LOST IN CONTEMPLATION OF WORLD

EN CARTELERA: Yvy Maraey

“ESTA HISTORIA TENÍA QUE SER OTRA COSA”

Creo que si hay algo que ha demostrado Juan Carlos Valdivia desde sus inicios es que sabe filmar. Una vez comenté que de las películas Jonás y la ballena rosada y de American Visa no guardaba muy buenos recuerdos, aunque amén de los peros que se les pueda poner no se negaba que ambas-dos estaban bien realizadas.

El descubrimiento de Valdivia como un cineasta-autor llegó el 2009 con Zona Sur, ahí nos dimos cuenta que el paceño no estaba destinado solamente a entregar productos con aspiraciones comercialonas, de contenido en líneas generales vacío y poco memorable, no. Con Zona Sur, descubrimos que existía eso que tanta falta le hace al cine nacional: riesgo y resultado.

Y dividió aguas, hubo quienes detestaron su cámara circular, su ritmo pausado, contemplativo, su historia de jailones venidos a menos, ajá. En ese reflejo del suelo patrio, hubo aquellos a los que no les gustó lo que vieron.

Se entiende, el cine autoral no es para todos, y el guión escrito por el mismo Valdivia tenía sus momentos algo telenoveleros, hecho que también destaqué cuando hablé del tema.

Cuatro años después se estrena Yvy Maraey, la película que supone años de investigación sobre la cultura guaraní, la película que Valdivia afirma es la mejor de su filmografía, y la que supuestamente le ha cambiado la vida.

233756_600Para los bolivianos, tiene el atractivo de rescatar del olvido a una cultura casi aniquilada y exterminada por la modernidad y su día a día. Una cultura que lentamente ha ido convirtiéndose en un fantasma que vemos cómo se pierde en la neblina y a nadie le importa lo suficiente para detener esa desaparición.

Ivy Maraey prometía dosis altas de lo guaraní, de su cosmogonía, de su teogonía. Las notas de prensa hablaban de un complicado rodaje, de una producción jodida, de semanas de intensa búsqueda de un casting adecuado, de actores naturales, de locaciones hostiles, de investigación rigurosa y de una idea que llevaba madurando años en la cabeza de su director.

Finalmente, luego de truncados intentos de estreno, la semana pasada pudimos ver el resultado de tanto trabajo y tanta expectativa.

Juan Carlos Valdivia interpreta a Andrés, cineasta que obsesionado por las imágenes recabadas por el antropólogo Erlan Nordenskiöld se lanza a la gran aventura de recorrer el chaco para llegar al lugar donde fueron filmadas en 1910 y hacer una película.

Esa búsqueda también habla de una búsqueda interior, personal, existencial que es remarcada durante el desarrollo de la película. Para dicha búsqueda se alía con Yari (Elio Ortiz ), guaraní cuya labor es llevarlo a su objetivo y cuya misión dentro de la estructura del guión es servir como contrapunto para el manoseado contraste del karai y el guaraní. Blanco-indio.

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Los problemas de la película comienzan con ese forzado contraste, teniendo en cuenta que la historia de una región depende de la interacción de sus diferentes actores y va más allá de un encuentro bipolar.

Las frases hechas bombardean al espectador con el ánimo de sentar muy claras las bases de la relación de cada personaje con el aspecto étnico al que pertenece y del issue intercultural. Momentos en los que un silencio bien puesto harían más por el tono de la película que tanta reflexión dicha en voz alta.

Esa mirada en la que se sumergen el uno en el otro y el otro en el uno es el todo de la película. Son diferentes pero al mismo tiempo muy parecidos. Bello.

La tierra sin mal se nos presenta mágica, impredecible, misteriosa, plagada de personajes pintorescos y de situaciones que intentan aligerar el peso filosófico de la película con unos atisbos de humor.Típico recurso de películas de este tipo: dos personajes aparentemente opuestos se juntan por avatares del destino para terminar siendo chanchos amigos y tener una experiencia religiosa, diría Enrique Iglesias.

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La idea de “la lucha de un pueblo otrora feliz contra una raza más fuerte” manejada por Nordenskold que se insinúa en el filme, y la frase de que son los karai los que ahora “tienen que luchar por su identidad”, en el contexto pluri-multi que siempre ha vivido el país suenan reduccionistas y condescendientes.

Otro problema es el apartado actoral. Entiendo que son actores naturales y que se trata de la primera experiencia de Juan Carlos Valdivia en esas lides, pero definitivamente las actuaciones rondaban la media para abajo, llegando un poco al bochorno en la fiesta donde hay la pelea y en el encuentro con los cineastas improvisados (excelentemente equipados con proyectores, generadores de electricidad y otros).

La película transcurre entre frases coelhianas onda qué profundos somos, escenas coreográficas y manejo de cámara en movimiento, herencia directa de Zona Sur, que no sé hasta qué punto sirve para retratar de forma fidedigna una región caracterizada por lo inhóspito, la quietud, la semi-aridez y el sofocante calor.

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Entiendo que puede ser un estilismo, pero ese estilismo se choca ya con las frases hechas, las actuaciones medianas, y la visión bilateral del mundo, dando como resultado un filme irregular y de características que pueden valorarse más por la búsqueda personal del director (Juan Carlos Valdivia, no Andrés) que por ser una película que sea justa con lo guaraní. Estrella inicial de la premisa del filme que se desinfla para dar paso a una suerte de road-selfie-movie.

Yéndonos por el apartado siempre discutible y triste del cine nacional: lo técnico, podemos decir que aquí es donde Valdivia brilla a sus anchas y deja claro que sí, es verdad que sabe filmar, ya que TODO, todo lo técnico en Ivy Maraey es impecable e inobjetable.

Una hermosa fotografía de Pablo de Lumen, que también participó en Zona Sur, nos regala escenas como la de los guaraníes peinándose en las rocas o la de las proyecciones en el monte. Una impresionante producción; el talento siempre necesario de Cergio Prudencio en la música (aunque a veces demasiado incidental); y lo dicho, una calidad a nivel técnico que habla de rigor y talento, son elementos suficientes para coronarla, de lejos, como la mejor película en ese rubro este año.

Y eso acarrea la mayor decepción, Valdivia es un tipo que tiene la inteligencia comercial para generar auspicios y trabajar con los presupuestos más altos del medio y tiene la inteligencia artística para rodearse de un buen equipo técnico y humano, por eso es que a estas alturas Ivy Maraey parece un ejercicio algo ingenuo.

1385418_1424568831092968_1517043930_nLleno de buenas intenciones como todo nuestro cine y, en este caso en particular, como un renacimiento personal del director, una vez salen los créditos, la tierra sin mal se queda como una cómoda visión binaria de la realidad (blanco-indio, Karai-guaraní, rico-pobre, yo escucho Serrat y tú Locomía) que no te acompaña al salir de la sala.

Me parece que le puede ir bien en festivales internacionales, tiene esa temática ONGeísta que le ha dado premios a películas como El vuelco del cangrejo y un nombre a Ken Loach, y en lo nacional debe ser, como ya dije, de lo más logrado en los últimos años en el apartado técnico.

Como todo en la vida, habrá aquellos que la encuentren reveladora, una joya del cine nacional, una película a la que mirar hacia arriba por las virtudes que derrocha. Muy válido, en esa pluralidad de miradas y cosmovisiones, la misma Ivy Maraey lo dice: yo no sé de qué color ves el mundo, y definitivamente vos tampoco sabés de qué color lo veo yo.

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Lo mejor: hecha con mucho rigor en lo técnico y con buenas intenciones

Lo peor: a ratos se siente un pajazo

La escena: hay escenas muy lindas, incluso el final funcionaría si se mostrara de otra manera menos discursiva

Lo más falsete: la bola de papel, los recortes, las frases hechas

El mensaje manifiesto: La tierra sin mal existe

El mensaje latente: La tierra sin mal está desapareciendo

El consejo: Vela, realmente: VELA.

El personaje entrañable: la niña del final

El personaje emputante: la dupla de amigos

El agradecimiento: por el rigor, por apostar siempre a la máxima calidad

CURIOSIDADES (extraídas íntegramente del dossier de prensa de Ivy Maraey, sección Anécdotas)

A Juan Carlos le contaron que todavía habían muchos huesos humanos de la guerra en Kuruyuki en la zona, pero jamás vio uno, hasta un día de abril de 2012 que encontró los restos de un kereimba (guerrero). Allí supo que era hora de comenzar el rodaje. Puso los huesos en un viejo cantaro guaraní y se los llevó a La Paz, prometiendo devolverlos cuando la película esté terminada.

Un año estuvieron los huesos de kereimba (guerrero) en casa de Juan Carlos. La devolución de estos huesos es el tema del documental Memoria, que Cinenómada encargó a la cineasta venezolana Rossana Matecki para el proyecto Recuperación de la Memoria, en cooperación con la Embajada de Alemania en Bolivia.

El equipo técnico y artístico de Yvy Maraey constaba de aproximadamente 60 personas fijas que se desplazaron en 12 vehículos por 5 departamentos, en una superficie de 10,000 km.

El rodaje de Yvy Maraey se realizó durante siete semanas. La pre-producción llevó cuatro meses. La concepción y la construcción, sin embargo, tomaron seis años.

A la víspera del rodaje en julio de 2012, 22 personas del equipo se perdieron en el bosque a orillas del pantano. Después de horas de andar en círculos por la orilla del espeso monte, se resignaron a dormir alrededor de una fogata sobre una espesa capa de hojas secas. Al día siguiente, encontraron numerosas huellas frescas de tigre en las inmediaciones.

Para filmar las escenas del Chaco, la producción tuvo que llevar los extras por 800 km. de caminos accidentados. Doscientas personas, entre equipo técnico y artístico, vivieron por una semana en Lonte, en una hacienda abandonada del siglo XIX, donde se tuvo que llevar hasta el agua.

El equipo de producción fue secuestrado varias horas por los indios Weenhayek del sur de Bolivia. Los Weenhayek, descendientes de los Matacos que conoció Erland Nordenskiöld, son uno de los grupos originarios más aguerridos de Bo- livia. Retuvieron el material que Valdivia filmó para recrear el viaje de Nordens kiöld por un malentendido entre autoridades. Las bellas imágenes de los indios pescando en el río y viviendo en precarias aldeas corrieron el riesgo de desapa- recer para siempre. Valdivia logró filmar un convenio de cesión de derechos seis meses después de la filmación.

Si ya la viste,puntúa la película!

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