LOST IN CONTEMPLATION OF WORLD

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LITERATURA: Sueños de trenes (Denis Johnson)

Ningún hombre es una isla… excepto que algunos sí lo son

Por: José Andrés Sánchez

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Sueños de Trenes’, de Denis Johnson, parece una historia muy simple. De hecho, su lectura es sencilla. Transcurre y fluye. No obstante, tal como sucede con muchas grandes novelas, habla de cosas que jamás menciona. En apenas un centenar de páginas.

Una breve sinopsis resumiría la trama en lo siguiente: Un hombre (Robert Grainier) sufre una tragedia. Tras ella se convierte en hermitaño hasta el día de su muerte.

Sí, no es más que eso (en apariencia).

La novela habla acerca de la soledad y la enmarca en sueños y alucinaciones que el autor no se molesta en aclarar si son ciertos o falsos.

Grainier es un hombre sencillo. Un jornalero que pasa sus días en la construcción de las vías del tren a principios del siglo XX en el Oeste norteamericano. Mucho se ha escrito acerca de este tema. El progreso y la sangre que trae, el papel del hombre común en el desarrollo de una nación, la inhóspita y desgraciada vida de los miserables que sudan en el servicio del comercio.

Es un tema recurrente en la narrativa, por lo tanto la riqueza de un trabajo de este tipo deberá residir en la mano del autor.

La prosa de Johnson es poética. A la vez que no pierde el tiempo en detalles, logra no sólo reflejar el olfato de la vida en el Oeste y sus múltiples personajes (un indio alcohólico, una perra solitaria, una chica-lobo, un chino que podría ser brujo) sino que nos embulle en la historia, nos lleva de la mano, guiados por un lenguaje que, a primera vista parece austero, pero se eleva con imágenes literarias destacables.

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Mientras caminaba de regreso a casa bajo la oscuridad creciente, Grainier tuvo la sensación de que se iba topando con el chino por todas partes. El chino en el camino. El chino en el bosque. El chino caminando con pasos suaves, con las manos colgándole de unos brazos que parecían sogas. El chino saliendo con movimientos danzarines del arroyo, como si fuera una araña.

Es una prosa sencilla, pero adecuada para la trama que se narra. No se trata sólo de la historia de un hombre, que de por sí es ya una empresa literaria épica, sino de la ambientación de un momento histórico. Son los años en los que el sueño industrializador se enfrentó al sueño del individuo, en los que las visiones de desarrollo sirvieron como excusa para utilizar la ‘mano de obra’ de pueblos y trabajadores. Esta es la historia de un alma que se vacía mientras a su alrededor la comunidad se llena de progreso.

Por lo tanto, el final de la vida de Greiner sucede en el olvido, como los rostros y apellidos de los héroes que construyen una nación.

Casi todo el mundo de la región conocía a Robert Grainier, pero al fallecer mientras dormía, en algún momento de noviembre de 1968, se quedó muerto en su cabaña durante el resto del otoño, y todo el invierno, y nadie lo echó en falta para nada. Un par de excursionistas hallaron su cadáver en la primavera. Al día siguiente los dos regresaron con un médico, que extendió el certificado de defunción y, turnándose con una pala que encontraron apoyada en la cabaña, los tres cavaron un hoyo en el jardín que es donde yace.

La soledad de Grainier me recuerda al poema de Jhon Donne y pienso que sí, ningún hombre es una isla, todos somos parte de un continente, aunque el anonimato y las tragedias nos lleven a revivir sucesos del pasado una y otra vez, dentro de una pequeña cabaña de madera, al lado de una perra maloliente mientras escuchamos los trenes sobre las rieles y los fantasmas nos visitan durante sueños.

Podés descargar el libro en PDF: Suenos de trenes – Denis Johnson

LITERATURA: Libertad (Jonathan Franzen)

¿Qué es Libertad?

Por: José Andrés Sánchez

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Suelo prestar bastante atención en clases, pero ese día en particular no dejaba de mirar el vaivén de las palmeras en el patio de la universidad. La catedrática explicaba los fundamentos de la Teoría de Sistemas y la inter relación de sus componentes. Era una mujer alta y delgada, con una voz potente y movimientos extravagantes. Lanzaba algunas preguntas al aula, escribía sobre el pizarrón, los compañeros respondían, yo miraba las palmeras. Sobre mi pupitre tenía una hoja en la que había anotado algunas ideas de la clase. En mi mano izquierda estaba el bolígrafo. Delgado, celeste, masticado. No puedo decir que mi mente estaba en otro lado. Sencillamente no estaba. Cuando bajé la mirada para observar el papel vi lo que mi mano y el bolígrafo habían dibujado: un círculo oscuro y profundo, del tamaño de un ojo.

‘Creo que estoy deprimido’, pensé.

Aquella mañana, antes de salir de casa, terminé de leer ‘Libertad’, de Jonathan Franzen.

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Mi primer acercamiento a este autor se produjo el año pasado al leer ‘Pureza’, su más reciente novela. En ella narra la historia de ‘Pip’ Tyler, una joven norteamericana altamente educada y proveniente de una familia disfuncional. La novela tiene de todo: enamoramientos no correspondidos, encuentros sexuales, dramas familiares, traiciones, secretos profundos, conflictos políticos, espionaje virtual e incluso un asesinato. Además, como bonus-track, una sección muy importante de la historia transcurre en Refugio Los Volcanes, el Hotel Cortez y la avenida Monseñor Rivero, acá mismo en Santa Cruz de la Sierra. Aparte de todo lo mencionado, descubrí en Franzen a un escritor con una prosa poderosa, seguro de sí mismo y con una gran capacidad para explorar las vidas y motivaciones psicológicas de sus personajes. Fueron alrededor de 600 páginas entretenidas, pero no mucho más.

Esa novela, sin embargo, no me preparó para el volcán de emociones que me trajo ‘Libertad’.

Libertad’ narra la historia de los Berglund, una familia tipo del Medio Oeste norteamericano. Liberales, blancos, educados y competitivos, Walter y Patty Berglund son la postal del sueño americano post 11 de septiembre. Tienen dos hijos, Jessica y Joey, una casa propia, él es un trabajador dedicado y vecino amable, ella un ama de casa pendiente de sus retoños. También es importante la figura de Richard Katz, el mejor amigo de Walter, un músico punk y misógino profesional. Hasta ahí todo bien, excepto que muy por debajo, en lo profundo de cada uno de estos seres, se cocinan emociones, recuerdos y frustraciones con las que todos nos podemos relacionar. Nos detalla el fracaso y la destrucción de una familia.

Franzen relata una historia, es cierto, pero el tema central del libro no se encuentra en lo que los Berglund hacen y dicen. Él es un tipo de novelista que usa a sus personajes y los coloca en diferentes conflictos para transmitir ‘sus ideas’. Allí está la fuerza de ‘Libertad’. Las ideas que Franzen nos pone sobre el tapete no son simples: la emancipación tiene un alto costo, solemos herir a quienes más nos aman, elegimos un camino pero siempre tendremos presente el otro no recorrido, añoraremos aquello que no podemos tener, la traición ocurre dentro de las familias y la única certeza es que todos nosotros, algún día y sin remedio, moriremos.

¿Qué debo relegar y a quienes debo destruir para alcanzar mi libertad? ¿Cuánto debo restringirme? ¿Existen los límites a la emancipación? ¿Deseo la libertad de elegir?

En las manos de un escritor ingenuo la transcripción de estas ideas sobre el papel sería un fracaso seguro. Franzen es una de las excepciones.

En el juego de las comparaciones entre esta novela y ‘Pureza’, la prosa de Franzen es mucho más potente en ‘Libertad’. El libro tiene pasajes literarios poéticos y sutiles.

Existe una tristeza peligrosa en los primeros sonidos del trabajo de una persona por la mañana; es como si la quietud experimentara dolor al verse interrumpida. El primer minuto de la jornada laboral recuerda todos los demás minutos de que se compone el día, y nunca es bueno pensar en los minutos como unidades individuales.

Sospecho que todos tenemos esa sensación al despertar cada mañana.

Tal vez la gran crítica a Franzen sea precisamente su prosa. La voz potente del autor se inmiscuye en los hechos y (como me lo mencionó una amiga mientras hablábamos de él) sentimos que Franzen no relata una historia, sino que nos la grita al oído. Es como si lo tuviéramos sobre nuestros hombros, diciéndonos constantemente: ‘esto es importante’. No es, ni por lejos, un autor incógnito. Él quiere hacernos saber que ‘esa’ es ‘su historia’ y que las ‘cosas’ que los personajes ‘dicen’ y ‘hacen’ las ‘hacen’ porque a Franzen le da la gana. En otras palabras, si lo que buscas es una novela delicada con un narrador casi invisible, este no es tu tipo.

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Por este motivo es que el libro tiene algunos pasajes que son francamente aburridos y hasta discursivos. Por ejemplo: los pensamientos de Walter acerca de la pureza de la vida natural, las charlas y explicaciones sobre las fundaciones de conservación de la naturaleza, el ‘fracking’ y la explotación de minerales, las posiciones políticas de los personajes respecto a Bush y la invasión a Irak.

A pesar de estas observaciones ‘Libertad’ es una obra trascendental creada por un escritor con maestría y seguridad. Sólo basta recordar la inolvidable escena en la que Walter pierde los estribos en medio de una importante presentación o la corta pero significativa frase final del libro para rendirnos ante la maestría del oficio de este escritor. La minuciosidad de Franzen al dar vida a sus personajes, las situaciones dramáticas en los que los coloca, los pensamientos de cada uno de ellos tienen un motivo. Franzen quería escribir una historia emotiva que alcance a la mayor cantidad de público posible. Lo logró.

Todo esto estaba dentro del hoyo que dibujé en clases. Las ansiedades, el terror frente al futuro, las decepciones por los errores del pasado, las heridas que causamos para alcanzar todo lo que deseamos. Tantos arrepentimientos e incógnitas. Cuando la catedrática me sacó de mis pensamientos con una pregunta acerca de la Teoría de Sistemas tuve el impulso de responderle: ‘¿Cuál es el propósito?’ Elegí no hacerlo y sólo dije: ‘No sé la respuesta’.

EXTRAS

Si querés leerlo descárgalo AQUÍ: Libertad – Jonathan Franzen PDF

Léelo online: https://www.yumpu.com/es/document/view/55769429/libertad-jonathan-franzen

CUENTO: ¿Dónde ocurrió el Big Bang?

Por: Alejandro Suárez

Ocurrió, pero no hay un lugar, tampoco hay un momento, solo sucedió; la explosión creó el espacio y el tiempo y por tanto, ¿qué había antes?; ¿sabes qué contestaba San Agustín cuando le preguntaban qué había antes de la Creación?, que Dios preparaba el infierno para los que hacían ese tipo de preguntas.

Acompañábamos el cabernet con maní japonés, antes habíamos fumado porros y habíamos visto en Netflix el primer capítulo de la nueva versión de Cosmos y yo me había colgado con todas aquellas elucubraciones estelares que a mí me excitaban y a Jenny no le movían un pelo.

Hay algo que no he dicho: Jenny es fotógrafa, católica, lesbiana y comprometida con la causa de los homosexuales; yo soy corredor de bienes raíces, adicto al sexo, algo misógino y totalmente agnóstico. ¿Qué nos une? Una vez le hice a Jenny esa misma pregunta.

Eres un océano de conocimientos inútiles, eso me gusta, confesó; te haría el amor a veces, pero no eres mi tipo.

Yo también le había hecho algunas confesiones: cuando estoy solo y bajoneado hablo contigo, en mi mente, eso me calma.

¿Una interlocutora ideal y omnipresente? ¿Algo así?

Algo así.

Sonó el timbre, nos miramos.

¿Esperas a alguien?, preguntó Jenny

Negué con la cabeza, me levanté y fui hasta la puerta. Abrí y era Noelia.

Hola Noelia, dije.

Hola, contestó Noelia y pasó.

Jenny bajó los pies de la mesa; las presenté.

Jenny, ella es mi hermana.

Hola, dijo Jenny; Noelia no dijo nada y tampoco se sentó; fue hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua.

El olor a porro mata, te voy contando, dijo al regresar de la cocina; comenzaba a impacientarme. Hasta que por fin se sentó y sin pudor agarró un puñado de maníes japoneses.

Supongo que quieras saber por qué estoy aquí, dijo.

Sería bueno, contesté.

Contó que había decidido aceptar una oferta de trabajo, sería gerente de una franquicia limeña tipo fast food, ceviches y demás delicatesen de la comida peruana; la empresa la mandaba una semana a Lima para una capacitación; había planificado para que la niña se quedara con su padre.

La felicité por el nuevo trabajo y pregunté lo que quería preguntar desde que escuché lo de la semana en Lima: ¿Y papá?

Ella me miró, terminó de tragar un maní. “Y papá”, afirmó como quien toca un asunto evidente.

Pasaron segundos de silencio tenso; al cabo Noelia miró a Jenny como si fuera una vieja conocida. ¿Sabías que tu amigo, tu novio, tu amante o lo que sea, rechaza hacerse cargo de su padre?, le preguntó.

Jenny comenzó a incorporarse y anunció que se iba; Noelia dijo que no era necesario, que ella se iría primero, solo quería saber si podía contar conmigo o le iba a dar la espalda, como siempre. Ahí discutimos, la llamé desubicada, me dijo que prefería ser desubicada a ser cómoda y egoísta, luego ventiló viejos trapos; Jenny repitió que se iba y en efecto, se fue.

No era necesario todo esto, le dije a Noelia.

La mitad de las cosas que hacemos son innecesarias, contestó.

Listo, ¿qué carajo quieres?

Que te hagas cargo de nuestro padre, por una semana, ¿es mucho pedir?

Acepté; era eso o seguir y seguir y arruinar lo poco que quedaba de noche.

Me voy, estoy apurada, dijo, se levantó y fue hasta la puerta; mañana vengo, al caer la tarde, con papá.

Quedé solo, sentado en el sofá y haciendo zapping; me detuve en la noticia de un sicópata que ametralló a los espectadores que asistían al último estreno de la saga Batman en un cine de Colorado. Un policía informaba que eran doce los muertos; hasta ahora. Busqué la yerba y armé un porro y lo prendí; luego apagué la tele. Fumé pensando en que el mundo era un lugar hostil y no había mucho que hacer al respecto.

El viernes en la noche llamó mi hermana para anunciarme que estaba en camino. Llegó a la media hora. Cargaba dos bolsos deportivos grandes; a su lado, disminuido, avejentado, pero sin dar la impresión de ser un enfermo terminal, estaba papá. Por su mirada, parecía estar con un pie en la realidad y otro en algún planeta lejano. Lo saludé con una fórmula neutra del tipo “¡Hola, cuánto tiempo!”; no contestó. Noelia lanzó los bolsos en el piso, tomó a papá del brazo y lo condujo hasta el sofá; caminaba bien aunque parecía avanzar solo si su hija lo empujaba.

Creo que se da cuenta de que ésta no es su casa, dijo Noelia.

Y bueno, tan mal no está si se da cuenta; ¿algo más que tenga que saber?, pregunté.

¿Algo de…? preguntó Noelia.

De papá, algo a tener en cuenta, que le haya pasado últimamente…

Tú “últimamente” son dos años, ¿sabías?

No empieces, quiero hacer las cosas bien y que todo fluya.

Y que yo regrese rápido del viaje, me lo lleve y no te joda más la vida.

Lo que quieras.

Noelia me explicó (volando porque estoy contrarreloj) que a papá le gustaba que lo bañaran y lo cambiaran temprano en la mañana; se baña sentado, mejor si te buscas una silla plástica; come bien y cualquier cosa siempre que no sea carne dura o trozos muy grandes, da igual si es pollo o carne o pescado, sin mucha grasa; no abusar del dulce porque se le dispara el azúcar; no abusar de las pastas porque se estriñe; puede dormir solo pero mejor si pones almohadas y frazadas en el piso, a un costado de la cama; en los dos bolsos hay ropa, pijama, calzoncillos y medias y en el bolso azul hay un neceser con sus medicinas, suplementos vitamínicos, pastillas para la presión y la irrigación sanguínea, también las indicaciones sobre cómo tomarlas; en el bolso gris están los pañales.

¿Pañales?, pregunté.

Noelia me miró y soltó una risita molesta. Créeme, los vas a necesitar, dijo.

Luego se despidió y se fue; insistió con que estaba apurada.

Te veo en una semana, dijo al salir.

Encendí el televisor.

¿Noticias o documentales?, le pregunté a papá.

No contestó, ni siquiera me miró. Hice zapping atento a sus reacciones, detecté un sutil gesto de interés al pasar por un programa mexicano de lucha libre y ahí quedó la sintonía. Me miró como quien pide explicación cuando un gordo de melena y bigote cayó, cual bolsa de papas, sobre el ring.

¿Qué tal?, pregunté.

Vos querés fregar a la Falange, contestó.

Luego volvió a concentrarse en el gordo que se incorporaba y volvía a dar pelea.

Así fueron, detalles más, detalles menos, los primeros minutos de convivencia con lo que quedaba de mi padre.

Me levanté y fui al que debía ser su cuarto que era en realidad mi cuarto de visitas; en la tarde lo había barrido y había liberado la cama de ropas, trastos y libros. Tal y como me orientara Noelia, lance frazadas, almohadas y edredones a suelo que rodeaba la cama. Volví a la sala y cambié de canal, no encontré nada interesante para mí, le pregunté a mi padre si quería dormir; como no respondió lo alcé del brazo, se dejó hacer.

Lo eché en la cama; quedó mirando el techo, tranquilo, su respiración era pausada; reparé en su ropa y en que no era la más adecuada para dormir pero ya no había marcha atrás. Mañana será otro día, pensé.

Volví a la sala, prendí un porro, me colgué con el Precio de la Historia.

Desperté, vi que era de día y volví a cerrar los ojos mientras mi cerebro vacío se llenaba de pensamientos inconexos. Al rato escuché algo (o imaginé escucharlo, nunca sabré) y recordé de golpe que papá estaba en casa. Corrí a su cuarto, lo encontré sentado y sin ropa en una esquina del colchón; se había sacado el pijama, lo había envuelto con la sábana y los había lanzado al suelo, a un costado de la cama sobre uno de los almohadones de protección. Respiré un fuerte olor a orine y vi una gran marca de humedad en el centro del colchón. Cerré los ojos con fuerza, tomé aire, recordé a Noelia y su referencia a los pañales, la imaginé riendo.

Me acerqué, con autoridad le pedí que se levantara y sin esperar su reacción, lo tomé de la mano y jalé para que se incorporara. A su ritmo fuimos al baño, hice que entrara a la ducha y cuando lo vi de pie, bajo la regadera, recordé que Noelia había dicho que se bañaba sentado. No me pareció prudente regresar por una silla y dejarlo parado y arriesgarme a que intentara moverse y tropezara y se cayera. Lo perfecto es enemigo de lo bueno, me dije; luego abrí el grifo. El chorro de agua fría golpeó su abdomen, me agarró fuerte de una mano hasta que el calefón se activó y pude graduar una temperatura agradable; esto hizo que se relajara y me permitiera enjabonar su cuerpo, incluido el pellejo colgando entre vellos tristes que alguna vez fue su temible pene.

Terminé el baño, lo senté en el inodoro y corrí por un pijama limpio, calzoncillos y pañales.

¿Cuándo nos vamos a Sucre?, preguntó al verme de vuelta.

Mañana, contesté de mal humor.

Comencé a vestirlo. Yo, hombre sin hijos, tardé una eternidad con el pañal; se le desprendía y se le caía y tenía que volver intentarlo, así unas ocho veces. Con el pijama fue mucho más fácil aunque el proceso no estuvo exento de pequeños contratiempos.

Lo senté en la sala, abrí las ventanas para que entraran luz y aire. Encendí el televisor y busqué algún canal que pudiera interesarle; no había lucha libre así que me detuve en un programa de zumba, imaginé que la energía de las practicantes podía ser contagiosa para su mente. Me esperaba una mañana larga: echar la sábana y el pijama al lavarropa, ponerle una espuma limpiadora al colchón, cepillarlo, secar el baño, darle sus medicamentos con el desayuno. Antes de comenzar, calenté agua, me hice un té, me senté en el comedor, armé un porro y lo encendí; respiré oxígeno, humo, un poco de sosiego.

Hice cuentas; apretándome un poco me daba para pagar alguna enfermera por una semana, siempre que sus pretensiones no fueran desmedidas. Después de almorzar y de un breve descanso, subí a mi padre a la camioneta y nos fuimos a recorrer las enfermerías del centro.

En la primera, una señora con uniforme blanco inmaculado llenaba un crucigrama y mataba un sábado escaso de inyecciones y nebulizaciones. Le planteé el problema, miró por encima de mi hombro, hacia la calle donde había dejado estacionada la camioneta y se podía ver claramente a mi padre en el asiento del acompañante; volvió a mirarme, dijo que podía hacerlo y dio un precio que sobrepasaba con mucho mi presupuesto; intenté regatear pero la señora se negó a ceder y me fui con la certeza de que aquella mujer tenía menos sentimientos que una piedra caliza.

En la siguiente enfermería me atendió una muchacha de no más de veinte; lucía segura, despierta y se mostró dispuesta a hacer el trabajo por el monto que le ofrecí. No me comprometí porque sus veinte años aparentes me hacían dudar y también el botón abierto de su traje de enfermera y los globos de chicle que hacía cuando me escuchaba. Quedé en que regresaría pronto.

Consulté otras dos opciones que no me convencieron y regresé por la muchacha del escote. Acordamos que iría el lunes a primera hora y le dejé una tarjeta de Luxor Bienes Raíces donde estaban mi nombre, mi dirección y mi teléfono. Se llamaba Cintia pero podía decirle Chichita.

El lunes desperté temprano y repetí la rutina de la ducha, esta vez con la ayuda de una silla plástica que había comprado en el mercado; después le cambié el pijama pestilente; saqué la cubierta impermeable del colchón que había comprado junto con la silla y lo llevé todo al lavadero.

Ya estábamos vestidos cuando apareció Chichita. Le di las instrucciones: desayuno, merienda, medicinas; el domingo había pasado en limpio el calendario de mi hermana y lo había impreso y pegado en la heladera. No se horrorizó cuando le mostré los pañales, parecía acostumbrada; creo que incluso me escuchaba con cierto fastidio, como si le estuviera comunicando algo obvio.

Salí a trabajar. Me reuní con una pareja de paceños recién casados que querían vivir y reproducirse en Santa Cruz; escuché sus pretensiones, más altas que el Illimani; quisieron ver una casa en Jardines del Urubó y los llevé en mi camioneta.

Al final de la mañana dejé a los paceños en su hotel con la promesa de que hasta el final de la tarde depositarían el primer anticipo, luego me fui hasta Montero para verificar el avance de una nueva urbanización en la que había invertido algo de dinero y de la que esperaba con ansias el retorno.

Al regreso, serían las cuatro, llamé a Jessica y la convencí para que se saliera un poco antes de la oficina; como aún no había almorzado, compramos al paso café y empanadas, luego nos fuimos a un motel por la Beni. Hice el amor con ganas, lo necesitaba; después devoré las empanadas y le conté lo de mi padre.

Haces muy bien, dijo ella; a los padres hay que quererlos siempre; mírame a mí, mi papi está en el cielo y no pasa un solo día sin que lo extrañe.

Jessica dice siempre ese tipo de cursiladas, pero su cuerpo y su cópula son de primera y creo que ella también la pasa bien conmigo. Volvimos a hacer el amor, luego pagué y cada uno a su rutina; a ella la esperaba su esposo y a mí, mi padre, mi papi, para quien dudaba que hubiera lugar en el cielo.

Llegué a casa a eso de las seis y al abrir me golpeó un reguetón a todo volumen. Busqué a Chichita, la encontré en la cocina preparándose algo de comer.

Tenía hambre, dijo al verme.

La cocina estaba patas arriba, se sentía la dueña de casa.

¿Y mi padre?, pregunté.

En el cuarto, contestó.

Fui hasta el cuarto, la puerta estaba cerrada; intenté abrir pero estaba asegurada. Cuando me disponía a regresar a la cocina tropecé con Chichita que me había seguido y me mostraba las llaves. Se las arrebaté y abrí. Papá estaba sentado sobre el colchón, casi desnudo y creo que tembloroso. Al verme comenzó a gritar algo sobre los movimientistas de Morón. Fui hasta él y lo calmé como pude y comencé a vestirlo; le dije a Chichita que era una irresponsable de mierda y que no le iba a pagar el día; Chichita contestó que yo había llegado tarde, no le había dejado comida y en mi famosa lista no había indicaciones sobre qué almorzar; que le había pasado llave para que no se saliera mientras ella buscaba qué comer y que si no le pagaba el dia, me denunciaría. Al final cedí, le pagué y se largó dando un portazo.

Sentí un ruido que venía del cuarto. Corrí. Encontré a mi padre, en el suelo, en posición fetal.

¡Puta madre!, exclamé; ¿qué haces?

No contestó, por supuesto; supuse que había querido pararse y se había caído y ahora intentaba incorporarse. Hacía un ruido grave, como un ronquido. Gritó cuando lo alcé de las axilas, lo mandé a callar.

¡Al menos coopera, carajo!, le grité.

¡Viva la Falange, carajo!, contestó.

      Lo lancé en la cama lo mejor que pude y lo terminé de vestir. Luego me fui a la sala, me armé un porro, subí las piernas sobre la mesa, encendí el televisor y busqué en Netflix el capítulo dos de Cosmos. En lo que cargaba, llamé a Jenny.

Estoy en el cine, te llamo luego, susurró.

Me puse a ver la serie. La explicación sobre cómo, según la Selección Natural, el “ojo” de una bacteria evoluciona hasta convertirse en ojo humano, me hizo caer en que había vivido treinta y seis años equivocado. Intenté formular lo aprendido más o menos así: los seres vivos no se adaptaron al ambiente, en realidad cedieron su espacio a otros que la casualidad en forma de mutaciones genéticas, había hecho mejor dotados para la supervivencia.

Llamó Jenny, salía del cine con su amiga de turno; preguntó cómo me iba con mi padre, le dije que más o menos, le conté que había intentado contratar una enfermera para que me ayudara y que me había ido mal. Me dijo que ella estaba por salir de viaje, que si no, con gusto me daba una mano.

¿Qué viaje es ese?, pregunté

Uno que tenía postergado, a la Chiquitanía, todo depende del transporte que hasta ahora me ha fallado.

Su misión era tomar fotos para la edición ampliada, bilingüe y con fotos de “Ser gay en los tiempos de Evo”, el libro de Edson Hurtado, que iba a ser publicado por una editorial vietnamita.

Cada loco con su tema, dije; ¿crees que los gais sean un salto evolutivo o el medio ambiente terminará barriéndolos?, pregunté.

¿De qué mierda me hablas?

Le hablé del capítulo dos de Cosmos, de la Selección Natural, los genes y la supervivencia.

No sé tú, pero yo sobreviviré a todos, dijo; o al menos a vos y a tu hermana, eso seguro.

Desperté al otro dia y antes de ocuparme de papá, marqué el número de Jenny.

Te ofrezco mi camioneta, le dije; llevamos al viejo, vos me das una mano y de paso despejo mi cabeza porque aquí me voy a volver loco.

¿Tu padre soportará un viaje largo?, preguntó; ¿no será un ajetreo innecesario para un hombre delicado?

Mi camioneta es doble cabina, tiene aire, papá no está inválido, su cerebro le patina pero puede caminar; si se orina lo cambiamos.

Al final, Jenny aceptó. Saldríamos al día siguiente a primera hora, en cuatro días Jenny tenía un viaje a la Paz y era impostergable.

Colgué y fui a ver a papá; lo encontré tranquilo, solo se había sacado la camisa y estaba sentado en el colchón, miraba el infinito que terminaba en la pared que quedaba frente a sí. Estaba, por supuesto, orinado. Lo llevé al baño, abrí el grifo para no golpearlo con el agua fría, lo desnudé y lo senté en su silla, dentro de la ducha. Lo miré desde afuera; antes tan fuerte, ahora perdido y encogido en esa silla plástica, chorreando agua por la barbilla escuálida.

Prepárate que nos vamos de viaje, le dije; como en los viejos tiempos.

Le enjaboné el cuerpo y hasta le puse champú en su cabellera escasa y gris. Luego me saqué la ropa, entré a la ducha y compartimos el chorro; como en los viejos tiempos.

Rearmé los bolsos tal y como me los entregó Noelia y los subí en la camioneta; incluí algo de ropa para mí y algunas provisiones básicas; aceleré la rutina del baño y el cambio de ropa de mi padre, le di un buen vaso de yogurt y cerca de las ocho, partí a buscar a Jenny.

La primera escala seria en Urubichá, trescientos sesenta kilómetros. Compramos galletas y café en la tranca de peaje e improvisamos un desayuno. La temperatura estaba agradable para viajar, no había tráfico ni nubes. Mi padre se había dormido con la boca abierta, el cinturón de seguridad lo mantenía erguido; aprovechando que dormía, Jenny preguntó sobre él y sobre mí.

Percibo a veces que lo odias, me dijo.

No es odio, contesté, es otra cosa, no sé cómo llamarlo.

Busqué en mi memoria, seleccioné algunos recuerdos.

Los torneos de boxeo que organizaba en su quinta y cómo le pagaba a los trabajadores para que sus hijos pelearan conmigo y me curtieran en el arte de ser hombre; recordé a Germán, el hijo del casero que siempre me sacaba la mierda y casi se hace millonario de tanto que papá lo buscaba. ¡Tienes que tumbarlo, no puedes dejar que este negro te gane siempre!; pero aquel negro me ganaba siempre y encima papá me humillaba por cagón; o aquella tarde en las Siete Calles cuando Noelia y yo lo vimos saliendo de una tienda de carteras de la mano de otra mujer y Noelia, que a sus siete años no entendía de esas cosas, dijo “¡papá!” y mi madre nos jaló del brazo, nos llevó a ver perfumes y no sé qué historia le inventó a Noelia sobre una colega que era como su hermana. Aquel día supimos (y lo comprobamos después y varias veces) que mamá sabía todo, incluso que con la supuesta colega, papá había tenido dos hijas que además eran nuestras hermanas; ¡y cómo no iba a saberlo si lo sabía medio pueblo!

¿Y qué fue de tus hermanas?

Viven en Brasil; una de ellas, la mayor, casi de mi edad, me llamó hace tres o cuatro años porque quería conocernos a mí y a Noelia, nos citamos en un café y hubo abrazos y la cosa transcurrió más o menos bien, pero Noelia no quiso repetir la experiencia, dijo que mejor ellas allá y nosotros aquí, que seguro tramaban algo con la herencia; yo no sé mucho de esas cosas, siempre fui medio pelotudo y las hermanitas me habían parecido simpáticas; en favor de Noelia tengo que reconocer que fue la única que alguna vez le plantó cara a papá; fue en la discusión de su tesis, había hecho una linda exposición pero le dieron noventa sobre cien y mi padre le dijo que no, que no podía conformarse, que él esperaba más y que lo había decepcionado, que si uno quería ser alguien en la vida no podía ser tolerante con sus errores; Noelia le gritó y le dijo que el único que siempre había fallado y había decepcionado a todos era él; mi madre la mandó a callar y al otro día mi hermana se fue de la casa.

Otro día te cuento más, concluí y me serví café; y sí, capaz que sea odio lo que siento.

Casi al mediodía llegamos a Urubichá. Paramos en un alojamiento con paredes de adobe y techo de tejas; nos atendió un lugareño amable de nombre Máximo, pedimos una sola habitación que tenía dos camas, Jenny no se hacía problemas en compartir la suya conmigo y ahorrarse unos pesos. Acomodamos los equipajes y almorzamos bife con arroz y huevo en una pensión aledaña. La carne estaba dura y Jenny se la picó en trozos diminutos a papá. Mientras almorzábamos, Jenny llamó a Facundo, al personaje al que tenía que fotografiar. Quedaron en verse a las cuatro para ir al río y después a la Plaza. Terminamos de almorzar y mi padre se quedó dormido, el dueño le acomodó una hamaca entre los horcones del patio para que descansara; Jenny se echó un rato y yo me quedé en el patio, leyendo el periódico y vigilando a mi padre.

A la hora acordada llegó Facundo, violinista de la orquesta sinfónica del lugar. Antes, Jenny me había contado su historia: hacía tres años se había enamorado hasta las patas de un director asistente, se fue tras él a Santa Cruz, su amante no valoró su gesto y lo despreció por ser indio y por ser del campo; tuvo que regresar al pueblo pero se habían corrido rumores sobre sus amoríos y le habían puesto trabas para reintegrarse a la orquesta. Ahora trabaja en un aserradero con su padre.

No es la profesión ideal para un violinista, pero…, dijo Facundo confirmando su historia y encogiéndose de hombros.

Mi padre había despertado, así que nos fuimos al río en la camioneta. Facundo tocó un fragmento de alguna sonata para violín de Mozart. Jenny tomó fotos; de fondo, el cauce del río y el atardecer. Papá miraba a Facundo sin entender muy bien qué pasaba; me hubiese gustado creer que algún vestigio de sensibilidad se había despertado en un rincón oscuro de su estropeado cerebro.

A la vuelta visitamos la plaza y la Iglesia, Jenny tomó más fotos. Dejamos a Facundo en su casa, nos presentó a sus padres quienes nos invitaron a tomar café; rechazamos la invitación aduciendo que mi padre estaba cansado y necesitábamos reposar porque al otro día seguíamos viaje; todo era cierto.

En la mañana, después de un desayuno contundente, partimos rumbo a San Ignacio. Según Máximo, nos esperaban cuatro horas en una carretera plana y monótona: verde, ganado, pocos vehículos. La radio solo captaba estática.

Jenny sacó cuentas, llegaríamos cerca del mediodía; propuso almorzar en alguna pensión, no desempacar, hacer las fotos, regresar a final de la tarde y ahorrarnos el dinero del alojamiento; ella podía manejar si yo me sentía cansado. Jenny quería, además, ganar tiempo para preparar su viaje a la Paz. Acepté, aunque no me hacía mucha gracia manejar de noche.

Llegamos, en efecto, a las doce y diez. Paramos en un restaurante que nos pareció simpático; el dueño era un señor amable de nombre Ambrosio, de unos sesenta años. Pedimos sopa de maní y milanesas; el señor Ambrosio tomó nota, levantó la vista, se fijó en mi padre y lo reconoció.

¿Don Gonzalo?, preguntó mirándolo a los ojos.

Así es, intervine, pero no creo que entienda, ha sufrido tres isquemias.

Ambrosio adoptó una expresión sombría.

Es una pena, dijo; un héroe, gran luchador Don Gonzalo; los hombres como él deberían ser eternos, será un honor para mí atenderlos.

Jenny pidió, por favor, si era posible pasar a un baño.

Nos va a disculpar pero es que el héroe se ha cagado y necesita que le cambien los pañales.

El plan de Jenny se cumplió al detalle; después de las sopas y las milanesas descansamos y tomamos café; mi padre echó un pestañazo, se despertó y le limpiamos la baba con un pañuelo. Después fuimos a la plaza del pueblo a tomar las fotos del personaje de turno: Luisa, travesti, acusada y expulsada del pueblo por un hecho de sangre que nadie pudo probarle. Ahora, asesorada por abogados de una ONG, intentaba reinsertarse y trabajar en paz como manicure.

Mientras Jenny tomaba las fotos, mi padre permanecía tranquilo, distante, creo que disfrutaba el ambiente bucólico, quizás se transportaba a los años en que todo era simple y básico y él era don Gonzalo, gran e inmortal luchador.

Terminamos, nos despedimos de Luisa y regresamos al restaurante de Ambrosio. Comimos ligero, compramos sándwiches para el viaje, cargamos un termo con abundante café, compramos dos botellas de agua, pagamos servicio y propina y pegamos la vuelta.

Era de noche, mi padre dormía, habíamos hecho más o menos la mitad del trayecto cuando sentimos un ruido, como un reventón. Una llanta, fue lo primero que pensé. Frené de a poco, Jenny me hizo notar que salía vapor del capó. Me arrimé a la calzada, revisé el indicador de temperatura, la aguja estaba en la zona roja. Apagué el motor y bajamos del auto; abrí el capó, el radiador humeaba, pensamos en lo peor y lo peor era el motor fundido. Inmediatamente imaginé a Noelia, espiándome desde algún sitio remoto del Universo.

Para verificar si se había fundido el motor esperamos unos minutos a que bajara la temperatura; le di marcha, arrancó, el sonido parecía normal pero enseguida volvió el humo y se disparó la aguja.

No es el motor pero se jodió el radiador, fue mi diagnóstico; así no podemos seguir, se fundiría en menos de doscientos metros, me cago en mi suerte.

Pateé el parachoques con furia, Jenny pidió calma, sugirió que intentáramos llamar a algún servicio de rescate pero al sacar su celular, comprobó que no había señal.

Estamos fregados, admitió; reconozco que no fue buena idea salir hoy, lo siento.

Le dije que no importaba, pero en realidad, si importaba. No sabía dónde estábamos, no avizoraba una solución y encima estaba el asunto de mi padre. ¿Aguantaría una noche así?

En la siguiente media hora intentamos parar dos o tres vehículos que pasaron a toda velocidad sin detenerse, la oscuridad era total, era improbable que alguien nos diera una mano en esas condiciones. Deliberamos y llegamos a la conclusión de que lo mejor era pasar la noche en la ruta y en la mañana y con luz, intentar que alguien nos remolcara hasta el pueblo más cercano donde algún soldador podría hacer algo provisional con el radiador. El escenario que vivíamos no distaba mucho del peor imaginado, pero a esas alturas, ya decididos y resignados, tomábamos las cosas con calma. Encendí el motor y me arrimé hacia un claro más alejado de la carretera; comprobé que mi padre dormía, que quedaba algo de café; pude armar un porro y lo compartimos ya trepados en la cama de la camioneta.

Jenny dijo algo sobre filosofía positiva, sobre ver siempre el lado amable de las cosas.

Has vuelto a convivir con tu padre, dijo, has conocido personas, lugares, pasarás la noche a la luz de las estrellas, problema tuyo si no le sacas provecho a la experiencia y te dejas vencer por su escepticismo.

Le hice saber lo que pensaba de su charla: que tenía un tufillo a Coello; me mandó a la mierda. Miré el cielo, recordé nuestra charla inconclusa.

Por fin, ¿quieres saber dónde ocurrió el Big Bang?, pregunté

En realidad no, menos hoy y en estas condiciones, tampoco sé para qué serviría.

Para saber dónde empezó todo, dónde fue que se rompió el vínculo primario y nos fuimos a la mierda, ese cacareado punto de no retorno.

Listo, todo muy lindo Coello, pero si no recuerdo mal, dijiste que no había un dónde ni un cuándo.

Así es, nunca hubo un “antes”; el Big Bang lo explica todo menos el Big Bang, explica todo a partir del primer segundo de existencia del Universo, cómo al principio éramos todo simplicidad y después chocamos, crecimos, fuimos átomos, moléculas, genes, la vida; y ahora somos cuerpos volando en busca de esa estabilidad ancestral, pero en efecto, antes no hubo nada, exactamente la nada, sería como el fin de la historia pero hacia atrás, ¿entiendes?

Entiendo.

Fumamos un poco, contemplamos en silencio el firmamento, millones de estrellas en un cielo sin nubes. Minutos después dormíamos.

Desperté con la luz del dia y el sonido de un motor. Busqué a mi lado, vi que estaba solo; me incorporé y comprobé que el sonido era el de la camioneta. Jenny descendió sonriente por la puerta del chofer.

Listo, dijo, arreglado.

Bajé de la cama y me acerqué. El capó seguía abierto, Jenny me mostró su trabajo: había detectado que la fuga no era en el radiador si no en la manguera que salía hacia el motor, estaba podrida en la punta y había reventado; con un cuchillo había cortado el tramo dañado y había vuelto a empalmarla con un pedazo de alambre que encontró. Luego echó en el radiador el agua que habíamos comprado, dio marcha, todo bien.

Es una solución temporal, nos servirá para continuar, hay que monitorear el indicador de temperatura, vigilar que no se dispare y sobre todo, cargar agua cada vez que podamos.

Entré a la camioneta, chequeé la pizarra, la temperatura se mantenía estable; le agradecí a Jenny.

Mi padre ya había despertado, al verme se puso inquieto y comenzó a decir cosas en algún dialecto desconocido.

Hay que cambiarlo y darle su desayuno, comenté al bajar de la camioneta.

Proceda, buen hijo, proceda, que ya yo hice mi parte, dijo Jenny y se cagó de risa.

Llegamos a Santa Cruz pasada las seis; fui a dejar a Jenny que al otro dia viajaba a La Paz. Nos despedimos, le agradecí por la compañía y ella por el transporte. Antes de bajar le lanzó un beso a mi padre, le deseo que estuviera bien y le acarició la calva.

Arranqué y busqué otra vez la avenida; cambié de emisora, quería algo lento, relajarme. Paré en un semáforo y aproveché la luz roja para revisar mi celular; había agarrado señal y habían entrado varios mensajes, uno de ellos de Noelia; preguntaba por papá y anunciaba que en dos días llegaba. Miré a papá a través del retrovisor, lucía concentrado en el paisaje urbano, me costaba ver al otrora dominante Don Gonzalo como la imagen del desamparo.

Papá está bien, le escribí de vuelta a Noelia.

Me vino a la mente, quien sabe por qué, la última Navidad antes de que se marchara al exilio. Aquella noche papá, poco dado a las muestras de afecto, me apartó y me sentó sobre sus piernas.

Mañana me voy de viaje, dijo; vendrán tiempos duros, pero pase lo que pase, no debes perder la capacidad de pensar en grande, pensar en chico es de maricas.

“Toma”, dijo después y me entregó personalmente mi regalo. Sentía su aliento a alcohol, creo que estaba borracho y lucia triste; no era común verlo así. Rompió el papel de regalo, abrió la caja y se dio tiempo de encender otro cigarro mientras yo, confundido, contemplada el contenido.

Sácalo, ordenó.

Le hice caso; saqué el artefacto; era un telescopio portátil marca Celestron, tipo travel scope, negro, de patas grises que aún conservo. Aquella noche le quise dar las gracias pero no me salió; al rato él se fue y volví a quedar solo.

El semáforo se puso en verde, pisé el acelerador hasta que el velocímetro llegó al sesenta y ahí lo dejé; caía la noche en la ciudad y yo no tenía apuro en llegar, nadie me esperaba; solo la rutina y un porro en la sala y un cierto calorcito hogareño que siempre estaba ahí.

Ya lo peor pasó, pensé; ya nada puede fallar.

¿Dónde ocurrió el Big Bang? obtuvo una mención en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar este año.

LITERATURA: La isla trasnochada

Por: Fernando Molina

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“La isla trasnochada” –firmada “Belisario Flores”, heterónimo compartido por los escritores paceños Diego Loayza y Mario Murillo– comienza siendo una “etnografía” de ese grupo supuestamente rico, supuestamente “decente” y supuestamente educado que solemos llamar el “jailonerío”: la clase alta de La Paz. Una “etnografía” es una crónica de los comportamientos observados en un grupo social, con el propósito de revelar sus costumbres, valores y el sentido que le dan al mundo. En este caso, sin embargo, no se trata de analizar a los jailones, sino de escarnecerlos.

Inserta en una tradición…

Sí, de mostrar su desubicación en el país, su condición “trasnochada” respecto a los cambios que se producen entre nosotros, su racismo, su alienación que sustituye en sus corazones lo boliviano por todo lo que huela a Estados Unidos y Europa, y también su banalidad, su alcoholismo, su decadencia moral. En suma, su falsedad de clase dominante que no domina, de clase rica que es miserable, de casta superior que está mezclada racialmente y, en fin, de fuerza antiboliviana que no podría ser más criolla en su provincianismo y su dependencia de la fuerza de trabajo indígena.

En este sentido, la novela sigue una senda largamente transitada por el arte boliviano, sobre todo por los autores de izquierda (¿qué son “La Chaskañawi” de Medinaceli o “Metal del diablo” de Céspedes si no retratos más o menos realistas o más o menos expresionistas –deformados– de las clases “superiores”?); pero que también ha acogido a escritores más difíciles de alinear políticamente (Hasbún o Colanzi, por ejemplo). La peculiaridad de este caso consiste en el encarnizamiento de la crítica y en la amplitud de la mirada, la cual no se limita a escrutar en unos cuantos personajes como representantes del todo y en cambio presenta al todo en desmedro de los personajes. Es decir, es más etnografía que novela…

Una triste clase social…

El grupo más selecto de los jailones, asustados por las crisis política causada por la insurgencia de los “indios” y autosugestionado por su racismo y por su confianza en las costumbres y los modos de vivir gringos, deciden encerrarse en un Ultra Centro, un mall que no hay que ser un lince para identificar con el Mega Center, y esperar allí, bien pertrechados y aprovisionados, a que los rescaten los equipos aerotransportados de Do iT, una organización internacional que combina la ideología de extrema derecha con la filosofía de la asertividad que hoy está de moda. Su gran temor es, como dije, la invasión de los indios. Su gran deseo: eliminar todo lo “cholo” de sus vidas, es decir, todo vestigio de la existencia de indios en Bolivia, y terminar sus días en Estados Unidos. Su gran ocupación: “chupar”, comer y tener sexo. Su gran malestar: el chaki. Su gran rasgo de distinción: la tecnología y la plata (la tecnología que la plata puede comprar). Su gran preocupación: el qué dirán. Su verdadera moral: distraída, en especial en lo relativo a la corrupción y entre los miembros de las nuevas generaciones, que la novela pinta como unos hedonistas sin oficio ni beneficio. Su ideología: fascista, pero de unos fascistas muertos de miedo. Su estructura: muy diversa, porque el “jailón” no es una categoría muy clara: para serlo a veces no basta no ser indio ni cholo, a veces se necesita, además, plata, ser súper-racista… en fin.

¡Salud!

Estamos, claro está, ante una caricatura, pero usted será quien juzgue en qué medida la misma resulta realista o no. En todo caso, hasta aquí, mientras esboza esta caricatura, la novela posee su mayor interés y atractivo: el lector sagaz puede reír largamente identificando a la gente real y a los actos reales que representan los estereotipos novelescos. (Por cierto, algunos personajes famosos aparecen apenas camuflados).

Hay que decir que la fauna jailona se presenta en especial en su momento de mayor brillo y de mayor bochorno, que es el de la fiesta y la farra, ventana que los autores de la novela prefieren a cualquier otra de acceso a la intimidad de la clase que pretenden biografiar. Al punto que “La isla trasnochada” puede clasificarse como otra que engrosa esa fuerte rama de nuestra literatura que es la narración de borracheras.

Máxima diversión, entonces, mientras se presenta a los estereotipos: Janvier, el guapo maduro que vende ilusiones y que las mujeres adoran; Edwin y Dorita, la pareja de medio pelo que debe pretender una situación económica que no tiene; Reni y Maurice, los hijitos de mamá; Sole, la jailona implacable que usa, en pro de su familia y su propio predominio, todos los métodos que se les critica a los “cholos”; Von Landwust, el expresidente facundo pero lanudo; las damas de buen ver en busca de un mejor casar; etc. También, y no menos estereotipados, los chicos “Lozano”, cuyo apellido lo dice todo: se revelarán como lo mejorcito de la tribu.

Tenemos problemas, Houston…

Cuando todos ellos ya están metidos en el mall, interactuando, se plantea el gran problema de esta narración: ¿qué hacer con ellos?, ¿hacia dónde conducirlos?

Aquí la novela pasa de la etnografía sarcástica y ejemplar a parecerse a alguna de esas películas distópicas, con el apocalipsis como horizonte final. Sin dejar de beber, drogarse y enrollarse los unos con los otros, los jailones se enemistan, se dividen en dos grupos, los malos y los algo mejores y se meten en una situación turbulenta y descontrolada que sin embargo nadie parece poder resolver abandonando el proyecto Do iT (lo que resulta inverosímil); en cambio se hacen múltiples ofensas mutuas, se derrumban moralmente, en fin, se convierten en ratones de laboratorio zaheridos y sometidos a múltiples experimentos por la imaginación maliciosa y a ratos escatológica de los autores de la novela. Esta parte ya no es tan divertida y a veces resulta tan solo morosa y absurda. Como en todo texto con moraleja, los eventos no se sostiene en lo que deben (los motivos de los personajes) sino en el propósito de los autores, en su transparente intención ideológica-moral.

Conclusión con apuesta

Son los personajes, en efecto, cobayos; están allí para probar un punto y no para vivir su propia vida. Sin embargo, las múltiples vicisitudes por las que les hace pasar son ingeniosas y fluidas, lo que impide que el aburrimiento venza al lector, que así no debiera tener grandes problemas para llegar al gran final de acción y con efectos especiales.

Como en obvio, Diego Loayza y Mario Murillo no carecen de atrevimiento. Tampoco de talento, aunque el suyo sea más uno de tipo conceptual y paródico que estilístico. No están cortos de humor y son notables su vista y sus oído de observadores (muchos de sus skeches y diálogos son excelentes testimonios de costumbres). Sin embargo, esta novela, “La isla trasnochada”, seguramente quedará primero en los anales de la denuncia política, y como un documento sociológico sobre esta época, que en el registro del arte como tal.

POESÍA/MÚSICA: Mañana de domingo

Por: José Andrés Sánchez

Sunday Morning-Adaptación ilustrada de Sean Robinson
Sunday Morning-Adaptación ilustrada de Sean Robinson

En 1944 los escritores Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares tradujeron un poema del inglés al español. El trabajo se publicó en la revista bonaerense Sur. El título del escrito es ‘Mañana de domingo’ y fue creación del norteamericano Wallace Stevens.

Se trata de un poema dividido en ocho secciones. Los protagonistas son un hombre y una mujer que se debaten entre el placer de una plácida mañana y las elucubraciones filosóficas acerca de la muerte y el sentido de la vida.

Las paradojas mentales que nos trae un tiempo de sosiego.

El poema inicia con las siguiente frases:

Complacencias del batón, y tardío / Café y naranjas en una silla al sol, / Y la verde libertad de un papagayo, / Se mezclan en una alfombra para disipar / El sagrado silencio de los sacrificios antiguos.

‘Mañana de domingo’ fue publicado en 1915 en el primer libro de Wallace, titulado ‘Harmonium’. Dentro del cánon norteamericano es considerado uno de los más grandes poemas del siglo XX. Sin duda es un enorme texto de contemplación.

Y las mañanas de domingo continuaron su papel de musa artística.

En 1977 el ritmo del Motown causaba furor en las discotecas. Los grupos de afroamericanos, con sus enormes peinados y pantalones campana, inundaban las señales de radio y hacían brillar las pantallas de los televisores a color. Uno de estos grupos era The Commodores. Su líder en el piano, voz y composición, era Lionel Richie, un hombre negro de sonrisa amplia, dientes blancos y optimismo desbordante. Sólo alguien así podía escribir una canción como ‘Easy’.

El tema es una balada con ritmos de country y piano de salón. Habla de un hombre que deja a una mujer. Pero él no está devastado. Todo lo contrario. Se siente ‘tan simple como un domingo a la mañana’. Al explicar la historia, Richie señaló que deseaba evocar ‘la muerte del día en un pequeño pueblo sureño a las once de la noche’.

Nuevamente un hombre y una mujer y un domingo a la mañana en paz.

Quince años más tarde una banda llamada Faith No More se adueñó de esta canción. Eran los tiempos en los que la música popular se debatía entre Whitney Houston y Guns n Roses y detrás de ellos aparecía la amenaza del grunge.

Faith No More no pertenecía a ninguno de estos grupos de artistas. Se formaron en California en 1978 y conjugaron un estilo que mezclaba Hevy Metal, funk y baladas. Hacia principios de los 90 cerraban sus conciertos con una versión del tema de los Commodores. Sus fans quedaban sorprendidos. Después de una avalancha de rock el cantante Mike Patton les acariciaba los oídos con una balada Motown. ¡Ah, los hermosos 90!

¿Por qué ese amor por la canción de los Commodores? El bajista de la banda lo explicó de la siguiente manera: “Nos gusta ‘Easy’ de una forma dolorosa. Nos recuerda la niñez’.

Nuevamente una mañana de domingo y el dolor de la existencia dentro de una balada sureña.

El poema de Stevens cierra con las siguientes frases:

Las dulces frutillas maduran en la soledad; / Y, en el aislamiento del cielo, / Al atardecer, bandadas casuales de palomas trazan / Ambiguas ondulaciones cuando descienden / Hacia la oscuridad, con extendidas alas.

Y así, mientras el hombre y la mujer se debaten entre pensamientos trágicos y sensuales, la naturaleza avanza, dentro de una canción, en una mañana de domingo en el sur de norteamerica.

Wallace es considerado unos de los poetas más importantes del siglo pasado. No es poca cosa que Borges lo haya traducido. Ambos tenían en común una fascinación mágica con la imaginación. Alguna vez Borges dijo que si él ‘no tuviese memoria, no podría imaginar’. Lo mismo pensaba Stevens, que en un momento escribió que ‘la realidad es producto de la imaginación… y así se forma el mundo’... un domingo a la mañana, contemplando la naturaleza, mirando sombras negras que vuelan por lo bajo.

LITERATURA: El año del pensamiento mágico (Joan Didion)

Algunas veces lo hemos comentado: la pérdida es para lo que nunca se está realmente preparado.

En ese triste universo que es la literatura del duelo, Joan Didion ha conseguido crear una obra que está sustentada en pérdidas, en llanto y en el “show must go on“.

Leí El Año del Pensamiento Mágico hace unos meses, no podía creer la enormidad de la fortaleza que tuvo la autora.

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En un momento estaba casada con el amor de su vida y su compañero en casi todos los aspectos, tenía una hija (Quintana)  casada también, viviendo sus propias experiencias, y de pronto, Quintana enferma.

Su única hija sufre una enfermedad que parecía de rutina pero que fue empeorando.

Mientras la hija estaba en el hospital, el marido muere de un ataque sorpresivo, en plena cena, delante de ella.

A los meses, la hija, aparentemente recuperada, sigue al padre y Joan Didion se queda sola con sus fantasmas.

El relato que hace esta escritora americana es desgarrador, la vida cambia en un instante dice, el día que pasan cosas malas suele ser descrito como un día normal, donde las personas afectadas hicieron su rutina, donde nadie imaginaba que sí, que iban a pasar cosas malas.

Ella, como periodista, comentaba que cuando entrevistó a gente que sobrevivía a un terremoto, a un huracán, a la caída de las torres gemelas, la descripción sonaba igual:

era un día como cualquier otro

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Y el libro se titula como se titula porque cuando somos niños (a veces hasta en adultos) hay algo llamado el pensamiento mágico, esa capacidad de pensar que todo se va a arreglar por arte de magia, que si rompiste un jarrón se volverá a unir o nadie se dará cuenta, que si nuestros padres se separan en el fondo siguen enamorados y se juntarán cualquier rato, o que uno tiene un poder sobrenatural para que las cosas, buenas o malas, sucedan, son ideas que escapan al raciocinio, a la aceptación de la realidad.

El libro de Joan nos cuenta cómo fue su año del pensamiento mágico, cómo tuvo que adaptarse a la pérdida, cómo aprendió a vivir con ella.

Hay un momento, casi al final, donde el duelo está tan maduro que escribe:

Sé por qué intentamos mantener vivos a los muertos: intentamos mantenerlos vivos para que sigan con nosotros.

También sé que si hemos de continuar viviendo llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos.

Dejarlos que se conviertan en la fotografía de la mesa.

Soltarlos en el agua. El saberlo no me hace más fácil tener que soltarlo en el agua.

De hecho, la constatación de que nuestra vida en común irá poco a poco dejando de ser el centro de mi vida cotidiana, me pareció hoy, en Lexington Avenue, una traición tan clara que perdí la noción del curso del tráfico.

Hoy, la magnífica Joan tiene 80 años, 13 han pasado desde que perdió a su esposo y a su hija. Ella continúa siendo la gran periodista, ensayista, pensadora que siempre fue.

Lean El Año del Pensamiento Mágico, un libro tan hermoso como la foto familiar de la querida Joan.

Link para descargar el PDF: El año del pensamiento mágico

Mónica Heinrich V.

Si  ya lo leíste, puntúa el libro!

LITERATURA: El Ruletista (Mircea Cărtărescu)

9788415130048

Concede el consuelo de Israel

A uno que tiene ochenta años y no tiene mañana

Así comienza este impactante relato del rumano Mircea Cărtărescu.

Cărtărescu, a sus 59 años, ha probado con creces ser un escritor imprescindible. Su prosa es oscura, lírica, y a ratos, espantosamente agobiante.

El Ruletista es parte de ese deslumbrante libro llamado Nostalgia.

Una narración tan seca y fría como la bala que todo el tiempo amenaza la vida del autodestructivo protagonista.

No se olvida, es de esas historias que se te queda encima como un pesado fardo, un fardo pestilente y doloroso.

Pocas imágenes mentales tan fascinantes/perturbadoras como El Ruletista con sus harapos en medio de su acto ante un público sumergido en el abismo del morbo.

Los invito a ser parte de ese morbo, no se arrepentirán. A continuación el link:

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CUENTO: En lo alto para siempre (David Foster Wallace)

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Feliz cumpleaños. Tu decimotercer cumpleaños es importante. Tal vez sea tu primer día realmente público. Tu decimotercer cumpleaños es la ocasión para que la gente se dé cuenta de que te están pasando cosas importantes.

Te han estado pasando cosas durante el último medio año. Ahora tienes siete pelos en tu axila izquierda. Doce en la derecha. Espirales duras y amenazadoras de pelo negro y encrespado. Un pelo crujiente, animal. Alrededor de tus partes íntimas te han salido más pelos duros y rizados de los que puedes contar sin perderte. Y otras cosas. Tu voz es llena y rasposa y se mueve entre octavas sin previo aviso. Tu cara empieza a brillar cuando no te la lavas. Y dos semanas de dolor profundo y temible la pasada primavera hicieron que algo se te descolgara desde dentro: tu saco se ha llenado y se ha vuelto vulnerable, un articulo de lujo que tienes que proteger. Levantado y amarrado por unos suspensorios prietos que te dejan rayas rojas en las nalgas. Te ha brotado una nueva fragilidad.

Y sueños. Durante meses has tenido sueños que no se parecían a nada que hubieras visto antes: húmedos, trepidantes y distantes, llenos de curvas cimbreantes, de pistones frenéticos, de calor y de un vértigo tremendo. Y te has despertado con los párpados convulsos al ritmo de una descarga, un borbotón y un espasmo que te ha sacudido desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies procedente de una zona en las profundidades de tu interior que nunca imaginabas que tuvieras, estremecimientos producidos por un dolor profundo y dulce, las farolas del otro lado de las persianas de tus ventanas proyectando estrellas brillantes en el techo negro del dormitorio, y una gelatina blanca y densa rezumándote entre las piernas, goteando y pegándose, enfriándose sobre ti, endureciéndose y aclarándose hasta que no queda nada más que nudos retorcidos de pelo animal duro y pálido en la ducha matinal y en esa maraña húmeda persiste un olor dulce y limpio que no puedes creer que proceda de nada que tú hayas creado en tu interior.

Más que a ninguna otra cosa, el olor se parece a esta piscina: una sal dulce mezclada con lejía, una flor de pétalos químicos. La piscina tiene un fuerte olor azul claro, aunque ya se sabe que el olor nunca es tan fuerte como cuando uno está dentro del azul, como tú ahora, recién salido del agua, descansando en la parte menos profunda de la piscina, con el agua a la altura de las caderas lamiéndote esa zona que te ha cambiado.

La terraza de esta vieja piscina pública situada en el extremo occidental de Tucson está rodeada por una verja Cyclone del color del peltre, decorada con un enredo brillante de bicicletas sujetas con cadenas. Detrás de la verja hay un aparcamiento negro y caluroso lleno de líneas blancas y coches resplandecientes. Un prado indistinto de hierba seca y matojos duros, cabezas aterciopeladas de viejos dientes de león que estallan y flotan como copos de nieve en el viento que se levanta. Y más allá de todo esto, doradas por un redondo y lento sol de septiembre, están las montañas, dentadas, con los ángulos agudos de sus picos recortándose contra una luz cansina de color rojo intenso. Sobre el fondo rojo sus picos afilados y conectados trazan una línea serrada, el electrocardiograma del día que agoniza.

Las nubes se tiñen de color en el borde del cielo. Flotan lentejuelas en el azul claro del agua, a esa temperatura cálida propia de las cinco de la tarde, y el olor de la piscina, igual que el otro olor, conecta con una niebla química que hay dentro de ti, una penumbra interior que desvía la luz hacia los bordes y difumina la distinción entre lo que termina y lo que empieza.

Tu fiesta es esta noche. Esta tarde, la tarde de tu cumpleaños, has pedido permiso para venir a la piscina. Querías venir solo, pero un cumpleaños es un día familiar, tu familia quiere estar contigo. Es amable por parte de ellos, no sabes explicar por qué querías venir solo, y la verdad es que tal vez no quisieras estar realmente solo, de manera que han venido. Están tomando el sol. Tu padre y tu madre toman el sol. Sus hamacas han estado señalando la hora toda la tarde, siguiendo la curva del sol a través de un cielo despejado y tan recalentado que ha adquirido la textura de una película gelatinosa. Tu hermana juega a Marco Polo cerca de ti en la parte menos profunda con un grupo de niñas flacas de su curso. Le toca a ella quedar, dice «Marco» y ha de perseguir a ciegas a quienes le replican chillando «Polo». Tiene los ojos cerrados y va dando vueltas al compás de un coro de gritos, girando en el centro de una rueda de niñas chillonas con gorros de baño. De su gorro sobresalen flores de goma. Los pétalos de color rosa viejos y flácidos tiemblan cada vez que ella se abalanza en dirección a los ruidos invisibles.

En el otro extremo de la piscina están el «tanque», la zona destinada a saltos, y la torre elevada del trampolín. En la terraza de detrás está la CAF TERÍA, y a ambos lados de la misma, atornillados sobre las entradas de cemento de las duchas oscuras y húmedas y los vestuarios, están los megáfonos de metal gris que emiten el hilo musical de la piscina, ese ruidito metálico y mortecino.

Caes bien a tu familia. Eres inteligente y callado, respetuoso con los mayores, aunque no te faltan agallas. Te portas bien en general. Vigilas a tu hermana pequeña. Eres su aliado. Tenías seis años cuando ella tenía cero y estabas enfermo de paperas cuando la trajeron a casa envuelta en una manta amarilla muy suave; le diste un beso de bienvenida en los pies por miedo a contagiarle las paperas. Tus padres dijeron que aquello era un buen augurio. Que marcaba la tónica. Ahora creen que tenían razón. Están orgullosos de ti y satisfechos en todos los sentidos y se han retirado a esa distancia afable en la que se mueven el orgullo y la satisfacción. Os lleváis bien.

Feliz cumpleaños. Es un gran día, tan grande como la bóveda del cielo del suroeste. Lo has estado cavilando. Ahí arriba está el trampolín. Pronto querrán marcharse. Súbete y hazlo.

Te sacudes de encima la limpieza azul. Estás lleno de cloro, suave y resbaladizo, reblandecido, con las yemas de los dedos arrugadas. La niebla de olor demasiado limpio de la piscina se te ha metido en los ojos; descompone la luz en colores suaves. Te golpeas la cabeza con la base de la mano. En un lado de la cabeza suena un eco fofo. Inclinas la cabeza hacia ese lado y das un saltito, un calor repentino en tu oído, delicioso, mientras el agua calentada en tu cerebro se enfría en el nautilo exterior de tu oreja. Ahora oyes la música más nítida y metálica, los gritos más cercanos, mucho movimiento en mucha agua.

La piscina está llena para ser tan tarde. Hay chicos flacos, hombres peludos como animales. Chicos desproporcionados, todo cuello, piernas y articulaciones huesudas, estrechos de pecho y vagamente parecidos a pájaros. Como tú. Hay ancianos que se mueven a tientas por la parte menos profunda con las piernas rígidas como patas de palo, palpando el agua con las manos, fuera de todos los elementos a la vez.

Y niñas-mujeres, mujeres, curvilíneas como instrumentos o como frutas, con la piel barnizada de color castaño oscuro, la parte superior de sus bañadores sostenida por frágiles nudos de cordón de colores delicados que aguantan el peso de cargas misteriosas, la parte inferior encabalgada sobre las suaves prominencias de unas caderas totalmente distintas a las tuyas, hinchazones desmedidas y giratorias que se funden bajo la luz con un espacio circundante que sostiene y acomoda sus curvas suaves como si fueran objetos preciosos. Casi lo puedes entender.

La piscina es un sistema de movimientos. Aquí y ahora se ven: chapoteos, combates de salpicaduras, zambullidas, acorralamientos en las esquinas, Tiburones y Sardinas, caídas desde lo alto, Marco Polo (tu hermana todavía Lo es, medio llorosa, hace demasiado rato que Lo es, el juego rayano en la crueldad, pero no te compete defenderla ni avergonzarla). Dos chicos de color blanco brillante con toallas de algodón atadas como si fueran capas corren por el borde de la piscina hasta que el socorrista les hace detenerse en seco gritando por el megáfono. El socorrista es de color castaño como un árbol, el vello rubio le forma una línea vertical sobre el estómago, lleva un sombrero de explorador de la selva y su nariz es un triángulo blanco de crema. Una niña rodea con el brazo una de las patas de su torreta. Está aburrido.

Ahora sales y pasas junto a tus padres, que están tomando el sol y leyendo y no te miran. Olvídate de tu toalla. Detenerse a recoger la toalla significa hablar y hablar requiere pensar. Has decidido que el miedo lo causa básicamente el hecho de pensar. Sigue adelante, hacia el tanque que hay en el extremo hondo de la piscina. Al borde de tanque hay una torre enorme de hierro de color blanco sucio. Un trampolín sobresale de la alto de la torre como una lengua. La terraza de cemento de la piscina es áspera y está caliente al tacto de tus pies llenos de cloro. Cada una de las huellas que dejas es más fina y tenue. Va menguando detrás de ti sobre la piedra caliente hasta desaparecer. Flotan hileras de salchichas de plástico alrededor del tanque, que es un mundo en sí mismo, ajeno al ballet convulsivo de cabezas y brazos del resto de la piscina. El tanque es azul como la energía, pequeño y profundo y perfectamente cuadrado, flanqueado por las calles de la piscina y por la CAF TERÍA y la terraza áspera y caliente y la sombra inclinada bajo la luz del atardecer de la torre y el trampolín. El tanque está silencioso y tranquilo y quieto en el lapso entre dos zambullidas.

Tiene un ritmo propio. Como la respiración. Como una máquina. La cola de quienes esperan para subir al trampolín forma una curva que retrocede desde la escalera de la torre. La cola se tuerce gradualmente y se endereza al acercarse a la torre. Uno por uno, van llegando a la escalera y suben. Uno por uno, separados por un latido del corazón, alcanzan la lengua del trampolín que hay en lo alto. Y una vez en el trampolín, hacen una pausa, siempre exactamente la misma pausa que se prolonga durante un latido del corazón. Sus piernas los llevan hasta el extremo, donde todos dan el mismo bote para impulsarse y trazan una curva con los brazos como si estuvieran dibujando algo circular y total. Pisan con fuerza el extremo de la tabla y hacen que esta los lance hacia arriba y afuera.

Es una máquina de descensos en picado, de líneas de movimiento discontinuas a través de la dulce neblina de cloro del atardecer. Uno puede contemplar desde la terraza cómo golpean la superficie fría y azul del tanque. Cada zambullida crea un penacho blanco que se eleva, se desploma sobre sí mismo, se extiende y se deshace en forma de espuma. Luego aparece un azul puro en medio de la mancha blanca y crece como un pudín, hasta limpiarlo todo de nuevo. El tanque se cura a sí mismo. Tres veces mientras tú recorres el camino.

Estás en la cola. Mira a tu alrededor. Tienes que parecer aburrido. En la cola casi nadie habla. Todos parecen ensimismados. La mayoría miran la escalera y parecen aburridos. Casi todos tenéis los brazos cruzados y estáis congelados por un viento vespertino que se está levantando y que golpea las constelaciones de partículas de cloro azul puro que cubren vuestras espaldas y vuestros hombros. Parece imposible que todo el mundo pueda estar tan aburrido. A tu lado tienes el extremo de la sombra de la torre, la lengua negra inclinada que es el reflejo del trampolín. La sombra es un sistema enorme, largo, escorado a un lado y unido a la base de la torre formando un ángulo oblicuo y agudo.

Casi todos los que están en la cola del trampolín miran la escalera. Los chicos mayores miran el trasero a las chicas mayores que suben. Los traseros están enfundados en una tela suave y fina, en nilón ajustado y elástico. Los buenos traseros ascienden por la escalera como péndulos sumergidos en líquido, siguiendo un código lento e indescifrable. Las piernas de las chicas te hacen pensar en ciervos. Tienes que parecer aburrido.

Mira más allá. Mira al otro lado. Puedes ver perfectamente. Tú madre está en su hamaca, leyendo, con los ojos entornados, con la cara inclinada hacia arriba para recibir la luz del sol en las mejillas. No ha mirado para ver dónde estás. Da un sorbo de alguna bebida dulzona de una lata. Tu padre está tumbado sobre su enorme panza, su espalda parece una cresta en el lomo de una ballena, los hombros cubiertos de rizos de pelo animal, la piel untada de aceite y de color castaño oscuro por culpa del exceso de sol. Tu toalla está colgando de la silla y ahora se mueve una punta de la tela: tu madre la ha golpeado al espantar a una abeja a la que parece gustarle lo que ella tiene en la lata. La abeja vuelve enseguida y parece flotar inmóvil sobre la lata trazando un suave borrón. Tu toalla tiene una cara enorme del oso Yogi.

En algún momento ha tenido que haber más gente en la cola detrás de ti que delante. Ahora no hay nadie por delante excepto tres personas que suben por la estrecha escalerilla. La mujer que hay delante de ti está en los travesaños de abajo, mirando hacia arriba. Lleva un bañador ajustado de nilón negro de una sola pieza. Asciende. Desde lo alto llega un retumbo, luego una caída tremenda, un penacho y el tanque se cura a sí mismo. Ahora quedan dos personas en la escalera. Las normas de la piscina dicen que solamente puede haber una persona en la escalera, pero el socorrista nunca grita a los que suben. El socorrista es quien dicta las verdaderas normas gritando o dejando de gritar.

La mujer que hay por encima de ti no tendría que llevar un bañador tan ajustado. Es tan mayor como tu madre e igual de corpulenta. Es demasiado corpulenta y está demasiado blanca. Su bañador rebosa. La parte posterior de sus muslos queda constreñida por el bañador y tiene un aspecto parecido al queso. Sus piernas están marcadas con los garabatos pequeños y abruptos de las venas varicosas y azules que circulan por debajo de la piel blanca, como si sus piernas tuvieran algo roto o herido. Parece que sus piernas tendrían que doler si uno las apretara, de tan llenas como están de garabatos árabes retorcidos de un azul roto y frío. Sus piernas hacen que te duelan las tuyas.

Los travesaños son muy delgados. No te lo esperabas. Cilindros delgados de hierro envueltos en fieltro de seguridad mojado y resbaladizo. El olor del hierro mojado a la sombra te hace sentir un sabor metálico. Cada travesaño se te clava en las plantas de los pies y te deja una marca. Las marcas se clavan hondo y duelen. Te sientes pesado. Cómo debe de sentirse la mujer corpulenta que tienes por encima. Los pasamanos a los lados de la escalera también son muy delgados. Parece que no puedan sostenerte. Confías en que la mujer también se coja bien. Y, por supuesto, desde lejos parecía que hubiera menos travesaños. No eres estúpido.

Subes hasta la mitad, a la vista de todos, la mujer corpulenta por delante de ti, un hombre robusto, calvo y musculoso bajo tus pies. El trampolín todavía está lejos en lo alto y es invisible desde aquí. La tabla retumba y hace un ruido batiente, y un chico al que puedes ver a lo largo de unos cuantos pies a través de los finos travesaños de la escalera cae trazando una línea resplandeciente, con una rodilla abrazada contra el pecho, y se zambulle al estilo bomba. Un enorme signo de exclamación de espuma aparece en tu campo visual, se disgrega y se desmorona sobre el enorme borbotón. Luego, el murmullo del tanque curando de nuevo su superficie azul.

Más travesaños delgados. Agárrate fuerte. La radio se oye más alta aquí, uno de los altavoces colocado sobre una de las entradas de cemento de los vestuarios te queda a la altura de los oídos. Un tufillo húmedo y frío sale del interior del vestuario. Te agarras fuerte a las barras de hierro, te doblas, miras hacia abajo y a tu espalda y puedes ver a la gente comprando chucherías y refrescos allí abajo. Puedes verlo todo desde arriba: la cima blanca y limpia de la gorra del vendedor, los envases de helado, las neveras de latón humeantes, los tanques de sirope, las serpientes de las mangueras de soda, las cajas abultadas de palomitas saladas recalentadas por el sol. Ahora que estás en lo alto puedes verlo todo.

Hace viento. Cuanto más alto llegas más viento hace. El viento es fino; cuando sopla a la sombra te enfría la piel mojada. Con el fondo de la escalera y a la sombra tu piel se ve muy blanca. El viento te produce un silbido agudo en los oídos. Faltan cuatro travesaños para el final de la escalera. Los travesaños te hacen daño en los pies. Son delgados y te demuestran cuánto pesas. En la escalera pesas mucho. El suelo te quiere de vuelta.

Por fin puedes ver lo que hay por encima de la escalera. Ves el trampolín. La mujer está ahí. Tiene dos caballones de callos rojos y de aspecto doloroso en la parte posterior de los tobillos. Está de pie al principio del trampolín y le miras los tobillos. Ahora estás por encima de la sombra de la torre. El hombre corpulento que hay debajo de ti está mirando por entre los travesaños de la escalera el espacio que la mujer tiene que atravesar.

Ella se detiene durante el instante que dura un latido del corazón. No hay ni rastro de lentitud. Te quedas helado. En un abrir y cerrar de ojos llega al final del trampolín, toma impulso hacia arriba, luego hacia abajo, el trampolín se comba hacia abajo como si no la quisiera. Luego asiente, rebota y la arroja violentamente hacia arriba y hacia fuera. Sus brazos se abren para trazar el círculo y de pronto desaparece. Se esfuma en un parpadeo oscuro. Y pasa tiempo antes de que oigas el impacto allí abajo.

Escucha. No parece apropiado, esa manera de desaparecer durante el tiempo que transcurre hasta que se oye el ruido. Como cuando tiras una piedra en un pozo. Pero te da la impresión de que ella no piensa lo mismo. Ella era parte de un ritmo que excluye el pensamiento. Y ahora tú también te has convertido en parte de él. El ritmo parece ciego. Como las hormigas. Como una máquina.

Decides que es necesario pensar en esto. Después de todo, puede ser apropiado hacer algo temible sin pensarlo, pero no cuando lo temible es el propio hecho de no pensar, Ion cuando resulta que el penar es inapropiado. En algún momento los detalles inapropiados se han amontonado hasta cegarte; el aburrimiento fingido, el peso, los travesaños finos, el dolor en los pies, el espacio segmentado por la escalera en encuadres unidos solamente mediante una desaparición en el tiempo. El viento en la escalera que nadie hubiera esperado. La manera en que el trampolín sobresale de la sombra para entrar en la luz y no puedes ver más allá de su extremo. Cuando todo resulta distinto a lo esperado uno tendría que ponerse a pensar. Es lo que habría que hacer.

La escalera está atestada debajo de ti. La gente está apilada, separados los unos de los otros por unos pocos travesaños. La escalera está conectada a una nutrida cola que retrocede y traza una curva hasta la oscuridad de la sombra escorada de la torre. La gente de la cola tiene los brazos cruzados. Los que están al pie de la escalera están ansiosos y miran todos hacia arriba. Es una máquina que solamente se mueve hacia delante.

Subes a la lengua de la torre. El trampolín resulta ser muy largo. Tan largo como el tiempo que pasas en él. El tiempo se ralentiza. Se condensa a tu alrededor mientras tu corazón late cada vez más veces por segundo y sus latidos abarcan todos los movimientos del sistema de la piscina allí abajo.

El trampolín es largo. Desde donde estás parece estrecharse hasta la nada. Te va a enviar a alguna parte que su propia longitud te impide ver y parece inadecuado entregarse a esto sin pararse a pensar.

Mirado de otro modo, el mismo trampolín no es más que una cosa larga, plana y delgada cubierta con una sustancia plástica blanca y áspera. La superficie blanca es muy áspera y tiene motas y rayas de un color rojo pálido y acuoso que sin embargo nunca deja de ser rojo para convertirse en rosa: viejas gotas de agua de la piscina que atrapan la luz del sol vespertino sobre las montañas escarpadas. La sustancia blanca y áspera del trampolín está mojada. Y fría. Los pies te duelen por culpa de los travesaños delgados y tienen una sensibilidad exacerbada. Se resienten de tu peso. Hay barandillas en el principio del trampolín. No son como las barras laterales de la escalera. Son gruesas y están muy bajas, de modo que casi tienes que agacharte para cogerte a ellas. Solamente son de adorno, nadie se coge a ellas.. Agarrarse lleva tiempo y altera el ritmo de la máquina.

Es un trampolín largo, frío, áspero y blanco de plástico o fibra tic vidrio, veteado del mismo color triste cercano al rosa que las golosinas baratas. Pero al final del trampolín blanco, en su extremo, en donde te apoyas con todo tu peso para hacer que te arroje lejos, hay dos zonas de oscuridad. Dos sombras planas bajo la luz del sol. Dos formas ovales difusas y negras. El final del trampolín tiene dos manchas sucias.

Son de toda la gente que ha pasado antes que tú. Mientras estás aquí de pie tus pies están reblandecidos y marcados, doloridos por la superficie áspera y mojada, y ves que las dos manchas oscuras las ha hecho la piel de la gente. Es piel erosionada de los pies por la violencia de la desaparición de gente provista de un peso real. Más gente de la que podrías contar sin perderte. El peso y la erosión causada por su desaparición deja trocitos de pies reblandecidos, migas, grumos y tiras de una piel sucia, oscurecida y morena cuyos trocitos diminutos y deslavados se ven a la luz del sol al final del trampolín. Se amontonan, se deslavan y se mezclan. Se oscurecen formando dos círculos. Fuera de ti el tiempo no transcurre en absoluto. Es asombroso. El ballet vespertino que tiene lugar allí abajo se mueve a cámara lenta, con los movimientos pesados de mimos sumergidos en jalea azul. Si quisieras podrías quedarte aquí encima para siempre, vibrando tan deprisa por dentro que flotarías inmóvil en el tiempo, como una abeja flotando sobre alguna sustancia dulce. Pero tendrían que limpiar el trampolín. Cualquiera que lo piense un segundo se dará cuenta de que tendrían que limpiar del extremo del trampolín toda esa piel de la gente, esas dos huellas negras de lo que queda del pasado, esas manchas que desde aquí detrás parecen ojos, ojos ciegos y bizcos.

El sitio donde estás ahora es tranquilo y silencioso. La radio grita al viento y chapotea en otra parte. No hay tiempo ni más sonido real que tu sangre chillándote en la cabeza.

Estar aquí en lo alto comporta visiones y olores. Los olores son íntimos, recién blanqueados. Es ese peculiar aroma floral de la lejía, pero de su interior emanan otras cosas hacia ti como una nieve sembrada de hierba. Notas un olor intenso a palomitas amarillas. A un aceite dulce y tostado como el de los cocos calientes. Deben de ser perritos calientes o maíz tostado. Un rastro diminuto y cruel de Pepsi muy oscura en vasos de papel. Y ese olor especial a toneladas de agua emanando de toneladas de piel, elevándose como el humo de un baño reciente. Calor animal. Desde lo alto es más real que nada.

Míralo. Puedes verlo todo en toda su complejidad, azul y blanco, marrón y blanco, bañado en un destello acuoso de color rojo cada vez más intenso. Todo el mundo. Esto es lo que la gente llama una vista. Y sabías que desde abajo no te podía parecer que estuvieras tan alto aquí arriba. Ahora ves qué alto te encuentras. Sabías que desde abajo no se puede saber.

El tipo que tienes debajo te dice, con la vista clavada en tus tobillos, el hombre calvo y corpulento: Eh, chico. Quieren saber. ¿Tienes pensado pasarte todo el día aquí o qué te pasa exactamente? Eh, chico, ¿estás bien?

Todo este tiempo ha habido tiempo. No puedes matar al tiempo con el corazón. Todo ocupa tiempo. Las abejas tienen que moverse muy deprisa para permanecer quietas.

Eh, chico, te dice. Eh, chico, ¿estás bien?

Brotan flores metálicas en tu lengua. Ya no hay tiempo para pensar. Ahora que hay tiempo no tienes tiempo.

Eh.

Lentamente ahora, atravesándolo todo, surge una mirada que se extiende como las ondas que aparecen en el agua cuando lanzas algo. Mira cómo se extiende desde la escalera. Tu hermana, a la que acabas de ver, y sus amigas blancas y delgadas, señalándote. Tu madre mira hacia la parte menos profunda de la piscina donde estabas antes y pone la mano en forma de visera. La ballena se agita y se sacude. El socorrista levanta la vista, la niña que le agarra la pierna levanta la mirada, echa mano al megáfono.

Debajo para siempre hay una terraza áspera, chucherías, música tenue y metálica, ahí abajo donde solías estar. La cola está abarrotada y no permite marcha atrás. Y el agua, por supuesto, solamente es blanda cuando estás en su interior. Mira hacia abajo, Ahora se mueve bajo el sol, llena de monedas duras de luz dotadas de un resplandor rojizo a medida que se alejan y se funden con una niebla que es la sal de tu propio sudor. Las monedas estallan formando lunas nuevas, cascotes alargados procedentes de los corazones de estrellas tristes. El tanque cuadrado es una sabana fría y azul. Lo frío es una modalidad de lo duro. Una modalidad de la ceguera. Te han pillado desprevenido. Feliz cumpleaños. ¿Creías que ya había pasado? Sí y no. Eh, chico.

Dos manchas negras, un momento de violencia y desapareces en el pozo del tiempo. La altura no es el problema. Todo cambia cuando vuelves abajo. Cuando impactas con todo tu peso.

Entonces, ¿cuál es la mentira? ¿Lo duro o lo blando? ¿El silencio o el tiempo?

La mentira es que haya que elegir entre una cosa y otra. Una abeja quieta y flotante se mueve demasiado deprisa para pensar. Desde lo alto la dulzura la hace enloquecer.

El trampolín asentirá y tú saldrás despedido, y los ojos de piel podrán cruzar a ciegas un cielo empañado de nubes, la luz horadada se vaciará detrás de esa piedra afilada que es la eternidad. Que es la eternidad. Pisa la piel y desaparece.

Hola.

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