CINE BOLIVIANO: Juana Azurduy, guerrillera de la Patria Grande

La biopic siempre conlleva retos.

En este caso, un personaje como Juana Azurduy es aún más desafiante porque se trata de una figura histórica cubierta por el manto del heroísmo.

Así es patriotas lectores, cuando se toca a héroes se puede caer en la tentación de hacer algo muy solemne, claro, para no faltarles el respeto y darles a través del cine la preponderancia que tuvieron en la vida real.

Nuestro Jorge Sanjinés toma ese camino, el de la solemnidad, y desde la primera escena recalca que estamos ante una heroína. No importa si es en su versión joven en el convento o montada sobre un caballo, la Azurduy de Sanjinés no abandona nunca la pose grandilocuente.

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Tampoco lo hacen el resto de personajes que se mueven a su alrededor: Simón Bolívar, Sucre, Lanza, Ascensio Padilla y hasta los despectivos visitantes (doctores) que tocan a la puerta de Azurduy para ver al Libertador.

Esa solemnidad y el aura de forzado misticismo acompañan a un guión pensado para resaltar hechos históricos pero sin el necesario “paisaje” que permita humanizar a los personajes en su cotidianeidad  y le den un respiro a tantos datos y a los excesivos “Doña Juana”.

La película toma como punto de partida la visita que hicieron Bolívar, Sucre y Lanza a Juana Azurduy en 1825 y ahí la narrativa se desarrolla en pos del recuerdo. Un vaivén entre los flashbacks y el presente.

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Desde el punto de vista histórico, los hechos son presentados como si se tratara de una clase para estudiantes de colegio, hay didáctica pero no hay análisis alguno.

Se podría decir que Juana Azurduy peca de excesos en cuanto a su forma, pero en definitiva se queda corta en contenido. En el afán de retratar momentos históricos la figura de Juana queda un poco desdibujada: aparte del hecho de ser mujer, guerrillera, y heroína, sus logros reales como combatiente son solo una anécdota para que Bolívar, Sucre y Lanza la llenen de halagos pueriles.

La lucha independentista, las traiciones, el tema de clase, raza, las punzantes aristas de la llamada “cuna volcánica de la revolución”, los intrincados intereses que movían a un bando o a otro, son también un telón de fondo mal dibujado.

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Nuevamente, Sanjinés no escatima en el discurso, en moldear la historia (como hizo en Insurgentes) para que calce con la coyuntura nacional, y ojo, acá no hay oportunismo sino una sincera convicción, pero para el espectador común podría dejar la fuerte sensación de estarse comiendo un panfleto.

Como puntos a favor: la fotografía de César Pérez tiene algunos buenos momentos, aunque sea incomprensible la decisión (ya sea del fotógrafo o de Sanjinés) de la cámara en mano para escenas que no lo requieren, hay también una linda música de Cergio Prudencio de la que a ratos se abusa y los aportes más sólidos son de dirección de arte y las locaciones.

Es difícil evaluar al apartado actoral teniendo en cuenta que lo que vemos es el resultado de la dirección de actores y como ya se mencionó al principio, todos y cada uno de ellos actúan desde un barniz heroico que sumado al errático guión le hacen un flaco favor al filme.

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Las posibilidades de acogida de esta película comienzan y terminan en la franja de público que se sentirá atraído por la veta histórica didáctica y otros, afines al discurso de Sanjinés, que la verán como una obra reivindicadora de causas largamente postergadas.

En la práctica, estamos ante un trabajo de factura técnica aceptable pero con un guión que se mueve entre lo ingenuo y lo infantil, que exhibe más que analiza y que adolece de la solidez necesaria para cohesionar la película. Encima tiene un look de película latina de los ochentas, muy marca registrada de nuestro apaleado cine.

Nadie podrá negar la poco frecuente inversión conseguida por el proyecto, ni las aspiraciones de ser un filme épico, ni la cantidad de gente involucrada que seguramente esperaba un mejor resultado, ni las ilusiones con las que se gestó. Bien por eso, bien por ellos.

Uno podría mirar para otro lado y decir que sí, que por eso funciona aunque sea un poquito, ya se sabe: la famosa palmadita en la espalda al cine boliviano.

Desgraciadamente, este nuevo trabajo de Sanjinés se revela como una re-reconfirmación de varios puntos: 1) la aún inexistente industria de cine boliviano 2) la aún inexistente película exportable boliviana 3) la inutilidad de enormes presupuestos a la hora de sacar una película de calidad competitiva.

No puedo menos que pensar que el filme húngaro que ganó este año innumerables premios en Cannes y otros festivales, El hijo de Saúl, tuvo un presupuesto similar y el resultado es abismalmente distante.

Una pena por Doña Juana.

Mónica Heinrich V.

Lo mejor: a nivel técnico no está tan mal y rescata a un personaje olvidado que merecía mejor suerte Lo peor: abarca demasiado y termina con poco La escena: cuando muere el hijo de Juana, la concepción de la escena, el diálogo, muy básico Lo más falsete: nuevamente, la escena de la muerte del hijo de Juana, el baile final, los discursitos del final, cuando acusan de traidor a Ascensio y hacen elipsis temporal sin desarrollar una de las mejores partes, bueno, casi nada era muy convincente El mensaje manifiesto: no es la flecha es el indio El mensaje latente: humanizar es más interesante que mitificar El consejo: vela, por ahí sos de los que se entretiene a nivel histórico El personaje entrañable: los indios El personaje emputante: los clasistas, racistas de la época El agradecimiento: no deja de ser una visión o una versión, habrá quien la disfrute.

Si ya la viste,puntúa la película!