidad.

En su forma y espacio queda constreñida y pierde a algunos espectadores que no acceden desde su posición a ver completamente los recursos que con tanto cuidado ha pensado Aramburo como un todo: Los textos proyectados del fondo se pierden para las personas sentadas en los laterales, las fotos de Gonzalez se pierden para la fila del frente que nunca las verán.

Si hablamos de transgresión hay que preguntarse contra qué se transgrede y qué se transgrede. Al tener la obra principios claros, dichos principios son inmodificables y por lo tanto podríamos decir que la obra no se transgrede a sí misma ni al teatro que viene haciendo Aramburo hace años.

Pienso en el mierdazo de Alfred Jarry que realmente cambió la escena teatral francesa y Pornografía se queda en algo tibio y no por falta de esfuerzo.

Incomodará a algunos que todavía disfrutan de la burbuja de la corrección, a unos cuantos que no captaron la ironía de su provocación les sabrá a menos de lo que es y a otros los hará salir de la sala pensando en la experiencia divertida y lúdica que deja.

Lo que vimos fue una verdad, pero al mismo tiempo una mentira.

moreiramauricio@yahoo.com

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