LOST IN CONTEMPLATION OF WORLD

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LITERATURA: Autorretrato (Saúl Montaño)

Por: Maximiliano Barrientos

La literatura boliviana, por décadas, se caracterizó por el pudor. Estuvo más preocupada por contar los grandes acontecimientos sociales que lo que sucedía en la alcoba. En los últimos años la situación fue cambiando, y la exploración se centró en el cuerpo, en la intimidad. Bajo esa óptica es interesantísimo el aporte de Autorretrato.

Así como Georges Perec utilizó la estrategia de Joe Brainard para trabajar con la memoria, Saúl Montaño empleó la del fotógrafo y escritor francés Édouard Levé para escribir este estupendo ejercicio de auto examinación.

En las páginas desfilan anécdotas personales, apreciaciones estéticas, manías: una aproximación a la vida propia como si fuera una obra. Esto, como lo sugerí en el principio, sin la más pequeña cuota de pudor o de solemnidad, sin establecer ninguna jerarquía entre el sexo, los recuerdos, el consumo cultural y el registro de la cotidianidad.

Un libro valiente que, en clave de no ficción, constituye un potente artefacto narrativo.

Fragmento del libro Autorretrato:

En mi infancia a la hora de la siesta me metía debajo de las camas a observar con fascinación las pelusas en el suelo doradas por la luz del sol, alguien me había dicho que eran restos de muertos. Al caer la tarde, cuando en la lejanía los perros ladran, escucho mi nombre. Santa Cruz es la mejor ciudad dentro de las posibles para vivir, no me quita el sueño vivir en otra parte del mundo. Una tipa con la que dormí me despachó en la madrugada a mi casa porque yo roncaba demasiado fuerte. Balbuceo a propósito para que la gente no me entienda y me pida que repita lo que dije. Me siento atraído por las mujeres de brazos peludos. Frente a una decisión laboral o de conquista, me digo: qué haría Don Draper en mi lugar. Una mujer me dijo en el chat: “¿todas tus salidas te las escribe Woody Allen?” Un amigo me dijo: “ya no estamos en los noventa, deja atrás el cinismo y la ironía”. Durante varios meses ejercí de abogado sin tener licencia del Estado. Borracho he enviado a mujeres fotos de mi pene, al día siguiente una de ellas me escribió al Whatsapp: “buenos días don pene, ¿cómo amaneció?” No sé en qué momento me duermo cuando duermo. No colecciono nada. No sé dar primeros auxilios. Pido deseos a estrellas fugaces. No entiendo la poesía visual, además me parece un ejercicio estéril. No he gritado ningún gol. No hago regalos. No tengo discos en físico de ningún cantante o banda. He pensado que si estuviese en una guerra yo elegiría llevar heroicamente la bandera a campo través. Si estoy en contacto continuo con una persona adopto sus gestos y actitud. Más que llevar una conversación entre varias personas prefiero intervenirla. Me han dicho que no sé dar abrazos. Si me hablan muy cerca doy un paso a un costado, no hacia atrás. Jamás me antojé recorrer el mundo de mochilero. Fantaseo puteando gente, las humillo con argumentos formidables. La pose sexual misionero la asocio con sexo en las misiones cristianas. En el trabajo, para sentirme en casa, escucho música. Me fijo en la grasa abdominal que dejó el embarazo en el cuerpo de una mujer. Me es fácil que aflore mi lado divertido con una mujer moderadamente divertida que con una aburrida o con una muy divertida. No me considero inteligente, si no alguien con momentos de lucidez. Me define la negación y la pasividad antes que la afirmación y la actividad. Soy diestro. He comprobado que escribiendo con el pie tengo la misma letra que escribo con la mano. Conocí a una mujer en un bar a la que esa misma noche le regalé el dvd de la película Hijo de Saúl, de László Nemes. Días más tarde cogimos, a las semanas me dijo que esperaba un hijo mío, me pareció una broma retorcida del destino que afortunadamente concluyó con sangre menstrual. Evito hablar con mis vecinos de barrio. Uso anteojos: diagnóstico del oftalmólogo: astigmatismo e hipermetropía, ojo izquierdo 1,25, ojo derecho 1,75. No sé si puedo prescindir de la literatura. Asumo que mi primer síntoma de vejez, o de una conciencia de vejez, es reparar en el rostro lozano de jóvenes que encuentro en la calle. De comedias que he visto y que valga la pena mencionar: Seinfeld, Arrested Development, Flying Circus, Curb Your Enthusiasm, 30 Rock, Married with Children, The Simpson, South Park, Family Guy. Dramas: The Wire, The Sopranos, Mad Men, The Night Off, True Detective. Los chistes de El Chavo del ocho todavía me provocan gracia. Me divierte el personaje Pepe Argento, de Guillermo Francella. En mi primera adolescencia decía que en mi vida social debía actuar como Will, el protagonista de El príncipe de Bel Air. He consumido horas y horas viendo la programación de The Warner Channel: Friends, Two and a Half men, Will and Grace, The Middle. Las series que recuerdo de mi infancia son: Alf, La familia Ingalls, Starsky and Hutch, El auto fantástico, Los Magníficos, MacGyver. Animados: Los Picapiedras, Thundercats, Lonney Toones, Los Supersónicos, El Pájaro loco, Súper Campeones, Caballeros del zodiaco. Vi también programas para niños como Nubeluz. En Camiri se veía la programación de canales peruanos, América, Frecuencia Latina. Era normal estar más al tanto de lo que ocurría en la coyuntura peruana que de la nacional. En el canal brasileño Bandeirantes descubrí las películas eróticas. Siento empatía por personajes como Tonny interpretado por Mads Mikkelsen en la película Pusher, de Nicolas Winding Refn, o por Johnny boy interpretado por Robert De Niro en la película Mean Streets, de Martin Scorsese. Terminar de ver una buena película me hace creer que soy una persona sofisticada. Cuando presiento que me estoy dejando llevar emocionalmente por una película, me freno para no salir dañado sentimentalmente. A veces me estorban las risas enlatadas de las series norteamericanas, pero me hacen falta en otras series que no las tienen. No me identifico con ningún personaje de Friends. Admiro la frente amplia de John Cazale. Me conmuevo hasta el borde del llanto con videos que muestran a personas realizando buenos actos en favor de alguien necesitado. En mi habitación entreno golpeando mi imagen en el espejo. En un disco tengo anotado: Proyecto Novela, contiene una colección de cortometrajes de Tinto Brass. Al ver una palmera de tronco delgado o una planta de guineo pienso en mi canilla desnuda golpeando hasta derribarla, igual a Jean Claude Van Damme en la película Kickboxer. Los mejores días de mi vida los he pasado acostado en el sofá de la casa de mis padres mirando televisión. Nunca me he imaginado que podría ser otra persona. Ante la pregunta de ¿por qué nos enamoramos?, respondo: “para sentirnos vivos”. Lo tomé de la película The mirror has two faces, con Bárbara Streinsand. Mis comediantes favoritos son Louis C.K., Larry David, Groucho Marx y Ricky Gervais. Directores que me gustan: John Ford, Hitchcock, Carlos Reygadas, Lucrecia Martel. Tuve mis años de fanático de Tarkovski. Nunca creí en la Virgen María. El mejor cortometraje que he visto es Este es mi reino, de Carlos Reygadas. A veces tengo la sensación de que extraño una cola de simio. Me gusta apretarme la nariz, levantarla hacia arriba para que salga filtrada las grasas por mis poros; lo hago dos veces por día, usualmente luego de bañarme. Prefiero el nombre Andrea para un hombre. Le debo a mi padre el gusto por la lectura. Le debo a mi madre el gusto por la música, el cine y la televisión. En la pared de su habitación podía leerse la frase: “sin música la vida sería un error”. Una tía dice que me parezco a Jack Nicholson. He visto cómo un vehículo atropelló a mi perro, quizás pude evitarlo, pero el segundo se me fue en pensar así: me quitaré una responsabilidad, e inmediatamente pensé en Breaking Bad, en Walter White dejando morir a la novia de Jesse Pinkman. Yo enterré al perro en el patio de mi casa, le eché cemento a su cuerpo para que el cadáver no hediera. Presto atención a las papadas de las personas. Cada dos semanas me hago cortar el cabello al rape con la mascota N° 1.

Pequeña Bio:

Saúl Montaño (Bolivia, 1985) nació en Camiri. Ha publicado los libros de relatos Una bandada de pollos en el firmamento (2012) y Desvelo (2016). Autorretrato (2017) editado bajo el sello Nuevo Milenio es su último libro. Actualmente co-administra el blog cultural Hay vida en Marte.

Sobre la presentación:

El libro se presentará en Santa Cruz de la Sierra este viernes 25 de agosto a las 20:00 en el café cultural y bar Esquina del Cronopio.

LITERATURA: Sueños de trenes (Denis Johnson)

Ningún hombre es una isla… excepto que algunos sí lo son

Por: José Andrés Sánchez

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Sueños de Trenes’, de Denis Johnson, parece una historia muy simple. De hecho, su lectura es sencilla. Transcurre y fluye. No obstante, tal como sucede con muchas grandes novelas, habla de cosas que jamás menciona. En apenas un centenar de páginas.

Una breve sinopsis resumiría la trama en lo siguiente: Un hombre (Robert Grainier) sufre una tragedia. Tras ella se convierte en hermitaño hasta el día de su muerte.

Sí, no es más que eso (en apariencia).

La novela habla acerca de la soledad y la enmarca en sueños y alucinaciones que el autor no se molesta en aclarar si son ciertos o falsos.

Grainier es un hombre sencillo. Un jornalero que pasa sus días en la construcción de las vías del tren a principios del siglo XX en el Oeste norteamericano. Mucho se ha escrito acerca de este tema. El progreso y la sangre que trae, el papel del hombre común en el desarrollo de una nación, la inhóspita y desgraciada vida de los miserables que sudan en el servicio del comercio.

Es un tema recurrente en la narrativa, por lo tanto la riqueza de un trabajo de este tipo deberá residir en la mano del autor.

La prosa de Johnson es poética. A la vez que no pierde el tiempo en detalles, logra no sólo reflejar el olfato de la vida en el Oeste y sus múltiples personajes (un indio alcohólico, una perra solitaria, una chica-lobo, un chino que podría ser brujo) sino que nos embulle en la historia, nos lleva de la mano, guiados por un lenguaje que, a primera vista parece austero, pero se eleva con imágenes literarias destacables.

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Mientras caminaba de regreso a casa bajo la oscuridad creciente, Grainier tuvo la sensación de que se iba topando con el chino por todas partes. El chino en el camino. El chino en el bosque. El chino caminando con pasos suaves, con las manos colgándole de unos brazos que parecían sogas. El chino saliendo con movimientos danzarines del arroyo, como si fuera una araña.

Es una prosa sencilla, pero adecuada para la trama que se narra. No se trata sólo de la historia de un hombre, que de por sí es ya una empresa literaria épica, sino de la ambientación de un momento histórico. Son los años en los que el sueño industrializador se enfrentó al sueño del individuo, en los que las visiones de desarrollo sirvieron como excusa para utilizar la ‘mano de obra’ de pueblos y trabajadores. Esta es la historia de un alma que se vacía mientras a su alrededor la comunidad se llena de progreso.

Por lo tanto, el final de la vida de Greiner sucede en el olvido, como los rostros y apellidos de los héroes que construyen una nación.

Casi todo el mundo de la región conocía a Robert Grainier, pero al fallecer mientras dormía, en algún momento de noviembre de 1968, se quedó muerto en su cabaña durante el resto del otoño, y todo el invierno, y nadie lo echó en falta para nada. Un par de excursionistas hallaron su cadáver en la primavera. Al día siguiente los dos regresaron con un médico, que extendió el certificado de defunción y, turnándose con una pala que encontraron apoyada en la cabaña, los tres cavaron un hoyo en el jardín que es donde yace.

La soledad de Grainier me recuerda al poema de Jhon Donne y pienso que sí, ningún hombre es una isla, todos somos parte de un continente, aunque el anonimato y las tragedias nos lleven a revivir sucesos del pasado una y otra vez, dentro de una pequeña cabaña de madera, al lado de una perra maloliente mientras escuchamos los trenes sobre las rieles y los fantasmas nos visitan durante sueños.

Podés descargar el libro en PDF: Suenos de trenes – Denis Johnson

LITERATURA: Libertad (Jonathan Franzen)

¿Qué es Libertad?

Por: José Andrés Sánchez

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Suelo prestar bastante atención en clases, pero ese día en particular no dejaba de mirar el vaivén de las palmeras en el patio de la universidad. La catedrática explicaba los fundamentos de la Teoría de Sistemas y la inter relación de sus componentes. Era una mujer alta y delgada, con una voz potente y movimientos extravagantes. Lanzaba algunas preguntas al aula, escribía sobre el pizarrón, los compañeros respondían, yo miraba las palmeras. Sobre mi pupitre tenía una hoja en la que había anotado algunas ideas de la clase. En mi mano izquierda estaba el bolígrafo. Delgado, celeste, masticado. No puedo decir que mi mente estaba en otro lado. Sencillamente no estaba. Cuando bajé la mirada para observar el papel vi lo que mi mano y el bolígrafo habían dibujado: un círculo oscuro y profundo, del tamaño de un ojo.

‘Creo que estoy deprimido’, pensé.

Aquella mañana, antes de salir de casa, terminé de leer ‘Libertad’, de Jonathan Franzen.

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Mi primer acercamiento a este autor se produjo el año pasado al leer ‘Pureza’, su más reciente novela. En ella narra la historia de ‘Pip’ Tyler, una joven norteamericana altamente educada y proveniente de una familia disfuncional. La novela tiene de todo: enamoramientos no correspondidos, encuentros sexuales, dramas familiares, traiciones, secretos profundos, conflictos políticos, espionaje virtual e incluso un asesinato. Además, como bonus-track, una sección muy importante de la historia transcurre en Refugio Los Volcanes, el Hotel Cortez y la avenida Monseñor Rivero, acá mismo en Santa Cruz de la Sierra. Aparte de todo lo mencionado, descubrí en Franzen a un escritor con una prosa poderosa, seguro de sí mismo y con una gran capacidad para explorar las vidas y motivaciones psicológicas de sus personajes. Fueron alrededor de 600 páginas entretenidas, pero no mucho más.

Esa novela, sin embargo, no me preparó para el volcán de emociones que me trajo ‘Libertad’.

Libertad’ narra la historia de los Berglund, una familia tipo del Medio Oeste norteamericano. Liberales, blancos, educados y competitivos, Walter y Patty Berglund son la postal del sueño americano post 11 de septiembre. Tienen dos hijos, Jessica y Joey, una casa propia, él es un trabajador dedicado y vecino amable, ella un ama de casa pendiente de sus retoños. También es importante la figura de Richard Katz, el mejor amigo de Walter, un músico punk y misógino profesional. Hasta ahí todo bien, excepto que muy por debajo, en lo profundo de cada uno de estos seres, se cocinan emociones, recuerdos y frustraciones con las que todos nos podemos relacionar. Nos detalla el fracaso y la destrucción de una familia.

Franzen relata una historia, es cierto, pero el tema central del libro no se encuentra en lo que los Berglund hacen y dicen. Él es un tipo de novelista que usa a sus personajes y los coloca en diferentes conflictos para transmitir ‘sus ideas’. Allí está la fuerza de ‘Libertad’. Las ideas que Franzen nos pone sobre el tapete no son simples: la emancipación tiene un alto costo, solemos herir a quienes más nos aman, elegimos un camino pero siempre tendremos presente el otro no recorrido, añoraremos aquello que no podemos tener, la traición ocurre dentro de las familias y la única certeza es que todos nosotros, algún día y sin remedio, moriremos.

¿Qué debo relegar y a quienes debo destruir para alcanzar mi libertad? ¿Cuánto debo restringirme? ¿Existen los límites a la emancipación? ¿Deseo la libertad de elegir?

En las manos de un escritor ingenuo la transcripción de estas ideas sobre el papel sería un fracaso seguro. Franzen es una de las excepciones.

En el juego de las comparaciones entre esta novela y ‘Pureza’, la prosa de Franzen es mucho más potente en ‘Libertad’. El libro tiene pasajes literarios poéticos y sutiles.

Existe una tristeza peligrosa en los primeros sonidos del trabajo de una persona por la mañana; es como si la quietud experimentara dolor al verse interrumpida. El primer minuto de la jornada laboral recuerda todos los demás minutos de que se compone el día, y nunca es bueno pensar en los minutos como unidades individuales.

Sospecho que todos tenemos esa sensación al despertar cada mañana.

Tal vez la gran crítica a Franzen sea precisamente su prosa. La voz potente del autor se inmiscuye en los hechos y (como me lo mencionó una amiga mientras hablábamos de él) sentimos que Franzen no relata una historia, sino que nos la grita al oído. Es como si lo tuviéramos sobre nuestros hombros, diciéndonos constantemente: ‘esto es importante’. No es, ni por lejos, un autor incógnito. Él quiere hacernos saber que ‘esa’ es ‘su historia’ y que las ‘cosas’ que los personajes ‘dicen’ y ‘hacen’ las ‘hacen’ porque a Franzen le da la gana. En otras palabras, si lo que buscas es una novela delicada con un narrador casi invisible, este no es tu tipo.

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Por este motivo es que el libro tiene algunos pasajes que son francamente aburridos y hasta discursivos. Por ejemplo: los pensamientos de Walter acerca de la pureza de la vida natural, las charlas y explicaciones sobre las fundaciones de conservación de la naturaleza, el ‘fracking’ y la explotación de minerales, las posiciones políticas de los personajes respecto a Bush y la invasión a Irak.

A pesar de estas observaciones ‘Libertad’ es una obra trascendental creada por un escritor con maestría y seguridad. Sólo basta recordar la inolvidable escena en la que Walter pierde los estribos en medio de una importante presentación o la corta pero significativa frase final del libro para rendirnos ante la maestría del oficio de este escritor. La minuciosidad de Franzen al dar vida a sus personajes, las situaciones dramáticas en los que los coloca, los pensamientos de cada uno de ellos tienen un motivo. Franzen quería escribir una historia emotiva que alcance a la mayor cantidad de público posible. Lo logró.

Todo esto estaba dentro del hoyo que dibujé en clases. Las ansiedades, el terror frente al futuro, las decepciones por los errores del pasado, las heridas que causamos para alcanzar todo lo que deseamos. Tantos arrepentimientos e incógnitas. Cuando la catedrática me sacó de mis pensamientos con una pregunta acerca de la Teoría de Sistemas tuve el impulso de responderle: ‘¿Cuál es el propósito?’ Elegí no hacerlo y sólo dije: ‘No sé la respuesta’.

EXTRAS

Si querés leerlo descárgalo AQUÍ: Libertad – Jonathan Franzen PDF

Léelo online: https://www.yumpu.com/es/document/view/55769429/libertad-jonathan-franzen

CUENTO: ¿Dónde ocurrió el Big Bang?

Por: Alejandro Suárez

Ocurrió, pero no hay un lugar, tampoco hay un momento, solo sucedió; la explosión creó el espacio y el tiempo y por tanto, ¿qué había antes?; ¿sabes qué contestaba San Agustín cuando le preguntaban qué había antes de la Creación?, que Dios preparaba el infierno para los que hacían ese tipo de preguntas.

Acompañábamos el cabernet con maní japonés, antes habíamos fumado porros y habíamos visto en Netflix el primer capítulo de la nueva versión de Cosmos y yo me había colgado con todas aquellas elucubraciones estelares que a mí me excitaban y a Jenny no le movían un pelo.

Hay algo que no he dicho: Jenny es fotógrafa, católica, lesbiana y comprometida con la causa de los homosexuales; yo soy corredor de bienes raíces, adicto al sexo, algo misógino y totalmente agnóstico. ¿Qué nos une? Una vez le hice a Jenny esa misma pregunta.

Eres un océano de conocimientos inútiles, eso me gusta, confesó; te haría el amor a veces, pero no eres mi tipo.

Yo también le había hecho algunas confesiones: cuando estoy solo y bajoneado hablo contigo, en mi mente, eso me calma.

¿Una interlocutora ideal y omnipresente? ¿Algo así?

Algo así.

Sonó el timbre, nos miramos.

¿Esperas a alguien?, preguntó Jenny

Negué con la cabeza, me levanté y fui hasta la puerta. Abrí y era Noelia.

Hola Noelia, dije.

Hola, contestó Noelia y pasó.

Jenny bajó los pies de la mesa; las presenté.

Jenny, ella es mi hermana.

Hola, dijo Jenny; Noelia no dijo nada y tampoco se sentó; fue hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua.

El olor a porro mata, te voy contando, dijo al regresar de la cocina; comenzaba a impacientarme. Hasta que por fin se sentó y sin pudor agarró un puñado de maníes japoneses.

Supongo que quieras saber por qué estoy aquí, dijo.

Sería bueno, contesté.

Contó que había decidido aceptar una oferta de trabajo, sería gerente de una franquicia limeña tipo fast food, ceviches y demás delicatesen de la comida peruana; la empresa la mandaba una semana a Lima para una capacitación; había planificado para que la niña se quedara con su padre.

La felicité por el nuevo trabajo y pregunté lo que quería preguntar desde que escuché lo de la semana en Lima: ¿Y papá?

Ella me miró, terminó de tragar un maní. “Y papá”, afirmó como quien toca un asunto evidente.

Pasaron segundos de silencio tenso; al cabo Noelia miró a Jenny como si fuera una vieja conocida. ¿Sabías que tu amigo, tu novio, tu amante o lo que sea, rechaza hacerse cargo de su padre?, le preguntó.

Jenny comenzó a incorporarse y anunció que se iba; Noelia dijo que no era necesario, que ella se iría primero, solo quería saber si podía contar conmigo o le iba a dar la espalda, como siempre. Ahí discutimos, la llamé desubicada, me dijo que prefería ser desubicada a ser cómoda y egoísta, luego ventiló viejos trapos; Jenny repitió que se iba y en efecto, se fue.

No era necesario todo esto, le dije a Noelia.

La mitad de las cosas que hacemos son innecesarias, contestó.

Listo, ¿qué carajo quieres?

Que te hagas cargo de nuestro padre, por una semana, ¿es mucho pedir?

Acepté; era eso o seguir y seguir y arruinar lo poco que quedaba de noche.

Me voy, estoy apurada, dijo, se levantó y fue hasta la puerta; mañana vengo, al caer la tarde, con papá.

Quedé solo, sentado en el sofá y haciendo zapping; me detuve en la noticia de un sicópata que ametralló a los espectadores que asistían al último estreno de la saga Batman en un cine de Colorado. Un policía informaba que eran doce los muertos; hasta ahora. Busqué la yerba y armé un porro y lo prendí; luego apagué la tele. Fumé pensando en que el mundo era un lugar hostil y no había mucho que hacer al respecto.

El viernes en la noche llamó mi hermana para anunciarme que estaba en camino. Llegó a la media hora. Cargaba dos bolsos deportivos grandes; a su lado, disminuido, avejentado, pero sin dar la impresión de ser un enfermo terminal, estaba papá. Por su mirada, parecía estar con un pie en la realidad y otro en algún planeta lejano. Lo saludé con una fórmula neutra del tipo “¡Hola, cuánto tiempo!”; no contestó. Noelia lanzó los bolsos en el piso, tomó a papá del brazo y lo condujo hasta el sofá; caminaba bien aunque parecía avanzar solo si su hija lo empujaba.

Creo que se da cuenta de que ésta no es su casa, dijo Noelia.

Y bueno, tan mal no está si se da cuenta; ¿algo más que tenga que saber?, pregunté.

¿Algo de…? preguntó Noelia.

De papá, algo a tener en cuenta, que le haya pasado últimamente…

Tú “últimamente” son dos años, ¿sabías?

No empieces, quiero hacer las cosas bien y que todo fluya.

Y que yo regrese rápido del viaje, me lo lleve y no te joda más la vida.

Lo que quieras.

Noelia me explicó (volando porque estoy contrarreloj) que a papá le gustaba que lo bañaran y lo cambiaran temprano en la mañana; se baña sentado, mejor si te buscas una silla plástica; come bien y cualquier cosa siempre que no sea carne dura o trozos muy grandes, da igual si es pollo o carne o pescado, sin mucha grasa; no abusar del dulce porque se le dispara el azúcar; no abusar de las pastas porque se estriñe; puede dormir solo pero mejor si pones almohadas y frazadas en el piso, a un costado de la cama; en los dos bolsos hay ropa, pijama, calzoncillos y medias y en el bolso azul hay un neceser con sus medicinas, suplementos vitamínicos, pastillas para la presión y la irrigación sanguínea, también las indicaciones sobre cómo tomarlas; en el bolso gris están los pañales.

¿Pañales?, pregunté.

Noelia me miró y soltó una risita molesta. Créeme, los vas a necesitar, dijo.

Luego se despidió y se fue; insistió con que estaba apurada.

Te veo en una semana, dijo al salir.

Encendí el televisor.

¿Noticias o documentales?, le pregunté a papá.

No contestó, ni siquiera me miró. Hice zapping atento a sus reacciones, detecté un sutil gesto de interés al pasar por un programa mexicano de lucha libre y ahí quedó la sintonía. Me miró como quien pide explicación cuando un gordo de melena y bigote cayó, cual bolsa de papas, sobre el ring.

¿Qué tal?, pregunté.

Vos querés fregar a la Falange, contestó.

Luego volvió a concentrarse en el gordo que se incorporaba y volvía a dar pelea.

Así fueron, detalles más, detalles menos, los primeros minutos de convivencia con lo que quedaba de mi padre.

Me levanté y fui al que debía ser su cuarto que era en realidad mi cuarto de visitas; en la tarde lo había barrido y había liberado la cama de ropas, trastos y libros. Tal y como me orientara Noelia, lance frazadas, almohadas y edredones a suelo que rodeaba la cama. Volví a la sala y cambié de canal, no encontré nada interesante para mí, le pregunté a mi padre si quería dormir; como no respondió lo alcé del brazo, se dejó hacer.

Lo eché en la cama; quedó mirando el techo, tranquilo, su respiración era pausada; reparé en su ropa y en que no era la más adecuada para dormir pero ya no había marcha atrás. Mañana será otro día, pensé.

Volví a la sala, prendí un porro, me colgué con el Precio de la Historia.

Desperté, vi que era de día y volví a cerrar los ojos mientras mi cerebro vacío se llenaba de pensamientos inconexos. Al rato escuché algo (o imaginé escucharlo, nunca sabré) y recordé de golpe que papá estaba en casa. Corrí a su cuarto, lo encontré sentado y sin ropa en una esquina del colchón; se había sacado el pijama, lo había envuelto con la sábana y los había lanzado al suelo, a un costado de la cama sobre uno de los almohadones de protección. Respiré un fuerte olor a orine y vi una gran marca de humedad en el centro del colchón. Cerré los ojos con fuerza, tomé aire, recordé a Noelia y su referencia a los pañales, la imaginé riendo.

Me acerqué, con autoridad le pedí que se levantara y sin esperar su reacción, lo tomé de la mano y jalé para que se incorporara. A su ritmo fuimos al baño, hice que entrara a la ducha y cuando lo vi de pie, bajo la regadera, recordé que Noelia había dicho que se bañaba sentado. No me pareció prudente regresar por una silla y dejarlo parado y arriesgarme a que intentara moverse y tropezara y se cayera. Lo perfecto es enemigo de lo bueno, me dije; luego abrí el grifo. El chorro de agua fría golpeó su abdomen, me agarró fuerte de una mano hasta que el calefón se activó y pude graduar una temperatura agradable; esto hizo que se relajara y me permitiera enjabonar su cuerpo, incluido el pellejo colgando entre vellos tristes que alguna vez fue su temible pene.

Terminé el baño, lo senté en el inodoro y corrí por un pijama limpio, calzoncillos y pañales.

¿Cuándo nos vamos a Sucre?, preguntó al verme de vuelta.

Mañana, contesté de mal humor.

Comencé a vestirlo. Yo, hombre sin hijos, tardé una eternidad con el pañal; se le desprendía y se le caía y tenía que volver intentarlo, así unas ocho veces. Con el pijama fue mucho más fácil aunque el proceso no estuvo exento de pequeños contratiempos.

Lo senté en la sala, abrí las ventanas para que entraran luz y aire. Encendí el televisor y busqué algún canal que pudiera interesarle; no había lucha libre así que me detuve en un programa de zumba, imaginé que la energía de las practicantes podía ser contagiosa para su mente. Me esperaba una mañana larga: echar la sábana y el pijama al lavarropa, ponerle una espuma limpiadora al colchón, cepillarlo, secar el baño, darle sus medicamentos con el desayuno. Antes de comenzar, calenté agua, me hice un té, me senté en el comedor, armé un porro y lo encendí; respiré oxígeno, humo, un poco de sosiego.

Hice cuentas; apretándome un poco me daba para pagar alguna enfermera por una semana, siempre que sus pretensiones no fueran desmedidas. Después de almorzar y de un breve descanso, subí a mi padre a la camioneta y nos fuimos a recorrer las enfermerías del centro.

En la primera, una señora con uniforme blanco inmaculado llenaba un crucigrama y mataba un sábado escaso de inyecciones y nebulizaciones. Le planteé el problema, miró por encima de mi hombro, hacia la calle donde había dejado estacionada la camioneta y se podía ver claramente a mi padre en el asiento del acompañante; volvió a mirarme, dijo que podía hacerlo y dio un precio que sobrepasaba con mucho mi presupuesto; intenté regatear pero la señora se negó a ceder y me fui con la certeza de que aquella mujer tenía menos sentimientos que una piedra caliza.

En la siguiente enfermería me atendió una muchacha de no más de veinte; lucía segura, despierta y se mostró dispuesta a hacer el trabajo por el monto que le ofrecí. No me comprometí porque sus veinte años aparentes me hacían dudar y también el botón abierto de su traje de enfermera y los globos de chicle que hacía cuando me escuchaba. Quedé en que regresaría pronto.

Consulté otras dos opciones que no me convencieron y regresé por la muchacha del escote. Acordamos que iría el lunes a primera hora y le dejé una tarjeta de Luxor Bienes Raíces donde estaban mi nombre, mi dirección y mi teléfono. Se llamaba Cintia pero podía decirle Chichita.

El lunes desperté temprano y repetí la rutina de la ducha, esta vez con la ayuda de una silla plástica que había comprado en el mercado; después le cambié el pijama pestilente; saqué la cubierta impermeable del colchón que había comprado junto con la silla y lo llevé todo al lavadero.

Ya estábamos vestidos cuando apareció Chichita. Le di las instrucciones: desayuno, merienda, medicinas; el domingo había pasado en limpio el calendario de mi hermana y lo había impreso y pegado en la heladera. No se horrorizó cuando le mostré los pañales, parecía acostumbrada; creo que incluso me escuchaba con cierto fastidio, como si le estuviera comunicando algo obvio.

Salí a trabajar. Me reuní con una pareja de paceños recién casados que querían vivir y reproducirse en Santa Cruz; escuché sus pretensiones, más altas que el Illimani; quisieron ver una casa en Jardines del Urubó y los llevé en mi camioneta.

Al final de la mañana dejé a los paceños en su hotel con la promesa de que hasta el final de la tarde depositarían el primer anticipo, luego me fui hasta Montero para verificar el avance de una nueva urbanización en la que había invertido algo de dinero y de la que esperaba con ansias el retorno.

Al regreso, serían las cuatro, llamé a Jessica y la convencí para que se saliera un poco antes de la oficina; como aún no había almorzado, compramos al paso café y empanadas, luego nos fuimos a un motel por la Beni. Hice el amor con ganas, lo necesitaba; después devoré las empanadas y le conté lo de mi padre.

Haces muy bien, dijo ella; a los padres hay que quererlos siempre; mírame a mí, mi papi está en el cielo y no pasa un solo día sin que lo extrañe.

Jessica dice siempre ese tipo de cursiladas, pero su cuerpo y su cópula son de primera y creo que ella también la pasa bien conmigo. Volvimos a hacer el amor, luego pagué y cada uno a su rutina; a ella la esperaba su esposo y a mí, mi padre, mi papi, para quien dudaba que hubiera lugar en el cielo.

Llegué a casa a eso de las seis y al abrir me golpeó un reguetón a todo volumen. Busqué a Chichita, la encontré en la cocina preparándose algo de comer.

Tenía hambre, dijo al verme.

La cocina estaba patas arriba, se sentía la dueña de casa.

¿Y mi padre?, pregunté.

En el cuarto, contestó.

Fui hasta el cuarto, la puerta estaba cerrada; intenté abrir pero estaba asegurada. Cuando me disponía a regresar a la cocina tropecé con Chichita que me había seguido y me mostraba las llaves. Se las arrebaté y abrí. Papá estaba sentado sobre el colchón, casi desnudo y creo que tembloroso. Al verme comenzó a gritar algo sobre los movimientistas de Morón. Fui hasta él y lo calmé como pude y comencé a vestirlo; le dije a Chichita que era una irresponsable de mierda y que no le iba a pagar el día; Chichita contestó que yo había llegado tarde, no le había dejado comida y en mi famosa lista no había indicaciones sobre qué almorzar; que le había pasado llave para que no se saliera mientras ella buscaba qué comer y que si no le pagaba el dia, me denunciaría. Al final cedí, le pagué y se largó dando un portazo.

Sentí un ruido que venía del cuarto. Corrí. Encontré a mi padre, en el suelo, en posición fetal.

¡Puta madre!, exclamé; ¿qué haces?

No contestó, por supuesto; supuse que había querido pararse y se había caído y ahora intentaba incorporarse. Hacía un ruido grave, como un ronquido. Gritó cuando lo alcé de las axilas, lo mandé a callar.

¡Al menos coopera, carajo!, le grité.

¡Viva la Falange, carajo!, contestó.

      Lo lancé en la cama lo mejor que pude y lo terminé de vestir. Luego me fui a la sala, me armé un porro, subí las piernas sobre la mesa, encendí el televisor y busqué en Netflix el capítulo dos de Cosmos. En lo que cargaba, llamé a Jenny.

Estoy en el cine, te llamo luego, susurró.

Me puse a ver la serie. La explicación sobre cómo, según la Selección Natural, el “ojo” de una bacteria evoluciona hasta convertirse en ojo humano, me hizo caer en que había vivido treinta y seis años equivocado. Intenté formular lo aprendido más o menos así: los seres vivos no se adaptaron al ambiente, en realidad cedieron su espacio a otros que la casualidad en forma de mutaciones genéticas, había hecho mejor dotados para la supervivencia.

Llamó Jenny, salía del cine con su amiga de turno; preguntó cómo me iba con mi padre, le dije que más o menos, le conté que había intentado contratar una enfermera para que me ayudara y que me había ido mal. Me dijo que ella estaba por salir de viaje, que si no, con gusto me daba una mano.

¿Qué viaje es ese?, pregunté

Uno que tenía postergado, a la Chiquitanía, todo depende del transporte que hasta ahora me ha fallado.

Su misión era tomar fotos para la edición ampliada, bilingüe y con fotos de “Ser gay en los tiempos de Evo”, el libro de Edson Hurtado, que iba a ser publicado por una editorial vietnamita.

Cada loco con su tema, dije; ¿crees que los gais sean un salto evolutivo o el medio ambiente terminará barriéndolos?, pregunté.

¿De qué mierda me hablas?

Le hablé del capítulo dos de Cosmos, de la Selección Natural, los genes y la supervivencia.

No sé tú, pero yo sobreviviré a todos, dijo; o al menos a vos y a tu hermana, eso seguro.

Desperté al otro dia y antes de ocuparme de papá, marqué el número de Jenny.

Te ofrezco mi camioneta, le dije; llevamos al viejo, vos me das una mano y de paso despejo mi cabeza porque aquí me voy a volver loco.

¿Tu padre soportará un viaje largo?, preguntó; ¿no será un ajetreo innecesario para un hombre delicado?

Mi camioneta es doble cabina, tiene aire, papá no está inválido, su cerebro le patina pero puede caminar; si se orina lo cambiamos.

Al final, Jenny aceptó. Saldríamos al día siguiente a primera hora, en cuatro días Jenny tenía un viaje a la Paz y era impostergable.

Colgué y fui a ver a papá; lo encontré tranquilo, solo se había sacado la camisa y estaba sentado en el colchón, miraba el infinito que terminaba en la pared que quedaba frente a sí. Estaba, por supuesto, orinado. Lo llevé al baño, abrí el grifo para no golpearlo con el agua fría, lo desnudé y lo senté en su silla, dentro de la ducha. Lo miré desde afuera; antes tan fuerte, ahora perdido y encogido en esa silla plástica, chorreando agua por la barbilla escuálida.

Prepárate que nos vamos de viaje, le dije; como en los viejos tiempos.

Le enjaboné el cuerpo y hasta le puse champú en su cabellera escasa y gris. Luego me saqué la ropa, entré a la ducha y compartimos el chorro; como en los viejos tiempos.

Rearmé los bolsos tal y como me los entregó Noelia y los subí en la camioneta; incluí algo de ropa para mí y algunas provisiones básicas; aceleré la rutina del baño y el cambio de ropa de mi padre, le di un buen vaso de yogurt y cerca de las ocho, partí a buscar a Jenny.

La primera escala seria en Urubichá, trescientos sesenta kilómetros. Compramos galletas y café en la tranca de peaje e improvisamos un desayuno. La temperatura estaba agradable para viajar, no había tráfico ni nubes. Mi padre se había dormido con la boca abierta, el cinturón de seguridad lo mantenía erguido; aprovechando que dormía, Jenny preguntó sobre él y sobre mí.

Percibo a veces que lo odias, me dijo.

No es odio, contesté, es otra cosa, no sé cómo llamarlo.

Busqué en mi memoria, seleccioné algunos recuerdos.

Los torneos de boxeo que organizaba en su quinta y cómo le pagaba a los trabajadores para que sus hijos pelearan conmigo y me curtieran en el arte de ser hombre; recordé a Germán, el hijo del casero que siempre me sacaba la mierda y casi se hace millonario de tanto que papá lo buscaba. ¡Tienes que tumbarlo, no puedes dejar que este negro te gane siempre!; pero aquel negro me ganaba siempre y encima papá me humillaba por cagón; o aquella tarde en las Siete Calles cuando Noelia y yo lo vimos saliendo de una tienda de carteras de la mano de otra mujer y Noelia, que a sus siete años no entendía de esas cosas, dijo “¡papá!” y mi madre nos jaló del brazo, nos llevó a ver perfumes y no sé qué historia le inventó a Noelia sobre una colega que era como su hermana. Aquel día supimos (y lo comprobamos después y varias veces) que mamá sabía todo, incluso que con la supuesta colega, papá había tenido dos hijas que además eran nuestras hermanas; ¡y cómo no iba a saberlo si lo sabía medio pueblo!

¿Y qué fue de tus hermanas?

Viven en Brasil; una de ellas, la mayor, casi de mi edad, me llamó hace tres o cuatro años porque quería conocernos a mí y a Noelia, nos citamos en un café y hubo abrazos y la cosa transcurrió más o menos bien, pero Noelia no quiso repetir la experiencia, dijo que mejor ellas allá y nosotros aquí, que seguro tramaban algo con la herencia; yo no sé mucho de esas cosas, siempre fui medio pelotudo y las hermanitas me habían parecido simpáticas; en favor de Noelia tengo que reconocer que fue la única que alguna vez le plantó cara a papá; fue en la discusión de su tesis, había hecho una linda exposición pero le dieron noventa sobre cien y mi padre le dijo que no, que no podía conformarse, que él esperaba más y que lo había decepcionado, que si uno quería ser alguien en la vida no podía ser tolerante con sus errores; Noelia le gritó y le dijo que el único que siempre había fallado y había decepcionado a todos era él; mi madre la mandó a callar y al otro día mi hermana se fue de la casa.

Otro día te cuento más, concluí y me serví café; y sí, capaz que sea odio lo que siento.

Casi al mediodía llegamos a Urubichá. Paramos en un alojamiento con paredes de adobe y techo de tejas; nos atendió un lugareño amable de nombre Máximo, pedimos una sola habitación que tenía dos camas, Jenny no se hacía problemas en compartir la suya conmigo y ahorrarse unos pesos. Acomodamos los equipajes y almorzamos bife con arroz y huevo en una pensión aledaña. La carne estaba dura y Jenny se la picó en trozos diminutos a papá. Mientras almorzábamos, Jenny llamó a Facundo, al personaje al que tenía que fotografiar. Quedaron en verse a las cuatro para ir al río y después a la Plaza. Terminamos de almorzar y mi padre se quedó dormido, el dueño le acomodó una hamaca entre los horcones del patio para que descansara; Jenny se echó un rato y yo me quedé en el patio, leyendo el periódico y vigilando a mi padre.

A la hora acordada llegó Facundo, violinista de la orquesta sinfónica del lugar. Antes, Jenny me había contado su historia: hacía tres años se había enamorado hasta las patas de un director asistente, se fue tras él a Santa Cruz, su amante no valoró su gesto y lo despreció por ser indio y por ser del campo; tuvo que regresar al pueblo pero se habían corrido rumores sobre sus amoríos y le habían puesto trabas para reintegrarse a la orquesta. Ahora trabaja en un aserradero con su padre.

No es la profesión ideal para un violinista, pero…, dijo Facundo confirmando su historia y encogiéndose de hombros.

Mi padre había despertado, así que nos fuimos al río en la camioneta. Facundo tocó un fragmento de alguna sonata para violín de Mozart. Jenny tomó fotos; de fondo, el cauce del río y el atardecer. Papá miraba a Facundo sin entender muy bien qué pasaba; me hubiese gustado creer que algún vestigio de sensibilidad se había despertado en un rincón oscuro de su estropeado cerebro.

A la vuelta visitamos la plaza y la Iglesia, Jenny tomó más fotos. Dejamos a Facundo en su casa, nos presentó a sus padres quienes nos invitaron a tomar café; rechazamos la invitación aduciendo que mi padre estaba cansado y necesitábamos reposar porque al otro día seguíamos viaje; todo era cierto.

En la mañana, después de un desayuno contundente, partimos rumbo a San Ignacio. Según Máximo, nos esperaban cuatro horas en una carretera plana y monótona: verde, ganado, pocos vehículos. La radio solo captaba estática.

Jenny sacó cuentas, llegaríamos cerca del mediodía; propuso almorzar en alguna pensión, no desempacar, hacer las fotos, regresar a final de la tarde y ahorrarnos el dinero del alojamiento; ella podía manejar si yo me sentía cansado. Jenny quería, además, ganar tiempo para preparar su viaje a la Paz. Acepté, aunque no me hacía mucha gracia manejar de noche.

Llegamos, en efecto, a las doce y diez. Paramos en un restaurante que nos pareció simpático; el dueño era un señor amable de nombre Ambrosio, de unos sesenta años. Pedimos sopa de maní y milanesas; el señor Ambrosio tomó nota, levantó la vista, se fijó en mi padre y lo reconoció.

¿Don Gonzalo?, preguntó mirándolo a los ojos.

Así es, intervine, pero no creo que entienda, ha sufrido tres isquemias.

Ambrosio adoptó una expresión sombría.

Es una pena, dijo; un héroe, gran luchador Don Gonzalo; los hombres como él deberían ser eternos, será un honor para mí atenderlos.

Jenny pidió, por favor, si era posible pasar a un baño.

Nos va a disculpar pero es que el héroe se ha cagado y necesita que le cambien los pañales.

El plan de Jenny se cumplió al detalle; después de las sopas y las milanesas descansamos y tomamos café; mi padre echó un pestañazo, se despertó y le limpiamos la baba con un pañuelo. Después fuimos a la plaza del pueblo a tomar las fotos del personaje de turno: Luisa, travesti, acusada y expulsada del pueblo por un hecho de sangre que nadie pudo probarle. Ahora, asesorada por abogados de una ONG, intentaba reinsertarse y trabajar en paz como manicure.

Mientras Jenny tomaba las fotos, mi padre permanecía tranquilo, distante, creo que disfrutaba el ambiente bucólico, quizás se transportaba a los años en que todo era simple y básico y él era don Gonzalo, gran e inmortal luchador.

Terminamos, nos despedimos de Luisa y regresamos al restaurante de Ambrosio. Comimos ligero, compramos sándwiches para el viaje, cargamos un termo con abundante café, compramos dos botellas de agua, pagamos servicio y propina y pegamos la vuelta.

Era de noche, mi padre dormía, habíamos hecho más o menos la mitad del trayecto cuando sentimos un ruido, como un reventón. Una llanta, fue lo primero que pensé. Frené de a poco, Jenny me hizo notar que salía vapor del capó. Me arrimé a la calzada, revisé el indicador de temperatura, la aguja estaba en la zona roja. Apagué el motor y bajamos del auto; abrí el capó, el radiador humeaba, pensamos en lo peor y lo peor era el motor fundido. Inmediatamente imaginé a Noelia, espiándome desde algún sitio remoto del Universo.

Para verificar si se había fundido el motor esperamos unos minutos a que bajara la temperatura; le di marcha, arrancó, el sonido parecía normal pero enseguida volvió el humo y se disparó la aguja.

No es el motor pero se jodió el radiador, fue mi diagnóstico; así no podemos seguir, se fundiría en menos de doscientos metros, me cago en mi suerte.

Pateé el parachoques con furia, Jenny pidió calma, sugirió que intentáramos llamar a algún servicio de rescate pero al sacar su celular, comprobó que no había señal.

Estamos fregados, admitió; reconozco que no fue buena idea salir hoy, lo siento.

Le dije que no importaba, pero en realidad, si importaba. No sabía dónde estábamos, no avizoraba una solución y encima estaba el asunto de mi padre. ¿Aguantaría una noche así?

En la siguiente media hora intentamos parar dos o tres vehículos que pasaron a toda velocidad sin detenerse, la oscuridad era total, era improbable que alguien nos diera una mano en esas condiciones. Deliberamos y llegamos a la conclusión de que lo mejor era pasar la noche en la ruta y en la mañana y con luz, intentar que alguien nos remolcara hasta el pueblo más cercano donde algún soldador podría hacer algo provisional con el radiador. El escenario que vivíamos no distaba mucho del peor imaginado, pero a esas alturas, ya decididos y resignados, tomábamos las cosas con calma. Encendí el motor y me arrimé hacia un claro más alejado de la carretera; comprobé que mi padre dormía, que quedaba algo de café; pude armar un porro y lo compartimos ya trepados en la cama de la camioneta.

Jenny dijo algo sobre filosofía positiva, sobre ver siempre el lado amable de las cosas.

Has vuelto a convivir con tu padre, dijo, has conocido personas, lugares, pasarás la noche a la luz de las estrellas, problema tuyo si no le sacas provecho a la experiencia y te dejas vencer por su escepticismo.

Le hice saber lo que pensaba de su charla: que tenía un tufillo a Coello; me mandó a la mierda. Miré el cielo, recordé nuestra charla inconclusa.

Por fin, ¿quieres saber dónde ocurrió el Big Bang?, pregunté

En realidad no, menos hoy y en estas condiciones, tampoco sé para qué serviría.

Para saber dónde empezó todo, dónde fue que se rompió el vínculo primario y nos fuimos a la mierda, ese cacareado punto de no retorno.

Listo, todo muy lindo Coello, pero si no recuerdo mal, dijiste que no había un dónde ni un cuándo.

Así es, nunca hubo un “antes”; el Big Bang lo explica todo menos el Big Bang, explica todo a partir del primer segundo de existencia del Universo, cómo al principio éramos todo simplicidad y después chocamos, crecimos, fuimos átomos, moléculas, genes, la vida; y ahora somos cuerpos volando en busca de esa estabilidad ancestral, pero en efecto, antes no hubo nada, exactamente la nada, sería como el fin de la historia pero hacia atrás, ¿entiendes?

Entiendo.

Fumamos un poco, contemplamos en silencio el firmamento, millones de estrellas en un cielo sin nubes. Minutos después dormíamos.

Desperté con la luz del dia y el sonido de un motor. Busqué a mi lado, vi que estaba solo; me incorporé y comprobé que el sonido era el de la camioneta. Jenny descendió sonriente por la puerta del chofer.

Listo, dijo, arreglado.

Bajé de la cama y me acerqué. El capó seguía abierto, Jenny me mostró su trabajo: había detectado que la fuga no era en el radiador si no en la manguera que salía hacia el motor, estaba podrida en la punta y había reventado; con un cuchillo había cortado el tramo dañado y había vuelto a empalmarla con un pedazo de alambre que encontró. Luego echó en el radiador el agua que habíamos comprado, dio marcha, todo bien.

Es una solución temporal, nos servirá para continuar, hay que monitorear el indicador de temperatura, vigilar que no se dispare y sobre todo, cargar agua cada vez que podamos.

Entré a la camioneta, chequeé la pizarra, la temperatura se mantenía estable; le agradecí a Jenny.

Mi padre ya había despertado, al verme se puso inquieto y comenzó a decir cosas en algún dialecto desconocido.

Hay que cambiarlo y darle su desayuno, comenté al bajar de la camioneta.

Proceda, buen hijo, proceda, que ya yo hice mi parte, dijo Jenny y se cagó de risa.

Llegamos a Santa Cruz pasada las seis; fui a dejar a Jenny que al otro dia viajaba a La Paz. Nos despedimos, le agradecí por la compañía y ella por el transporte. Antes de bajar le lanzó un beso a mi padre, le deseo que estuviera bien y le acarició la calva.

Arranqué y busqué otra vez la avenida; cambié de emisora, quería algo lento, relajarme. Paré en un semáforo y aproveché la luz roja para revisar mi celular; había agarrado señal y habían entrado varios mensajes, uno de ellos de Noelia; preguntaba por papá y anunciaba que en dos días llegaba. Miré a papá a través del retrovisor, lucía concentrado en el paisaje urbano, me costaba ver al otrora dominante Don Gonzalo como la imagen del desamparo.

Papá está bien, le escribí de vuelta a Noelia.

Me vino a la mente, quien sabe por qué, la última Navidad antes de que se marchara al exilio. Aquella noche papá, poco dado a las muestras de afecto, me apartó y me sentó sobre sus piernas.

Mañana me voy de viaje, dijo; vendrán tiempos duros, pero pase lo que pase, no debes perder la capacidad de pensar en grande, pensar en chico es de maricas.

“Toma”, dijo después y me entregó personalmente mi regalo. Sentía su aliento a alcohol, creo que estaba borracho y lucia triste; no era común verlo así. Rompió el papel de regalo, abrió la caja y se dio tiempo de encender otro cigarro mientras yo, confundido, contemplada el contenido.

Sácalo, ordenó.

Le hice caso; saqué el artefacto; era un telescopio portátil marca Celestron, tipo travel scope, negro, de patas grises que aún conservo. Aquella noche le quise dar las gracias pero no me salió; al rato él se fue y volví a quedar solo.

El semáforo se puso en verde, pisé el acelerador hasta que el velocímetro llegó al sesenta y ahí lo dejé; caía la noche en la ciudad y yo no tenía apuro en llegar, nadie me esperaba; solo la rutina y un porro en la sala y un cierto calorcito hogareño que siempre estaba ahí.

Ya lo peor pasó, pensé; ya nada puede fallar.

¿Dónde ocurrió el Big Bang? obtuvo una mención en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar este año.

LITERATURA: La isla trasnochada

Por: Fernando Molina

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“La isla trasnochada” –firmada “Belisario Flores”, heterónimo compartido por los escritores paceños Diego Loayza y Mario Murillo– comienza siendo una “etnografía” de ese grupo supuestamente rico, supuestamente “decente” y supuestamente educado que solemos llamar el “jailonerío”: la clase alta de La Paz. Una “etnografía” es una crónica de los comportamientos observados en un grupo social, con el propósito de revelar sus costumbres, valores y el sentido que le dan al mundo. En este caso, sin embargo, no se trata de analizar a los jailones, sino de escarnecerlos.

Inserta en una tradición…

Sí, de mostrar su desubicación en el país, su condición “trasnochada” respecto a los cambios que se producen entre nosotros, su racismo, su alienación que sustituye en sus corazones lo boliviano por todo lo que huela a Estados Unidos y Europa, y también su banalidad, su alcoholismo, su decadencia moral. En suma, su falsedad de clase dominante que no domina, de clase rica que es miserable, de casta superior que está mezclada racialmente y, en fin, de fuerza antiboliviana que no podría ser más criolla en su provincianismo y su dependencia de la fuerza de trabajo indígena.

En este sentido, la novela sigue una senda largamente transitada por el arte boliviano, sobre todo por los autores de izquierda (¿qué son “La Chaskañawi” de Medinaceli o “Metal del diablo” de Céspedes si no retratos más o menos realistas o más o menos expresionistas –deformados– de las clases “superiores”?); pero que también ha acogido a escritores más difíciles de alinear políticamente (Hasbún o Colanzi, por ejemplo). La peculiaridad de este caso consiste en el encarnizamiento de la crítica y en la amplitud de la mirada, la cual no se limita a escrutar en unos cuantos personajes como representantes del todo y en cambio presenta al todo en desmedro de los personajes. Es decir, es más etnografía que novela…

Una triste clase social…

El grupo más selecto de los jailones, asustados por las crisis política causada por la insurgencia de los “indios” y autosugestionado por su racismo y por su confianza en las costumbres y los modos de vivir gringos, deciden encerrarse en un Ultra Centro, un mall que no hay que ser un lince para identificar con el Mega Center, y esperar allí, bien pertrechados y aprovisionados, a que los rescaten los equipos aerotransportados de Do iT, una organización internacional que combina la ideología de extrema derecha con la filosofía de la asertividad que hoy está de moda. Su gran temor es, como dije, la invasión de los indios. Su gran deseo: eliminar todo lo “cholo” de sus vidas, es decir, todo vestigio de la existencia de indios en Bolivia, y terminar sus días en Estados Unidos. Su gran ocupación: “chupar”, comer y tener sexo. Su gran malestar: el chaki. Su gran rasgo de distinción: la tecnología y la plata (la tecnología que la plata puede comprar). Su gran preocupación: el qué dirán. Su verdadera moral: distraída, en especial en lo relativo a la corrupción y entre los miembros de las nuevas generaciones, que la novela pinta como unos hedonistas sin oficio ni beneficio. Su ideología: fascista, pero de unos fascistas muertos de miedo. Su estructura: muy diversa, porque el “jailón” no es una categoría muy clara: para serlo a veces no basta no ser indio ni cholo, a veces se necesita, además, plata, ser súper-racista… en fin.

¡Salud!

Estamos, claro está, ante una caricatura, pero usted será quien juzgue en qué medida la misma resulta realista o no. En todo caso, hasta aquí, mientras esboza esta caricatura, la novela posee su mayor interés y atractivo: el lector sagaz puede reír largamente identificando a la gente real y a los actos reales que representan los estereotipos novelescos. (Por cierto, algunos personajes famosos aparecen apenas camuflados).

Hay que decir que la fauna jailona se presenta en especial en su momento de mayor brillo y de mayor bochorno, que es el de la fiesta y la farra, ventana que los autores de la novela prefieren a cualquier otra de acceso a la intimidad de la clase que pretenden biografiar. Al punto que “La isla trasnochada” puede clasificarse como otra que engrosa esa fuerte rama de nuestra literatura que es la narración de borracheras.

Máxima diversión, entonces, mientras se presenta a los estereotipos: Janvier, el guapo maduro que vende ilusiones y que las mujeres adoran; Edwin y Dorita, la pareja de medio pelo que debe pretender una situación económica que no tiene; Reni y Maurice, los hijitos de mamá; Sole, la jailona implacable que usa, en pro de su familia y su propio predominio, todos los métodos que se les critica a los “cholos”; Von Landwust, el expresidente facundo pero lanudo; las damas de buen ver en busca de un mejor casar; etc. También, y no menos estereotipados, los chicos “Lozano”, cuyo apellido lo dice todo: se revelarán como lo mejorcito de la tribu.

Tenemos problemas, Houston…

Cuando todos ellos ya están metidos en el mall, interactuando, se plantea el gran problema de esta narración: ¿qué hacer con ellos?, ¿hacia dónde conducirlos?

Aquí la novela pasa de la etnografía sarcástica y ejemplar a parecerse a alguna de esas películas distópicas, con el apocalipsis como horizonte final. Sin dejar de beber, drogarse y enrollarse los unos con los otros, los jailones se enemistan, se dividen en dos grupos, los malos y los algo mejores y se meten en una situación turbulenta y descontrolada que sin embargo nadie parece poder resolver abandonando el proyecto Do iT (lo que resulta inverosímil); en cambio se hacen múltiples ofensas mutuas, se derrumban moralmente, en fin, se convierten en ratones de laboratorio zaheridos y sometidos a múltiples experimentos por la imaginación maliciosa y a ratos escatológica de los autores de la novela. Esta parte ya no es tan divertida y a veces resulta tan solo morosa y absurda. Como en todo texto con moraleja, los eventos no se sostiene en lo que deben (los motivos de los personajes) sino en el propósito de los autores, en su transparente intención ideológica-moral.

Conclusión con apuesta

Son los personajes, en efecto, cobayos; están allí para probar un punto y no para vivir su propia vida. Sin embargo, las múltiples vicisitudes por las que les hace pasar son ingeniosas y fluidas, lo que impide que el aburrimiento venza al lector, que así no debiera tener grandes problemas para llegar al gran final de acción y con efectos especiales.

Como en obvio, Diego Loayza y Mario Murillo no carecen de atrevimiento. Tampoco de talento, aunque el suyo sea más uno de tipo conceptual y paródico que estilístico. No están cortos de humor y son notables su vista y sus oído de observadores (muchos de sus skeches y diálogos son excelentes testimonios de costumbres). Sin embargo, esta novela, “La isla trasnochada”, seguramente quedará primero en los anales de la denuncia política, y como un documento sociológico sobre esta época, que en el registro del arte como tal.

POESÍA/MÚSICA: Mañana de domingo

Por: José Andrés Sánchez

Sunday Morning-Adaptación ilustrada de Sean Robinson
Sunday Morning-Adaptación ilustrada de Sean Robinson

En 1944 los escritores Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares tradujeron un poema del inglés al español. El trabajo se publicó en la revista bonaerense Sur. El título del escrito es ‘Mañana de domingo’ y fue creación del norteamericano Wallace Stevens.

Se trata de un poema dividido en ocho secciones. Los protagonistas son un hombre y una mujer que se debaten entre el placer de una plácida mañana y las elucubraciones filosóficas acerca de la muerte y el sentido de la vida.

Las paradojas mentales que nos trae un tiempo de sosiego.

El poema inicia con las siguiente frases:

Complacencias del batón, y tardío / Café y naranjas en una silla al sol, / Y la verde libertad de un papagayo, / Se mezclan en una alfombra para disipar / El sagrado silencio de los sacrificios antiguos.

‘Mañana de domingo’ fue publicado en 1915 en el primer libro de Wallace, titulado ‘Harmonium’. Dentro del cánon norteamericano es considerado uno de los más grandes poemas del siglo XX. Sin duda es un enorme texto de contemplación.

Y las mañanas de domingo continuaron su papel de musa artística.

En 1977 el ritmo del Motown causaba furor en las discotecas. Los grupos de afroamericanos, con sus enormes peinados y pantalones campana, inundaban las señales de radio y hacían brillar las pantallas de los televisores a color. Uno de estos grupos era The Commodores. Su líder en el piano, voz y composición, era Lionel Richie, un hombre negro de sonrisa amplia, dientes blancos y optimismo desbordante. Sólo alguien así podía escribir una canción como ‘Easy’.

El tema es una balada con ritmos de country y piano de salón. Habla de un hombre que deja a una mujer. Pero él no está devastado. Todo lo contrario. Se siente ‘tan simple como un domingo a la mañana’. Al explicar la historia, Richie señaló que deseaba evocar ‘la muerte del día en un pequeño pueblo sureño a las once de la noche’.

Nuevamente un hombre y una mujer y un domingo a la mañana en paz.

Quince años más tarde una banda llamada Faith No More se adueñó de esta canción. Eran los tiempos en los que la música popular se debatía entre Whitney Houston y Guns n Roses y detrás de ellos aparecía la amenaza del grunge.

Faith No More no pertenecía a ninguno de estos grupos de artistas. Se formaron en California en 1978 y conjugaron un estilo que mezclaba Hevy Metal, funk y baladas. Hacia principios de los 90 cerraban sus conciertos con una versión del tema de los Commodores. Sus fans quedaban sorprendidos. Después de una avalancha de rock el cantante Mike Patton les acariciaba los oídos con una balada Motown. ¡Ah, los hermosos 90!

¿Por qué ese amor por la canción de los Commodores? El bajista de la banda lo explicó de la siguiente manera: “Nos gusta ‘Easy’ de una forma dolorosa. Nos recuerda la niñez’.

Nuevamente una mañana de domingo y el dolor de la existencia dentro de una balada sureña.

El poema de Stevens cierra con las siguientes frases:

Las dulces frutillas maduran en la soledad; / Y, en el aislamiento del cielo, / Al atardecer, bandadas casuales de palomas trazan / Ambiguas ondulaciones cuando descienden / Hacia la oscuridad, con extendidas alas.

Y así, mientras el hombre y la mujer se debaten entre pensamientos trágicos y sensuales, la naturaleza avanza, dentro de una canción, en una mañana de domingo en el sur de norteamerica.

Wallace es considerado unos de los poetas más importantes del siglo pasado. No es poca cosa que Borges lo haya traducido. Ambos tenían en común una fascinación mágica con la imaginación. Alguna vez Borges dijo que si él ‘no tuviese memoria, no podría imaginar’. Lo mismo pensaba Stevens, que en un momento escribió que ‘la realidad es producto de la imaginación… y así se forma el mundo’... un domingo a la mañana, contemplando la naturaleza, mirando sombras negras que vuelan por lo bajo.

LITERATURA: El año del pensamiento mágico (Joan Didion)

Algunas veces lo hemos comentado: la pérdida es para lo que nunca se está realmente preparado.

En ese triste universo que es la literatura del duelo, Joan Didion ha conseguido crear una obra que está sustentada en pérdidas, en llanto y en el “show must go on“.

Leí El Año del Pensamiento Mágico hace unos meses, no podía creer la enormidad de la fortaleza que tuvo la autora.

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En un momento estaba casada con el amor de su vida y su compañero en casi todos los aspectos, tenía una hija (Quintana)  casada también, viviendo sus propias experiencias, y de pronto, Quintana enferma.

Su única hija sufre una enfermedad que parecía de rutina pero que fue empeorando.

Mientras la hija estaba en el hospital, el marido muere de un ataque sorpresivo, en plena cena, delante de ella.

A los meses, la hija, aparentemente recuperada, sigue al padre y Joan Didion se queda sola con sus fantasmas.

El relato que hace esta escritora americana es desgarrador, la vida cambia en un instante dice, el día que pasan cosas malas suele ser descrito como un día normal, donde las personas afectadas hicieron su rutina, donde nadie imaginaba que sí, que iban a pasar cosas malas.

Ella, como periodista, comentaba que cuando entrevistó a gente que sobrevivía a un terremoto, a un huracán, a la caída de las torres gemelas, la descripción sonaba igual:

era un día como cualquier otro

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Y el libro se titula como se titula porque cuando somos niños (a veces hasta en adultos) hay algo llamado el pensamiento mágico, esa capacidad de pensar que todo se va a arreglar por arte de magia, que si rompiste un jarrón se volverá a unir o nadie se dará cuenta, que si nuestros padres se separan en el fondo siguen enamorados y se juntarán cualquier rato, o que uno tiene un poder sobrenatural para que las cosas, buenas o malas, sucedan, son ideas que escapan al raciocinio, a la aceptación de la realidad.

El libro de Joan nos cuenta cómo fue su año del pensamiento mágico, cómo tuvo que adaptarse a la pérdida, cómo aprendió a vivir con ella.

Hay un momento, casi al final, donde el duelo está tan maduro que escribe:

Sé por qué intentamos mantener vivos a los muertos: intentamos mantenerlos vivos para que sigan con nosotros.

También sé que si hemos de continuar viviendo llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos.

Dejarlos que se conviertan en la fotografía de la mesa.

Soltarlos en el agua. El saberlo no me hace más fácil tener que soltarlo en el agua.

De hecho, la constatación de que nuestra vida en común irá poco a poco dejando de ser el centro de mi vida cotidiana, me pareció hoy, en Lexington Avenue, una traición tan clara que perdí la noción del curso del tráfico.

Hoy, la magnífica Joan tiene 80 años, 13 han pasado desde que perdió a su esposo y a su hija. Ella continúa siendo la gran periodista, ensayista, pensadora que siempre fue.

Lean El Año del Pensamiento Mágico, un libro tan hermoso como la foto familiar de la querida Joan.

Link para descargar el PDF: El año del pensamiento mágico

Mónica Heinrich V.

Si  ya lo leíste, puntúa el libro!

LITERATURA: El Ruletista (Mircea Cărtărescu)

9788415130048

Concede el consuelo de Israel

A uno que tiene ochenta años y no tiene mañana

Así comienza este impactante relato del rumano Mircea Cărtărescu.

Cărtărescu, a sus 59 años, ha probado con creces ser un escritor imprescindible. Su prosa es oscura, lírica, y a ratos, espantosamente agobiante.

El Ruletista es parte de ese deslumbrante libro llamado Nostalgia.

Una narración tan seca y fría como la bala que todo el tiempo amenaza la vida del autodestructivo protagonista.

No se olvida, es de esas historias que se te queda encima como un pesado fardo, un fardo pestilente y doloroso.

Pocas imágenes mentales tan fascinantes/perturbadoras como El Ruletista con sus harapos en medio de su acto ante un público sumergido en el abismo del morbo.

Los invito a ser parte de ese morbo, no se arrepentirán. A continuación el link:

Mircea-Cartarescu-El-Ruletista

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