LOST IN CONTEMPLATION OF WORLD

DOCUMENTAL: Tower

Un Monstruo en La Torre
(o puede que la biología decida por uno)

Por: Marcelo Añez

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Hace unas dos semanas vi en Netflix el documental Tower, dirigido por Keith Maitland, que mediante animación revive los sucesos del primero de agosto de 1966 de la Universidad de Texas en la ciudad de Austin cuando el ex marine Charles Whitman, de 25 años, subió al observatorio de la torre del campus con un arsenal y desde ahí disparó contra quienes pasaban por abajo. Mató a 16 personas e hirió a más de 30, entre ellas a una mujer embarazada que perdió a su bebé. Previamente había matado a su madre y a su esposa.

El horror duró 96 minutos. Los mayores daños fueron causados en los primeros 20 minutos. Rápidamente aparecieron ciudadanos armados con rifles de caza y escopetas (es Texas, recuerden) que desde abajo dispararon al tirador de la torre poniéndolo bajo presión y quitándole la libertad con la que actuó al principio. En ese momento, 1966, la policía no estaba preparada para enfrentar situaciones así. No tenían el tipo de armas con el poder de fuego y el alcance apropiados. Ni chalecos, ni tácticas. La policía de entonces contaba como armamento reglamentario con un revólver calibre 38 y a veces escopetas. Se cree que este caso aceleró la creación de los equipos SWAT.

El documental está estructurado en base a la narración de los principales protagonistas sobrevivientes. Las imágenes se intercalan; archivos de noticias de la TV de entonces, entrevistas con los personajes en una actualidad más o menos reciente, y la mayor parte animación. Recurso que rejuvenece a los personajes y los lleva de vuelta al día de los sucesos.

Habla Claire, la embarazada que perdió a su pareja y a su hijo no nacido (nunca más pudo embarazarse), habla John Fox, que junto a James Love y otros dos, atravesaron el patio y rescataron a Claire, moribunda. Claire habla de Rita, una especie de ángel que en los primeros momentos cruzó el patio y se tendió junto a ella -sin estar herida- solo para acompañarla, para hablarle y evitar que perdiese el conocimiento. Habla también el policía y ex Texas Ranger Ramiro Martinez, habla el policía Houston McCoy, y el civil Allen Crum, quienes junto a otro policía llamado Jerry Day atravesaron zigzagueantes el patio, cada uno por su lado, subieron al piso 27, se encontraron, y sin muchas palabras improvisaron un plan de asalto: subieron las gradas hasta el observatorio evitando pisar muertos y heridos, se dividieron en dos equipos de dos, avanzaron en direcciones diferentes esquina por esquina hasta que se toparon con Whitman. Martinez y McCoy vaciaron sobre Whitman revolver y escopeta, respectivamente. Lo mataron. Fin de la pesadilla.

Después pasó lo que pasa siempre. Salieron a la luz teorías de todo tipo tratando de explicar el caso del Texas Tower Sniper. Que si era el resultado de la violencia en el cine y la TV, que si del acceso y facilidad con que se conseguían (y consiguen) las armas, o que si lo hecho por Whitman había sido producto de la dureza con la que había sido tratado en su infancia por su padre (cosa cierta). Y claro, que si todo lo sucedido no era más que un producto de la sociedad de su tiempo. Y así.

Charles Whitman era un gringo joven, blanco, alto, rubio y fornido. La clase de norteamericano que agradaría a Trump. Era además un tipo extremadamente inteligente, de niño sacó 138 en el test Stanford-Binet. Había sido un Eagle Scout, el más alto rango que puede obtenerse en los Boy Scouts. Ex marine, aventajado francotirador y estudiante de ingeniería y arquitectura de esa misma universidad. No era un yihadista, en 1966 eso todavía no se usaba. Entonces, ¿Por qué lo hizo? El documental no entra del todo en ese espinudo tema.
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Cuando terminé de ver el documental me quedó la sensación de que ya conocía esa historia. Que la había escuchado o leído en alguna parte. Al otro día por fin pude recordarlo. La había leído en el libro Incógnito del neurocientífico David Eagleman que aborda el caso de pasada, de manera muy resumida, pero haciendo énfasis en lo que el documental apenas roza: las motivaciones de Charles Whitman.

Resulta que Whitman dejó escrita una nota suicida escrita en tres partes, la primera:

No entiendo muy bien qué es lo que me obliga a escribir esta carta. Quizás es para dejar alguna vaga razón por las acciones que recientemente he hecho. Realmente no me entiendo estos días. Se supone que debo ser un hombre razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente (no puedo recordar cuándo comenzó) he sido víctima de muchos pensamientos inusuales e irracionales

Después de haber matado a su madre continuó la nota:

A quien corresponda: He quitado la vida a mi madre. Me subleva el haberlo hecho. Sin embargo, siento que si hay un cielo, ella definitivamente está allí ahora… Realmente lo siento… No duden de que quería a esta mujer con todo mi corazón

Y la concluyó después de matar a su esposa:

Me imagino que parece que asesiné brutalmente a mis seres queridos. Sólo quise hacerlo rápido y bien… Si mi póliza de seguro de vida es válida, por favor que paguen mis deudas… donen el resto anónimamente a una fundación de salud mental. Quizás la investigación pueda prevenir futuras tragedias de este tipo

Cumplieron su deseo, le hicieron una autopsia y resultó que Whitman estaba en lo cierto: su cerebro albergaba un tumor del tamaño de una uva, bajo el tálamo. El pequeño tumor oprimía el hipotálamo presionando también a la amígdala cerebral que es la encargada de regular las emociones. Eso no pudo determinarse en 1966, entonces no se sabía lo que hoy se sabe acerca del funcionamiento del cerebro. La comisión Connally, creada específicamente para eso, concluyó que con el conocimiento existente en ese momento no podía probarse la influencia del tumor en el comportamiento de Whitman, pero que era probable que sí hubiese habido tal influencia.

En la actualidad, estudiosos como David Eagleman consideran probado que el tumor cerebral de origen congénito (glioblastoma, para más señas) transformó a Whitman en otra persona. Dando un sopapo a la arrogancia de creernos eso del “libre albedrío”, que somos nosotros quienes decidimos, cuando, según Eagleman, es la biología quien decide por nosotros. O dicho de otra manera, somos apenas una especie de títeres de esa misteriosa e insondable masa que llevamos en la cabeza, que depende de un complejísimo equilibrio químico que cuando, por cualquier razón, se altera, dejamos de ser nosotros para convertirnos en otras personas.

Terrorífica idea en tiempos de autoayuda.

Twitter: @Libertario43

Si ya la viste,puntúa la película!

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