LOST IN CONTEMPLATION OF WORLD

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CINE POLACO: The Lure / Córki dancingu

 

Por: Mónica Heinrich V.

Los gringos la titularon The Lure (El señuelo) pero la traducción literal del polaco sería: Hija del baile. Creo que ambas son aproximadas y ad hoc a lo que veremos en pantalla.

Esta es una revisión del conocido cuento de Christian Andersen “La Sirenita”. ¿Lo recuerdan? la historia triste y patética de este ser mitad humano mitad pez que anda babeando por un príncipe y que siente cierta añoranza por lo que no es: humana.

Disney nos entregó algo edulcorado con final feliz, tal cual lo necesitamos teniendo en cuenta que en la vida real los finales felices son más bien esquivos.

La cineasta Agnieszka Smoczynska tiene una visión aún más sórdida que la de Andersen. Olvídense de Ariel y su cepillo-tenedor, o del carismático cangrejo cantando “Bajo el mar”, nuestras sirenitas (son dos) actúan como femmes fatales, los humanos las ven como objetos sexuales (más animales que personas) y bajo toda esa apariencia núbil, las sirenitas tienen colmillos y los usan.

Una familia de músicos se encuentra ensayando a la orilla de una playa y se topa con un par de hermanitas sirenas: Golden y Silver. El encuentro pinta a las sirenas como adolescentes juguetonas y a la familia como oportunistas que rápidamente intentarán sacarle partido a las chicas.

En ese interludio sabremos que las sirenas pueden transformar su cola en piernas a su antojo y que solo basta regarles un poquito de agua a las piernas para que la viscosa cola aparezca de nuevo. También veremos que no tienen orificio vaginal, ahí donde deberían ir sus cositas femeninas está tapado como cuerpo de muñeca.

Adoptadas por el cabaret donde la familia trabaja, Silver queda prendada del rubio hijo de la matriarca de la banda. Golden le advertirá que no puede enamorarse de un humano. Siguiendo la línea argumental de Andersen si ella se enamora de un humano y el desgraciado se casa enamorado de otra mujer, ella se convertirá en espuma.

Smoczynska lanza esta ópera prima con el guion del experimentado Robert Bolesto que el año pasado tuvo créditos como guionista en The Last Family.

Una de las sorpresas del filme llega cuando te das cuenta que estás ante un musical, un musical muy raro y extravagante. Otra sorpresa es que el musical va mutando a comedia negra, a thriller y a gore. Es un filme multigénero con los riesgos y fallas que eso conlleva.

A esa cosa divertida y alocada en cuanto a propuesta, se le suma las actrices Marta Mazurek como Silver, y Michalina Olszanska como Golden, dos chicas polacas talentosísimas y versátiles.

The Lure está inmersa en los 80s y las sirenitas son caníbales. Hay en la historia una analogía al abuso que sufren los inmigrantes y también se remite a los despertares a situaciones amorosas, sexuales y laborales.

Mención aparte la dirección de arte y el vestuario, mucho cariño y pienso en esta película.  El logrado efecto de las colas y la fotografía son otros dos puntos que nos reconcilian con cierto “apuro” para concluir el filme.

Lo que quizás aleja al espectador de una sensación más satisfactoria es que el golpe de efecto musical de esta versión de La Sirenita (que es también una historia de amor, de vampirismo y de sacrificio) pierde fuelle muy rápido. Su aspiración a abarcar muchos géneros termina pasándole factura y dejando un resultado global más bien irregular.

La salva la sordidez y una suerte de originalidad a pesar de estar contando una historia tan vista y manoseada.

Lo mejor: arte, vestuario, personajes excéntricos y situaciones alocadas Lo peor: no terminó de cuajar La escena: la de la doña con las sirenitas y ellas mamando y la operación Lo más falsete: es una película de extremos así que tiene más licencia para jugar con lo falsete El mensaje manifiesto: no te safriqués por pelotudeces El mensaje latente: NO TE SAFRIQUÉS POR PELOTUDECES El consejo: para verla una tarde de domingo El personaje entrañable: las hermanitas El personaje emputante: el choco de mierda y el dueño del cabaret El agradecimiento: por una experiencia interesante que difícilmente olvidaré.

Si ya la viste,puntúa la película!

CINE: Dunkirk / Dunkerque

Por: Mónica Heinrich V.

En el filme Their Finest (2016) se aborda con humor el rodaje de una película post-Operación Dynamo diseñada para manipular a la opinión pública sobre la mayor retirada militar de la historia. El protagonista que interpreta a un guionista dice: “Alguien tiene que escribir la bazofia”, con bazofia se refiere al argumento propagandístico de las películas de la época. En dichos argumentos intervenían hasta los ministros para asegurarse de un correcto y útil uso del cine. Ese mismo personaje se verá ante la disyuntiva de contar una “mentira” y crear héroes ficticios reconstruyendo lo sucedido en Dunkerque. Para justificarse dirá con cinismo: “todos escogemos nuestras verdades”.

Es evidente que Cristopher Nolan con su Dunkirk también escogió la suya.

Antes de evaluar el resultado global de la película de Nolan, vale la pena reconocer que estamos ante un hermoso filme. Visualmente cuidado, fotografiado con la magia y el talento del suizo Hoyte Van Hoytema (Her, Interstellar, Spectre), un notable departamento de arte y vestuario con excelentes recreaciones y además la música machacona del gran Hans Zimmer imprimiendo angustia y desazón en los momentos indicados.

Nolan, por su parte, dirige esta película sin perder su impronta: el juego de los tiempos tantas veces visto en su filmografía, el privilegiar el efecto sobre el contenido y un sólido manejo de la tensión.

Así, el cineasta inglés toma el “milagro de Dunkerque” y lo convierte en película.

Se conoce como “el milagro de Dunkerque” a la evacuación exitosa de casi 400.000 soldados ingleses, franceses y belgas de las costas francesas durante la Segunda Guerra Mundial.

Dunkirk está narrada desde tres escenarios, tres temporalidades, tres grupos de hombres: 1) Soldados en Dunkerque en tierra luchando por sobrevivir en el transcurso de una semana 2) Un trío de rescatistas civiles a bordo de una embarcación en el transcurso de un día y 3) Un trío de pilotos ingleses en el transcurso de una hora tratando de controlar los cielos mientras el rescate se consigue.

Hay aciertos en las decisiones de Nolan a la hora de presentar su historia: uno de los más grandes es la presencia abstracta de los nazis como sinónimo de amenaza y muerte; en esa misma línea la ausencia de un montaje paralelo de oficinas o cuarteles con políticos y grandes generales tomando las decisiones también es destacable, porque para los soldados en peligro esas figuras eran nombres en los que no se pensaba cuando solo se trataba de sobrevivir; otro punto alto es el protagonista que no es un protagonista descollante, que es uno más de los 380.000 esperando el rescate; funciona, también, la historia entrelazada entre la playa, el mar y el aire, la guerra abarcándolo todo y hasta el juego de los tiempos demostrando que la guerra en una semana, un día, una hora, sigue siendo igual de jodida y peligrosa.

Este guion lleva en la mente de Nolan veinticinco años, aunque por su magnitud decidió esperar y ganar más experiencia haciendo otras películas antes.

El británico sabía lo que quería: una película compacta (es su película más corta junto con Following (1998), su ópera prima), sin sangre a borbotones y anclada en el suspenso y la supervivencia.

Los primeros 30 o 40 minutos de Dunkirk son emoción, sugestión, y sutileza en partes iguales. Nolan te mete de a poco en la impotencia de esa gente atrapada y abandonada a su suerte. Es a partir del último tramo donde Nolan adopta el camino más convencional ya conocido del género: ir cerrando la historia de tal manera que el halo heroico caiga aunque estés tratando de decir que en la guerra todos perdemos.

Los personajes terminan de volverse en contra del guion cuando este intenta desarrollarlos, por ejemplo el chico al que le chantan el detalle telenovelesco pero que tiene tiempo para contar anécdotas sobre su deseo de trascender como héroe: escena más cercana al último cine pipoquero y decadente de Spielberg. Lo mismo sucede con Tom Hardy como Farrier. Sus últimas secuencias donde renuncia a hacer lo más lógico y sucede algo más bien improbable, son el remarcado a un estoicismo barato que vende. Finalmente, el cierre del filme solucionado con la lectura del periódico o el discurso de Churchill, fue un recurso muy facilista para una película que prometía más riesgos.

Si bien cuenta con actores más que cumplidores (Mark Rylance, Kenneth Brannagh, Tom Hardy, Cyllian Murphy) hay pocos diálogos pero los pocos que se dijeron se me antojaron cursis, discursivos y forzados.

Con esto no quiero decir que no vale la pena ver Dunkirk, Nolan a pesar de los peros a su trabajo filma con maestría un gran espectáculo. Porque esa es la palabra que se le acomoda: “espectáculo”. Un espectáculo al servicio de una emoción básica como es el arraigo al hogar. El trailer de la película no deja lugar a dudas: “Cuando 400.000 soldados no pudieron regresar al hogar, el hogar fue por ellos”.

En la realidad, esa más descolorida y menos heroica, el milagro de Dunkerque fue la hasta hoy inexplicable decisión de los altos mandos nazis de no “rematar al enemigo”. El ejército de Hitler pudo dar una estocada mortal a los aliados y no lo hizo. Hay muchas teorías: su incapacidad estratégica, las ganas de Hitler de esperar a su escuadrón favorito para continuar y llevarse la gloria, reservar las fuerzas de sus tropas para una operación más importante o llegar a un acuerdo diplomático con Inglaterra.

Sí, ya sé: esta es una ficción no una lección de historia, pero como una película que usa la muletilla de “basada en una historia real” crea sí o sí imaginarios sobre hechos históricos. También está claro que la grandilocuencia de Nolan no aspira a hacer una película sobre la guerra, él mismo lo ha dicho en entrevistas, su visión es más bien la de un thriller de supervivencia,  aunque esas sean las intenciones verbalizadas del director el jolgorio de la llegada con que se recibe a los soldados, las tomas de las pequeñas embarcaciones acompañadas de música épica hacen exactamente lo que la película tibiamente cuestiona: sirven de inspiración unificadora para seguir mandando hombres al frente de cualquier batalla: Si nuestros soldados tienen problemas no importa el tipo de guerra que sea, hay que apoyarlos, eso es ser héroes.

Entiendo que el contrapunto es el trauma del personaje de Murphy, el shock de los soldados al verse recibidos como héroes a pesar de que es obvio que se trata de una derrota. La luz de la película, sin embargo, elige dirigirse a los civiles que uno rescatan a sus soldados y dos los reciben con amor en su retorno a casa.

Mientras Nolan concluye su filme con un sentimiento patriótico sobre el gran espíritu inglés (muy acorde a estos tiempos del Brexit) podemos olvidar un segundo que las embarcaciones civiles no solo fueron inglesas, también mandaron sus embarcaciones Francia y Bélgica. Olvidaremos también que el perímetro que posibilitó el rescate era sostenido por siete divisiones de soldados franceses, muchos de los cuales fueron capturados o asesinados por los nazis después de la evacuación exitosa de la Operación Dynamo. No se mencionará la significativa contribución de las tropas indias. No vale la pena saber que los soldados varados fueron reclutados entre los millones de desempleados británicos, que estaban pobremente armados y no tenían motivación alguna para morir en una guerra que aún no entendían. Tampoco interesa que semanas después, y lejos de heroísmos, Paris fue invadida por los alemanes.

Nada de eso importa, lo que pasó a la historia es la creencia hábilmente construida por Churchill del “espíritu de Dunkerque”, Nolan escoge esa verdad y la lleva hermosa pero algo vacía a la pantalla gigante.

Lo mejor: un acabado hermoso. Lo peor: cierta cosa patriotera disfrazada de relato thrillerintimista de la guerra La escena: la secuencia inicial que define el tono de la película, y por tensión la escena cuando se descubre que Gibson es francés  Lo más falsete: la ceguera al pedo del chico, la actitud del personaje de Rylance todo preocupado por los soldados y que le importa tres carajos el chico herido, la subida del grupo al barco encallado en zona enemiga, el espíritu de Dunkirk El mensaje manifiesto: se escogen las verdades El mensaje latente: es fácil manipular a los demás para que crean tu verdad El consejo: ¡Vela en versión subtitulada! Además de las opciones siempre en VIP y más costosas del Cinemark, el Multicine está poniendo horarios hermositos para ver películas subtituladas. Nada como el cine en versión original. El personaje entrañable: los 40.000 soldaditos que se quedaron defendiendo el boliche mientras el resto se evacuaba El personaje emputante: los hombres que toman las decisiones que terminan con la vida de tanta gente  El agradecimiento: porque es una película filmada impecablemente.

CURIOSIDADES

  • Sabiendo que los soldados que estuvieron en Dunkirk eran jóvenes sin experiencia, Nolan quiso contratar para sus soldados actores desconocidos.
  • A Nolan se le pagó 20.000.000 de dólares y el 20% de la taquilla, el mejor acuerdo logrado por un director desde el que consiguió Peter Jackson en el 2005 cuando hizo King Kong.
  • La película usó cerca de 50 embarcaciones reales, la mayor cantidad de barcos puestos en escena hasta la fecha.
  • Es el tercer filme escrito enteramente por Christopher Nolan: los otros fueron Following (1998) e Inception (2010).
  • Michael Caine sale en Dunkirk. Su voz se escucha en los intercambios por radio con el piloto que interpreta Tom Hardy. Esta sería la séptima participación de Caine en un filme de Nolan.
  • El sonido del reloj que se escucha en la película fue grabado por Hans Zimmer de un reloj de bolsillo que usa Nolan.
  • Cuando la emergencia de Dunkerque ocurrió, Churchill levaba como Ministro apenas 16 días.
  • Es la quinta participación de Cyllian Murphy en un filme de Nolan.
  • Es la sexta participación de Hans Zimmer en un filme de Nolan.
  • El guión tenían 76 páginas.
  • Se usaron alrededor de 1000 extras.
  • Cuatro contingentes de soldados indios participaron en la resistencia de Dunkerque.
  • Es la décima película de Nolan, sin contar un corto y un documental que hizo. Es la primera película ambientada en una guerra y la primera que hace basada en un hecho real.
Si ya la viste,puntúa la película!

CINE BELGA: L´economie du couple / Después del amor

Por: Mónica Heinrich V.

Todos comenzamos una relación con la mayor de las ilusiones, con embeleso. El principio del amor es lindo, ñoño, ves a la otra persona como si fuera lo único, lo ideal, lo mejor. Luego, si tenés suerte, esa idealización muta a un sentimiento maduro que afianza la unión o, si no tenés suerte, el amor se acaba para dar paso a eso que queda después del amor.

El director belga Joachim Lafosse filma una historia que levanta la sábana del cadáver descompuesto de una relación. Marie (Bérénice Bejo) y Boris (Cédric Kahn) tuvieron una relación de 15 años que se terminó. La película arranca cuando ambos ya están tratando de lidiar con la separación más la responsabilidad de sus hijas gemelas.

El motivo nunca es claramente explicado aunque se puede intuir que la diferencia socioeconómica, las frustraciones del rol de cada uno dentro de la familia y la insatisfacción general hicieron lo suyo para que lleguen a ese punto.

Quizás a simple vista parezca que Lafosse ha optado por un naturalismo que no dice mucho y repite constantemente que estos dos personajes ya no se soportan, pero este naturalismo funciona como cámara vouyerista que muestra de a poco y con ritmo pausado las fisuras, las heridas que dejan años de una vida juntos.

Excelente la escena de la cena con los amigos, la certeza que la separación no es solo entre ambos, sino que involucra cada aspecto de sus vidas.

Demoledores los diálogos y los silencios entre seres que se amaron y que ahora ya no.

Una separación supone también cierta burocracia, cosas prácticas que hay que definir, separación de bienes, qué se lleva cada quien, términos de la custodia de los hijos, términos de la relación entre ambos, etc…Esa burocracia contrasta enormemente con los sentimientos a flor de piel que manejan los afectados.

L´economie du couple o llamada en español Después del amor no se mueve entre histerias gratuitas o como un espeso drama de pareja. Es más bien una mesurada y sincera mirada a esa atrofia del “nosotros”.

En los pequeños detalles es cuando Lafosse encuentra la manera perfecta de conmover al público. Ejemplo: La escena en que las niñas bailan Bella de Maítre Gims y luego se une Boris, y Marie se queda viendo aquello que es un momento de felicidad y se une al baile con el corazón hecho pedazos, es la mejor escena de toda la película y la que describe a cabalidad la irreductibilidad  de lo que termina.

La actriz argentina Bérénice Bejo, recordada por su papel en The Artist, entrega una bella actuación como la hastiada Marie, mientras que Cédric Kahn aporta una gran silueta al contenido Boris. El par de gemelitas es la dosis de ternura que genera simpatía del público, después de todo: la separación asumida por los adultos tendrá su impacto en esas dos inocentes niñas y el espectador sufre por ellas.

El guion del mismo Lafosse, de Fanny Burdino y de Mazarine Pingeot, describe con singular delicadeza y realismo eso que alguna vez todos hemos visto en parejas amigas que no consiguieron salir indemnes de la fase de embeleso.

Hace mucho tiempo en un churrasco una amiga en pareja me dijo al oído: “No sabés cómo me emputa que fulano respire”. La diferencia entre esa declaración y la película es que en la película los personajes se ahorraron años de empute.

Lo mejor: es certera como una bala Lo peor: jodidita La escena: la de la cena con los amigos y la del baile en familia Lo más falsete: el giro de la niña cuando pasa lo que pasa casi al final El mensaje manifiesto: cuando el amor termina, termina El mensaje latente: qué triste que es El consejo: no prolongués tus años de empute El personaje entrañable: las niñas El personaje emputante: la madre/abuela alcahueteando a Boris El agradecimiento: por la mirada sincera.

CURIOSIDADES

Es la primera película no “trágica” del director Lafosse.

El director Lafosse tiene un hermano gemelo.

Se hicieron ensayos alrededor de 6 semanas antes de la filmación.

El actor Cédric Kahn fue elegido a último momento.

La actriz Berenice Bejo fue la primera opción para Lafosse.

Si ya la viste,puntúa la película!

CINE ISLANDÉS: Hrútar / Rams /El valle de los carneros /

Por: Mónica Heinrich V.

 

¿Se acuerdan de esa maravillosa película de David Lynch llamada The Straight Story? Pues los islandeses tienen su visión de una animadversión fraterna y, como no puede ser de otra manera, involucra carneros.

Gummi (Sigurður Sigurjónsson) y su hermano Kiddi (Theodor Júlíusson) llevan 40 años sin dirigirse la palabra. Tal cual. ¡40 años! Hay que tener mucho rencor acumulado para vivir uno al lado del otro (literal) y no soltarse ni un “buenos días”.

Ambos ya están bastante mayores y son incapaces de dar su brazo a torcer. Lo único que los une es esa tierra que al ser heredada partieron en dos para que hagan de su vida un poncho sin joder al otro. Cada uno tiene su granja, cada uno tiene sus carneros.

Esta “guerra fría” cambia cuando una epidemia de scrapi afecta al rebaño de Kiddi y provoca que todos los rebaños de la pequeña comunidad se vean comprometidos.

Es justo decir que además de la misteriosa relación entre los ancianos hermanos, lo que termina importándonos es la suerte de los carneros. Por supuesto.

SPOILER

Una parte de mí sufrió mucho simpatizando con ese amor desmedido de Gummi por su rebaño, y la decisión de preservarlo a pesar de que el protocolo contra la enfermedad conllevaba eliminar a todos los animales y que pasen años antes de volver a tener un carnero.

Sé que fue un acto egoísta, pero al ver la situación y ponerme en sus montañosos zapatos, pues así nomás es. Yo también metía a todos los carneros posibles en mi baño, en mis cajones, debajo de mi cama, en mi bolsillo, donde haga falta.

Sí, lo más fuerte visualmente está relacionado con el rebaño, pero mientras esperas que todos los carneros vivan, subrepticiamente tenemos el conflicto latente entre los hermanos y la repentina alianza que se da para salvar el rebaño de las brigadas sanitarias. #todossomoscarneros

SPOILER FINAL

El tono que maneja la película es exactamente el tono que necesita:, un tono frío, gris, con nevados paisajes, pintando la vida apacible del agricultor, los rituales de la comunidad rural, las pequeñas alegrías y tristezas de personajes cuyas decisiones giran en torno a sus animales.

Grímur Hákonarson dirige y escribe Hrútar con un estilo artesanal, de ese que cuenta una casi diminuta historia para luego abrir un abanico rico y profundo de posibilidades.

El cine islandés ha dado grandes películas como Noi, el albino (reseñada ACA) y aunque Hrútar nos conduce a un final anticlimático, las peripecias de Gummi, Kiddi y los carneros se hacen un confortable lugar en nuestra memoria.

Esta es una película tranquila, pausada, con toques de humor negro, en el fondo lo que termina ganando es una sensación de tristeza, tristeza por la vejez, tristeza por las relaciones rotas por huevadas, tristeza por la soledad, tristeza.

Lo mejor: dice mucho con pocos elementos Lo peor: el final puede resultar anticlimático La escena: cuando Gummi “acaba” con su rebaño Lo más falsete: la resolución El mensaje manifiesto: este tipo de historia íntima funciona El mensaje latente: el cine islandés la rompe El consejo: para verla con calma y paciencia El personaje entrañable: los carneros y los ancianos hermanos El personaje emputante: los que quieren liquidar a sus carneros El agradecimiento: por un lenguaje sencillo, diáfano y conmovedor.

CURIOSIDADES

  • Fue presentada por Islandia como su candidata al Oscar para Mejor Película Extranjera el 2015.
  • Filmada con la Alexa Arri y lentes anamórficos
  • Los dos actores principales que salen de hermanos son actores muy conocidos en Islandia, en la película también participan verdaderos granjeros sin experiencia actoral.
  • Los carneros aparecen en los créditos como actores.
  • Dura apenas 93 minutos.
  • Se vendió a 40 territorios.
  • La historia se basa en una historia que el papá del director le contó sobre dos conocidos que eran hermanos y llevaban enojados 40 años.
  • Se hizo casting de carneros, el director quería estar seguro que tuvieran un carnero lindo para la pantalla pero que fuera dócil para manejar.
  • El director dijo estar inspirado por Aki Kaurismäki, Roy Andersson y Bent Hammer.
Si ya la viste,puntúa la película!

CINE: Alien: Covenant / Wonder Woman – Mujer Maravilla/ Guardianes de la Galaxia Vol. 2

Por: Mónica Heinrich V.

Estamos bombardeados de blockbusters así que no queda nada mal bombardear spoilers. Avisados están.

ALIEN: COVENANT o la falacia del bicho malo

Quiero romper una lanza a favor del bicho/los bichos de Alien: Covenant. Déjenme decirles que la tripulación de Covenant (toda, incluidos los que están en estado de soponcio) merece que los bichos los penetren, naden en medio de sus órganos, los succionen cual bombilla en un vaso de milkshake y los hagan estallar sangrientamente.

Es más, si no existieran los xenomorfos apuesto mis pertenencias terrenales y divinas que esos pendejos igual encontrarían una manera estúpida de morir. Hasta un caniche ciego acabaría con sus vidas.

Ridley Scott vuelve a las viejas mañas, las que hicieron naufragar a Prometheus (reseñada ACÁ), y nos cuenta una historia que ya hemos visto no una sino cien veces: Tripulación reputada, re-tarada, re-inútil explora planeta desconocido para lidiar con desconocidos bichos extraterrestres mientras un conocido droide malo es el master puppet del rancho.

John Logan (Gladiator, 007:Spectre, El último samurai, Hugo) y Dante Harper (debutante) son los dueños de los deditos a los que acusaremos del guion. Deditos pillos que crean personajes como Orum (Billy Crudup) un fulano acomplejado que toma las riendas de la nave y las peores decisiones que he visto en pantalla desde las que se tomaron en la fallida Interstellar (reseñada ACA) y las no menos terribles de la tripulación de Life.

Daniels (Katherine Waterstoon) va de allá pa acá en desacuerdo con Orum pero siguiendo sus órdenes sin un peso partido al medio de criterio como el resto del equipo. ¿No se supone que estos sujetos que desprestigian la profesión del astronauta, al científico espacial o el concepto de ser humano evolucionado, fueron entrenados, son las mentes más brillantes de su rubro, detalles por los que se les encarga un bollo de boludos durmiendo o embrionando?

El resto de la tripulación está ahí solo para que los guionistas tengan cuerpos a disposición mientras avanza la película y nos den un festín de vísceras y sangre. Menos mal que el actor mexicano nominado al Oscar Demian Bichir no muere entre los primeros, aunque su papel pasa sin pena ni gloria como futura comida alienígena.

Bueno chicos, tratemos de no morir estúpidamente

¿Se acuerdan de Dave/David (Michael Fassbender) de Prometheus? El susodicho regresa malo y solemne como en la película del 2014 y lo hace x dos. Sí, sí, hay otro droide igualito a él llamado Walter. Ni bien se encuentran Dave hace un extreme makeover y queda físicamente idéntico a Walter. Nadie se pregunta porqué lo hace, nadie sospecha nada de nada, porque claro, los básicos terrícolas andan corriendo por oscuros pasadizos tratando de salvar sus miserables vidas.

Como marca registrada, los intentos de hacer trascendente la franquicia llevan a Ridley a crear todo un discurso filosófico sobre la creación, la humanidad de las máquinas y la reacción de las personitas en situaciones difíciles. Me aburro.

No hay una sola escena memorable. Una sola. Si alguien piensa que existe una escena WOW hágamelo saber en los comentarios porque me la perdí. Lo único medianamente anecdótico sería el beso a beso de Fassbender con Fassbender.

No hay misterio, no hay tensión, no hay coherencia, no hay flores en el campo, ni estrellas en el cielo, ni canela en tu capuccino, es como estar ante un mago decrépito que desea hacer el truco de sacar el conejo del sombrero y no hay conejo. NO HAY CONEJO.

Lo ves con penita, con ganas de irte y dejar de presenciar cosas que ponen tu corazón triste y tu alma cansada.

Alien: Covenant es un fan service barato. Cercana al desastre de Life, con la diferencia que se toma mucho más en serio a sí misma y no tiene un bicho carismático como Calvin que por sus propios medios consigue llegar a la tierra a barrer con todo.

#teamCalvin.

Lo mejor: que gustará a algunos fans Lo peor: no aporta nada nuevo al género ni a la franquicia La escena: la de Oram persiguiendo a David que ya  sabe es el villano y se meten a un cuarto donde hay un bollo como de plantas carnívoras y David le dice “mirá de bonitas” y el otro menso se asoma a pesar de que es OBVIO que no debería acercarse por ningún motivo! A partir de ahí es difícil tomarse en serio lo demás Lo más falsete: La que puse como la escena, y la de David siendo costurado por Daniels cuando supuestamente la nueva versión de droide se autocura de sus heridas. Imbéciles. El mensaje manifiesto: lo vintage puede vender tickets El mensaje latente: figurita repetida no llena álbum El consejo: mirala sin NINGUNA expectativa, tanto de la franquicia como del mamerto de Ridley Scott El personaje entrañable: los bichos cuando se comen a todos esos brutos con b gótica El personaje emputante: los brutos con b gótica El agradecimiento: por los bichos cuando se comen a todos los brutos con b gótica.

Si ya la viste, puntúa la película!

MUJER MARAVILLA o la falacia del feminismo

Ciertamente la directora Patty Jenkins tiene un currículum donde sobresale el filme Monster (el de Charlize Theron) y supongo que por esas credenciales la contrataron para que en Mujer Maravilla se venda la pomada de heroína feminista o emponderamiento femenino que ya se sugería en el cómic.

Hay que tomar en cuenta que el nacimiento de la Mujer Maravilla como personaje creado por William Moulton se da en otro contexto, sus pequeñas batallas personales como “mujer que rompe moldes” en ESE contexto están más que justificadas. La Mujer Maravilla nace en la Segunda Guerra Mundial, sin contraparte masculina y como miembro de la famosa Trinidad que conforma junto a Batman y Superman. Desgraciadamente, estamos ya en el 2017 y si querés romper moldes, rompelos y hacelos añicos de verdad.

Acá no se rompe ni una tacita de té, porque Wonder Woman como ligero canapé puede ser digerido sin mayores sobresaltos. Tiene protagonistas lindos (sí, los feos no son héroes a menos que sean directamente deformados como La Mole), tiene un trasfondo problemático (la primera guerra mundial puede ser el escenario ideal para que la chica Barbie feminista se luzca), tiene personajes carismáticos (indio, turco, escocés, la secretaria, etc.) y se une al universo de Batman (no debe faltar un galán a futuro, claro). Más de lo mismo.

Esta nueva propuesta de DC no me emocionó en demasía pero asistí a su desarrollo narrativo sin mayores exigencias, porque Mujer Maravilla es eso: una película que gira en torno a Mujer Maravilla y nada más.  Es la presentación de un personaje, de un universo y la preparación para cuando dicho universo se revuelque con otros universos. También podemos afirmar que es de lo mejorcito que ha dado DC después de los fiascos que supusieron BvS (reseñada ACA) y Suicide Squad (reseñada ACA). Aunque este último argumento mueve a la risotada teniendo en cuenta que con semejantes comparaciones cualquier película de medio pelo sale bien librada.

Donde estoy en absoluto desacuerdo es en los ríos de tinta vertidos en críticas y sinopsis en las que se pone a esta película algo simplona como una revelación del género y lo que es peor venden a su protagonista como lo que toda señorita de buena crianza debería soñar ser: ¿fuerte? ¿independiente? ¿luchadora? Y bla bla bla.

Para ser honesta me aburre un poco incluso analizar esa visión, pero teniendo en cuenta que parte del Hype es anclado en ese paradigma, ni modo.

¿Llevame a la tiendita de la esquina, Steve?

Para empezar Diana (Mujer Maravilla) vive en su isla de amazonas sin preocupación alguna hasta que el personaje de Chris Pine aparece. O sea, caballero galante le dice “oye nena, el mundo no es lo que pensás que es. Mientras vos soñás con maripositas preñadas afuera hay una hecatombe”. Ella no puede valerse sola en ese mundo inexplorado por lo que tiene que irse sí o sí con el fulano recién llegado. El fulano es el que la lleva y la trae por todos lados y quien además termina decidiendo el curso de sus acciones incluidos los trapos que se pone, mientras ella observa lo que pasa con sorpresa, indignación y/o embeleso. El fulano es quien hace el sacrificio mayor, ella cual doncella del medioevo está lloriqueando al descubrir que se equivocó, que el ser humano es bien cochinito y rastrero. El fulano va y se inmola y como consecuencia de esa muerte ella agarra fuerza y valor para enfrentar a Ares. Luego se pasa décadas añorándolo cual Penélope para volver a sonreir gracias a la relación epistolar con Batsy.

Los comentarios sobre el físico de la protagonista son los que sirven de gags constantemente, y lo peor: la boquita de Diana suelta todo un discurso cursi y naif sobre el amor y el ser humano que no se lo escucharíamos nunca a un súper héroe masculino, ni siquiera al calzonudo de Superman o al insulso de Capitan América.

La película explora una veta filosófica en la que Diana descubre y asume que Ares (el villano) no existe, que son los seres humanos los que hacemos las guerras, los que matamos gente, los malos, los mezquinos, admiraría al guionista si se hubiera apegado a esa línea, si el arco narrativo se mantenía. Sin embargo, vuelve a su precepto inicial y cuando estamos murmurando en la butaca: “Ah, esto es lo que le ven, por eso tiene buena puntuación en el rotten”, pum nos pincha el globo y muestra a un Ares real, un bigotón tan ridículo y estridente que poco aporta a una tercera parte del filme que ya viene muy accidentada.

El guionista no es otro que Allan Heinberg, un debutante en la pantalla gigante y cuyo currículum rezuma cursilería al ser el responsable de episodios televisivos para Gilmore Girls, Greys Anatomy, Scandal, OC, Sex and the City, Party Of Five.

Si tomamos a Wonder Woman como una película solo para entretener la pupila y disfrutar sin culpas, su discurso cursi de la vida puede equipararse a los que balbucean algunas animaciones de Disney o Pixar y zafa, sino tenemos una película muy bien filmada, con un guion flojito flojito, una linda protagonista y con la parafernalia necesaria para hacerse un hueco en el mundo de súper héroes.

Alcanza para un momento de solaz, de esos en los que no importa que una Barbie humana te diga que lo que importa es el amor, siempre y cuando te lo diga enfundada en un entallado vestuario que resalta sus atributos y con muchos slow motions para que los disfrutemos a pleno.

No tengo ni ganas de remitirme a los cómics, pero si les interesa les diré que una vez más se han pasado por el ojete la historia de los cómics. Lo único fidedigno es el personaje de Steve Trevor como el tipo que cae en la isla, lo que sigue después que Diana lo salva es un saludo a la bandera que estos crispines llaman “adaptación” y que en realidad quiere decir: “hice lo que me dio la gana”.

La actuación de Gal Gadot está al nivel de la de Henry Cavill (Superman), claro que Gal es más simpática. Imaginarme un duelo de ceños entre ambos fuera de los que vimos en BvS (Batman Vs Superman) me dejó tranquila sabiendo que en un futuro cercano no sucederá dado que el cuerpo del hombre de acero se encuentra enterrado a una buena profundidad.

Lo mejor: no es aburrida y la música estuvo buena Lo peor: ¿qué carajos es eso de que esta doña con  discurso de princesa Disney, guiada/adoctrinada por el personaje de Chris Pine es feminista? La escena: cuando cosita se lanza a toda madre contra las filas enemigas Lo más falsete: la tipa que creyó en ella muere por defenderla y la Diana panchota, también toda la secuencia del baile y la aparición de Ares El mensaje manifiesto: si lo disfrazás bien consigue engañar El mensaje latente: ponele más azúcar y nos volvemos diabéticos El consejo: para verla con Coca Cola, Snickers, Pipocas, Nachos con queso y cualquier elemento ad hoc a la plasticidad El personaje entrañable: Charlie El personaje emputante: ella y él El agradecimiento: porque Batsy devolvió la foto que es TAAAAN importante para Diana.

Si ya la viste, puntúa la película!

GUARDIANES DE LA GALAXIA o la falacia de todo lo que no es baby Groot

Hace ya tres años salió la primera Guardianes de la Galaxia (la reseña ACA). No voy a mentir: llené un balde de baba por Groot y quedé en estado de viudez cuando se sacrificó por todos NOSOTROS. Esa pequeña ramita creciendo y bailando en una macetita ha sido el pensamiento que me ha sacado de hondas tristezas en los últimos años.

(insertar música de autoayuda ochentera)

Esperaba la secuela con un gran letrero de “Bienvenida”, pensando que Jimmy (el director James Gunn) llenaría las expectativas de seres humanos cuyo único momento de Felicidad se da cuando se apagan las luces en una sala de cine.

Y justo cuando nuestra espera ya entraba a la guardería, Jimmy aparece con este Vol. 2. Oh, Jimmy. Jimmy. Jimmy.

Resulta que Groot ya creció un poquito pero ese cerebringo no está muy desarrollado por lo que a veces confunde las cosas o entiende mal, lo que lo convierte en el personaje más honesto del boliche. Sí, baby Groot a las claras actúa y se mueve con la ignorancia y la mamertez derramadas por todas sus ramas, el resto se las da de muy cools y muy guerreros y muy autosuficientes y en la práctica son un cero al cuadrado.

esa sonrisa con la que esperás ver el mundo arder

Ok. La primera entrega era también un espectáculo de colorida, musical y divertida idiotez, pero tenía a su favor la novedad.

Con la novedad muerta y enterrada, hay que remar en dulce de leche, y Jimmy (Oh, Jimmy) trata de ponerse “creativo” insertando más personajes, más tramas ocultas, más ridiculez, todo en onda hiperbólica tanto que al final te empachás y solo deseás que acabe de una maldita vez.

A favor de Guardianes de la Galaxia Vol. 2 diré que tiene momentos, secuencias que nos reconocilian con Jimmy y el universo: La aparición de Stallone, las intervenciones de Mantis, las de Yondu, y lo más importante: absolutamente todas las pequeñas y grandes apariciones de él, de baby Groot.

En la esquina opuesta tenemos la música pegada a fuerzas a la acción, algunos gags que no funcionan, el entramado del guion donde no hay hilo lógico y el excesivo tunchi tunchi de acción planetaria que se vuelve muy redundante. El despropósito mayor es Ego (Kurt Russell) que aparece como padre-planeta-sermultidimensional-dios-pelotudoequis que se presenta a Peter Quill muy al estilo Darth Vader con un “Soy tu padre”. El tipo anda todo seductor y maquiavélico para luego hablar un montón de huevadas que echan por tierra los planes que forjó durante años. Ego podría dictar un cursillo en la CAINCO que se llame: Cómo destruir tus planes en 1 sencillo paso.

Técnicamente, la pandilla entera está viviendo en Ego (recuerden que es un planeta) y Ego nunca se entera de nada de lo que traman ellos ni su empleada/esclava Mantis. Ego podría dictar otro cursillo en la CAINCO que se llame: Cómo ser un Dios y no enterarte de un carajo.

Pensar que en el cómic original Yondu (Michael Rooker) es uno de los fundadores de Los Guardianes de la Galaxia me hace reflexionar sobre la también falacia de eso llamado apariencias y de esa práctica grosera llamada tergiversación de hechos.

Así es queridos, Yondu en el cómic es uno de los patriarcas, de los propios, no un pelotudo secuestrador de niños o descendientes. Jimmy lo pone como un villano en Vol. 1 y luego le da el cambiazo en Vol. 2, para no perder esa bella costumbre del casette ochentero: Lado 1 y lado 2. En realidad, las intenciones macabras de Jimmy son usar al pobre Yondu para matarlo y que se implante en nuestra memoria como el “daddy” muerto de Peter.

Nada de eso nos importa, bueno, nada de eso me importa. No me importa, Jimmy. La posibilidad de ver a baby Groot creciendo, robando pantalla al trochi mochi, me invita a pensar que Jimmy planea que compremos entradas de las próximas entregas solo para ver a este adorable ser.

Bien jugau, Jimmy, bien jugau.

Lo mejor: baby Groot Lo peor: se siente larga A PESAR de baby Groot La escena: cuando baby Groot va a buscar la aleta de Yondu y cuando baby Groot tiene que elegir los botones Lo más falsete: Ego y sus cursillos básicos en la CAINCO El mensaje manifiesto: si la película fuera solo de baby Groot sería mucho más divertida El mensaje latente: Queremos más baby Groot! El consejo: comprate el muñeco de baby Groot y Groot El personaje entrañable: a que no lo adivinan: BABY GROOT El personaje emputante: Ego, Peter Quill El agradecimiento: por BABY GROOT y los extras finales donde baby Groot es adolescente y vive masturbándose.

Si ya la viste,puntúa la película!

CINE: Get out / Huye

Por: Mónica Heinrich V.

Es difícil desprenderse del encanto de Get Out.

Ese encantito que nace de ver a una película de terror concebida bajo los cánones más comerciales arañar o más bien dicho exprimir, cual naranja en máquina de hacer zumos, un tema tan espinudo como el racismo.

A primera vista, podemos reconocer la parodia que maneja el guion hacia la élite de blancos liberales (probables votantes de Trump) y a la asunción de status quo que hacen los personajes negros casi hasta el final. La parodia es identificable, y genera ese sentimiento acá conocido como “dar cosita” porque claro, más allá de los gags, de los giros, de la fórmula, se está hablando de algo que existe y el miedo siempre nace de lo real.

Antes de continuar, no se olviden que voy a salpicar SPOILERS, sobre aviso no hay engaño. Prosígome.

Como película de terror/suspenso funciona, y funciona muy, muy bien. La amenaza “racista” se vuelve siniestra y ya de entrada genera incomodidad: 1) Un chico negro pasea por barrio jailón, de noche, diciéndose a sí mismo que no debería estar ahí, un auto se le acerca y el chico empieza a preocuparse en serio. Todo se pone muy Trayvon Martin. 2) Chris – chico negro- que está yendo a conocer a sus suegros le pregunta a Rose- chica blanca – si ellos “saben”. O sea, si saben que el novio a ser presentado es pues “oscurito” (palabra que le escuché a un guía turístico dominicano para describir a los habitantes de Harlem y dejar bien marcada la diferencia con Central Park).

El padre (Bradley Withford) y la madre (Catherine Keener) lucen encantadores, “volvería a votar por Obama”, dice el padre como si Chris por ser negro fuera de hecho partidario de Obama, y como si el ser partidario de Obama te hiciera por extensión pro comunidad negra. También lo llena de expresiones cómplices como “my man” y durante toda la película Chris recibe comentarios de los blancos que pretenden ser “inclusivos” pero que están basados netamente en el color de su piel.

En la casa viven dos negros que trabajan como ama de llaves una y como jardinero otro, personajes extraños que están para ir sembrando la duda de que algo está mucho más mal de lo que nos imaginamos.

Existe, también, el comic relief (alivia el suspenso y la densidad de la narrativa) en la figura de Rod Williams (LilRel Howery) que es el mejor amigo de Chris y trabaja como guardia de seguridad y quien a través del teléfono esgrimirá argumentos racistas hacia los blancos.

Si se fijan, yo misma estoy hablando de negros y blancos, separándolos y designándolos por raza porque la película está anclada en una concepción binaria del mundo o de lo que quiere parodiar del mundo. ¿Es ese el objetivo de la película? ¿esa bipolarización de razas tan abismal que al hacer las reseñas acabemos separando los unos de los otros en una clara analogía de lo que se critica? ¿Los Armitage son realmente la familia liberal que queremos odiar o son una familia enferma que finge ser eso para atraer a sus víctimas? ¿Esta ausencia de grises no es, nuevamente, cavar sobre el mismo pozo del que se está tratando de salir?

Creo que con todas sus buenas intenciones y aún asumiendo que el filme solo está haciendo un comentario social y su leit motive es hacer una película de terror funcional, me deja un ruidito raro, como cuando la gente se queja del “whitewashing”, o como cuando se pide más negritud o latinidad en los Oscar, o como cuando el director, Jordan Peele, habla de que “hay voces negras que pueden contar una buena historia” y todo su discurso parte y termina desde su color de piel.

Esto me recuerda un libro que se llama Del prejuicio al racismo: Perspectivas Psicosociales, que reúne a varios autores y sus teorías sobre el racismo, los prejuicios, la competencia social, la identidad cultural y societal, la percepción social de la tortura, la influencia del proceso educativo y, en fin, una serie de elementos que son interesantes si se quiere entrar de lleno al tema y no conformarse solo con una película mainstream. (Acá el link: Libro para descargar) Del libro rescato el término racismo aversivo, un término que habla sobre la negación del racismo, es decir: sos racista pero sinceramente creés que no lo sos.

Ya echándole una mirada al guion, escrito por el mismo Peele, la primera hora de Get Out resulta interesante, rica en momentos turbios, mostrando esa nice white racist people que la película quiere desnudar ante los ojos del espectador y que es tan fácil detestar. Sin embargo, tengo problemas con la segunda parte, cuando se revela el juego de la familia y percibo que la historia termina a trompicones, faltando más coherencia.

¿Si los abuelos habitaban al jardinero y a la empleada, por qué no eran tratados como si realmente fueran parte de la familia y no como sirvientes? ¿No hubiera sido eso aún más freak: todos pasándolo chancho y los negros haciendo comentarios racistas también? La resolución de los algodones en los oídos es bastante chapucera y claro, hay cierta condescendencia con el personaje por la facilidad con la que al final termina saliendo victorioso. Eso es parte de la fórmula de este tipo de películas: salvarse de las maneras más estúpidas posibles, pero no sé, quizás por sus tempranas aspiraciones se espera algo más elaborado.

Y sí, mis pequeños seres multicolores, en esta película que toca el racismo: todos los blancos son villanos.

Actoralmente hay dos actores que merecen ser destacados: 1) Catherine Keener, que es una gran actriz y que lleva a su personificación de psiquiatra psycho a otro nivel y 2) me gustó mucho Caleb Landry Jones (Jeremy Armitage), como el volátil hermano de Rose, deseaba que haga más locuras hasta que podamos decir: “Esta mierda se va a descontrolar“.

Daniel Kaluuya (Chris) cumple, y el paso de la TV. a la pantalla gigante de Allison Williams (Rose) está más que correcto. El único que a ratos me producía disonancia (sobre todo al final) fue el guardia que cargaba en sí mismo el peso del humor más evidente de la película. Pasaba algo muy malo, y ¡zas! venía el gordito bonachón a lanzar su chiste.

Igual, Get Out con sus contradicciones y tomada solo como una descarada apuesta del género llega a sorprender y, en algún retorcido nivel, fascinar por partes iguales. La ayuda la coyuntura y eso que los Armitage dicen cínicamente: está de moda.

A principios de año George Bush criticaba el racismo generado tras el triunfo de Trump en las elecciones americanas “No me gusta el racismo, no me gustan los insultos, y no me gusta que la gente se sienta marginada. A nadie le gusta eso”, decía uno de los mayores impulsores del odio hacia lo musulmán.

En esa paradoja descansa el éxito de la película. Una buena parte del público que se asquea con Get Out se siente muy tranquilo consigo mismo pensando que no es racista, sí: “yo, nunca sería, haría o diría algo así”, pero oh, sorpresa, en un mundo donde ya no se puede hablar de razas “puras”, donde no existe nadie que no esté mezclado con otra cultura, en lo profundo de cada uno de nosotros subyace algún tipo de racismo.

Eso es lo más tétrico de todo.

Lo mejor: funciona y da espacio para un montón de debate y reflexión a pesar de su cariz comercial Lo peor: su resolución, un poco torpe y que la película en sí misma es una paradoja La escena: la secuencia del primer encuentro con la familia, la corrida del jardinero en la noche El mensaje manifiesto: ahora se vive una suerte de racismo aversivo El mensaje latente: ese racismo aversivo puede que sea hasta peor porque está enmascarado El consejo: verla en el cine, con la mejor calidad posible y con idioma original subtitulado El personaje entrañable: el perro y el venado El personaje emputante: la crazy bitch de Rose El agradecimiento: porque está muy entretenida.

CURIOSIDADES

El director es hijo de una pareja interracial y él mismo está casado con una mujer caucásica.

Tuvo un presupuesto aproximado de 5.000.000 $us. y ha recaudado casi 140.000.000 $us.

Se filmó en 28 días en Alabama.

Peele se inspiró a hacer la película cuando en un stand up Eddy Murphy le dijo que tenía que ir a visitar a los padres de su novia blanca. Dos películas en las que también se inspiró fueron La noche de los muertos vivientes, y The Stepford Wives.

Allison Williams (Rose) es una de las actrices principales de la popular serie de HBO: Girls donde interpreta a Marnie.

Eddy Murphy fue elegido para protagonizar la película, pero el director lo pensó y decidió que era muy mayor para el papel.

El final original contemplaba a Chris siendo arrestado por la policía por los asesinatos de la familia Armitage. Peele creyó que su audiencia necesitaba un final feliz, dado que en el momento que escribía el guion estaban surgiendo muchos casos de abuso policial hacia la comunidada afroamericana.

Missy hipnotiza a Chris con el sonido de su cuchara batiendo su taza de té o café. El sonido es una simbología de privilegio.

Chris se salva agarrando algodón, literalmente. Otra simbología más.

El apellido Armitage es un homenaje a una historia de Lovecraft: The Dunwich Horror, relato en el que la familia Armitage era la villana.

La voz que sale en la TV y que dice constantemente “A mind is a terrible thing to waste” es la voz del director, Jordan Peele.

Si ya la viste,puntúa la película!

CINE COREANO: The Handmaiden /Agassi/ La Doncella

Por: Mónica Heinrich V.

Esta es una historia de amor, una historia de amor entre Park Chan Wook y yo.

Corría el año 2003 cuando este director coreano impactaba con su famosa OldBoy (reseñada aquí) y así, porque las cosas importantes suceden en grande, se me quedaban grabadas para siempre las notas de Farewell, My lovely, la terrible conciencia de que se puede devorar poéticamente a un pulpo vivo y la certeza que Choi Min Sik es un actorazo.

La juventud no me había preparado aún para sentimientos tan corrosivos como la venganza, y de pronto la tuve delante mío a 24 sangrientos frames por segundo. Cómo la disfruté.

Sí, Park Chan Wook, encargate de todos los que le hicieron daño a nuestro personaje principal, sí, Park Chan Wook, encargate de nuestro personaje principal también. Hacelos talco a todos. ¡A todos!

Esa cita romántica despertó una infatuación que me llevó a repasar toda su filmografía existente (el amor es un poco stalker) y a esperar toda su filmografía venidera (el amor es un poco freaky) y a aceptar hasta sus tropezones, léase Stoker (el amor perdona huevadas).

Antes de sumergirnos de lleno en la película que nos atañe, tengo que meter con calzador otro de mis clímax amorosos parkchanwooknianos: Im a Cyborg but that´s OK, que no he reseñado pero que desde la lluviosa Santa Cruz les digo: hay un tatuaje en mi corazón con forma de máscara de conejito que late y late recordándomela cada cierto tiempo. Y porque #yolo (you only live once), diría la “filosófica” juventud de hoy ajena a sentimientos tan corrosivos como la venganza, tiro esto para pescar algún lector que se anime a verla:

La bella y loca: Im a Cyborg but Thats Ok

Ahora pasemos a The Handmaiden. (para los despistados: con Spoilers)

Park Chan Wook deja a Nicole Kidman, los curas vampíricos, los hospitales psiquiátricos en pos de una historia de época.

Estamos en la década de 1930, y Corea vive bajo la ocupación de Japón. Una chica joven llamada Sook-hee es enviada como criada/empleada doméstica/handmaiden a la casa de la heredera japonesa Lady Hideko, pa más señas la Agassi. En la cabecita de ambas hay un macabro plan.

La historia está contada en tres partes. Tres partes que son necesarias para ver las cochinaditas que realmente hay detrás de cada personaje principal. Sook-hee no es solo sumisa y medio analfabeta, Hideko no es la inocente y pura heredera que será corrompida por un Conde. El Conde no es el adinerado y noble hombre que aparenta ser.

The Handmaiden es un juego de seducción y una especie de rompecabezas cuyas piezas van encajando de a poco bajo la mano siempre serena de él, de Park Chan Wook.

El coreano trabaja nuevamente con su coguionista Seo- Kyong Jeong y juntos hacen que el espectador viaje por todas las emociones y trampas que atraviesan los personajes.

Hay, también, una carga de erotismo bien resuelta, por lo que las escenas eróticas y sexuales entre Sook-hee y Hideko además de exponer desnudez son muy, muy bellas. Creo que más allá de una concepción de erotismo basada en la idea de ver chutas a dos asiáticas estrujándose, hay algo que lo sustenta a nivel emotivo como cuando Sook-Hee destruye los libros que era obligada a leer Hideko o como cuando Sook-Hee le dice a Hideko que su madre la amaba.

Fiel a su costumbre, y parte de su sexy encanto, el director no escatimó en su diseño de producción: las locaciones son excepcionales, la dirección de arte, el vestuario, la luz, todo está tan cuidado que uno solo puede imaginarse la meticulosidad con que ha trabajado, y la música, la música envuelve a la película con un halo de lirismo que la hace aún más hermosa.

No, damas y damos, yo no soy como la canción de Shakira: Bruta, ciega, sordomuda, pobre, traste, testaruda, y sí, sí puedo ver lo que se le objetaría a The Handmaiden, hay algunos aspectos de la historia que carecen de lógica o que son innecesarios o que se pueden resolver de manera más fácil (el viejo dejando a la tipa con el fulano ese rondándola, la entrada al manicomio, la narcotizada del Conde, la captura del Conde, etc..) o hay personajes que parecen estar como perros guardianes (la ama de llaves) y que luego si te he visto no me acuerdo.

Lo acepto todo y lo abrazo cual anaconda por su elevado estilismo, por su capacidad de retorcimiento, por lograr que dos horas se pasen volando con un argumento que en otras manos sería un arma suicida y por hacer que hasta el final cursi y la encubierta referencia política te valgan dos pepinos.

Mientras salen los créditos, vos estás ahí, en tu butaca o en tu cuarto, frente a tu TV., haciéndote más tatuajes, este en forma de dedal, así recordarás que Sook-hee y Hideko se liberaron porque a veces, solo a veces, se puede ser feliz o rozar lo que eso significa.

Lo mejor: la belleza Lo peor: algunos cabos sueltos La escena: la del dedal, la del títere, cuando le dice lo de la mamá El mensaje manifiesto: nada es lo que parece El mensaje latente: pocas cosas sobreviven en la mentira El consejo: verla, con la mejor calidad posible y con idioma original subtitulado El personaje entrañable: las chicas El personaje emputante: el tío perver El agradecimiento:  por Park Chan Wook.

P.D. Agradezco al lector de la página que me pasó de manera muy temprana el link para descargar la película y que tercamente no vi esperando el milagro del visionado en pantalla gigante, hasta que se hizo evidente que ese milagro, al igual que el respeto por los árboles cruceños, no llegaría.

CURIOSIDADES

The handmaiden se basa en el libro Falsa identidad (pueden descargarlo en pdf aquí : Falsa-Identidad) de la escritoria británica Sarah Waters.

La película dura 144 minutos. El corte del director dura 168 minutos.

Tuvo un presupuesto estimado en casi 9 millones de dólares y ha recabado más de 36 millones alrededor del mundo.

Fue filmada desde junio a octubre del 2015.

Los actores coreanos tuvieron que aprender japonés para las partes que eran habladas en ese idioma, Kim Min Hee (Hideko) lo aprendió tan bien que en Cannes fue aplaudida por la prensa nipona.

Tae Ri Kim (Sook Hee) era fan de Kim Min Hee (Hideko) y cuando hizo la audición no sabía que ella era la otra protagónica. Cuando Park Chan Wook le preguntó quién era su actriz favorita, ella dijo Kim Min Hee, lo que dejó encantado al director.

Tae Ri Kim fue elegida en un casting de 1500 actrices.

Antes filmar Park Chan Wook mandó el guión a Sarah Water, que dijo haberlo disfrutado pero que le parecía que la película debía presentarse más que como una adaptación como “Inspirada por”.

The Handmaiden fue vendida a 116 distribuidoras antes de su estreno.

Para la escena de desnudos, todo el crew masculino tuvo que salir del set.

La escena fue coreografiada minuciosamente junto a Park Chan Wook, que hizo los ensayos previos con cámaras y las actrices vestidas. Fue filmada en las primeras semanas de rodaje para liberar del stress al equipo y a las actrices.

Se filmó con la cámara Arri Alexa Plus.

Si ya la viste,puntúa la película!

CINE BOLIVIANO: De Native Son a Viejo Calavera

De Native Son a Viejo Calavera

El cine boliviano que pude ver viviendo fuera

 

Javier A. Rodríguez-Camacho
Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá
Pablo Barriga Dávalos
Cineasta

A los de mi tanda nos crió la internet, no en vano la web es lo más parecido que tengo a un hogar. Si ese arraigo fuera poco, desde que vivo en el extranjero mi interacción con lo nacional tiene lugar casi exclusivamente por medio de las redes sociales. No sorprende, pues, que el filamento que une estos fragmentos surja allí. A mediados de 2016 una amiga que estudia literatura en los Estados Unidos acababa de ver Hadaka no shima de Kaneto Shindo y aprovechó Facebook para compartir su sorpresa ante la similitud existente entre el paisaje rural japonés y el altiplano boliviano, aportando la evidencia de algunos fotogramas de Ukamau (1966). Pero el plausible parecido entre el Titicaca y el mar de Seto la llevó a arriesgar más, proclamando al director de La nación clandestina “el más japonés” de los cineastas bolivianos. Lo que esa afirmación obviaba era la posibilidad de que Shindo y Sanjinés pudiesen compartir léxicos sin ser específicamente “japoneses” ninguno de los dos, resultando sus coincidencias estilísticas una consecuencia de adscribirse a las mismas influencias internacionales que, uno podría presumir, imperaban en el cine periférico y autoral en la década de los sesenta.

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Se trataba −lo sabemos al leer completo un post que juega con la presunta similitud fonética entre hadaka y ukamau, o el honorífico ‘san’ enquistado en el apellido del cineasta paceño− de una hipótesis más lúdica que ingenua o antojadiza. Si bien los seis años entre Ukamau (1966) y Hadaka no sima (1960) daban para que Jorge Sanjinés se hubiese topado con el filme nipón en algún festival internacional, el auténtico descubrimiento consiste en una intuición sencilla: particularidades al margen, los de Shindo y Sanjinés son estilos que registran en un rango sospechosamente común. Es decir, no es raro que en un mundo hiperconectado en el que la ubicuidad de la pantalla estandariza nuestras transacciones en el lenguaje audiovisual, un realizador coreano afecte un estilo similar al de un colega salvadoreño, pero en los sesenta y cuando el acceso al cine como medio aún era restringido, esa proximidad no puede ser accidental.

***

La película boliviana que generó mayores comentarios y discusión en 2016 fue Viejo Calavera (Kiro Russo, 2016), algo constatable tanto en redes sociales como en otros medios, donde el grueso de lo que se dijo fue elogioso. Alcancé a verla en su premier cochabambina, pues un compromiso académico permitió mi presencia en la ciudad en unas fechas de otro modo inviables. Mis retornos se suelen restringir a los días de Navidad y Año Nuevo, una temporada en que la cartelera queda huérfana de productos locales. Lógico, con Star Wars y Tolkien no hay cómo competir. Puede ser que Socavón Cine, la asociación de realizadores detrás de Viejo Calavera, eligiesen esas fechas en una hábil maniobra de contraprogramación. Quitando Rogue One (Gareth Edwards, 2016), fue la única película que fui a ver al cine en esta vacación. Que escogieran la breve ventana entre los blockbusters de fin de año y un enero acaparado por las películas nominadas al Oscar, nos dice mucho sobre la productora. Amén de manifestar el deseo de competir en el mercado del cine en Bolivia, sugiere alguna disonancia entre lo que imaginan que su producto es −el director de Viejo Calavera afirmó en una entrevista que su filme era cine «verdaderamente boliviano»− y lo que el público ve en ella. Viejo Calavera recaudó una tercera parte de lo que vendió La Herencia (Christian Calvo, 2016). Un 20% menos que la última de Sanjinés, Juana Azurduy, guerrillera de la patria grande (2016) −a lo mejor, una comparación más relevante. Tal vez la elección de diciembre es una casualidad que estamos exagerando en analizar; fue el único hueco que les quedó en agenda después de pasarse el año entero de festival en festival. Como fuere, Kiro Russo no mentía: le faltó decir que su obra era el cine “verdaderamente boliviano” que esperaban aquellos festivales en los que a Viejo Calavera le fue tanto mejor que en la taquilla local.

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Desde 2009, excepto Casting (Denisse Arancibia, Juan Pablo Richter, 2010) y Las bellas durmientes (Marcos Loayza, 2012), cuyos estrenos coincidieron con mis visitas a Cochabamba, el poco cine boliviano que he podido ver –en salas, sin recurrir a lo inconfesable− lo encontré en festivales extranjeros. Zona Sur (Juan Carlos Valdivia, 2009) fue la última película nacional que vi todavía viviendo en Bolivia. Por eso me alegró toparme con la opera prima de Kiro Russo en medio de mi visita. Tenía gracia poder verla en la misma sala en la que, poco antes de mi partida, se estrenó la de Valdivia. Ambas con presencia de sus elencos y directores, aunque en el caso de Zona Sur con un muy superior despliegue promocional, incluyendo canales de televisión, gigantografías y unos lujosos press books que se imprimieron tan a montones que hasta yo alcancé a quedarme con uno.

Cuando llegué al cine, uno de la oligopólica cadena de multiplexes presentes en el país, se me hizo raro ver esa cantidad de público en un día y horario inusuales para premieres. Muchos de los presentes eran mineros llegados desde Huanuni, aunque más que esa solidaridad gremial me sorprendió la ausencia de los críticos y periodistas locales, que no habían faltado al estreno de Zona Sur. Considerando los elogios que les mereció Viejo Calavera y la disparidad en la infraestructura financiera de cada estreno, uno se los imaginaba compartiendo su entusiasmo con el público de este evento. Habían convertido sus feeds de Facebook en un conteo regresivo al estreno, y no aparecían en las fotos de la premier paceña que colgó la productora en dicha plataforma. Ahora me percato que en esa expectativa incurrí en otro tic de generación y clase, considerando las redes sociales un barómetro significativo. En ese momento pensé que, en la combinación de los numerosos screenings privados que tuvo Viejo Calavera y las demandas de la vida social de un sábado por la tarde, se tendría que hallar la explicación de esa inasistencia.

La película me pareció correcta, con un nivel superior a la factura habitual del cine boliviano. Eso es todo. Tardé unas semanas en entender porqué no encontraba el Hamlet de las minas[1] o el caudal de amor cinéfilo que otros vieron en ella.[2] A mí me recordaba, y era esto lo que me causaba intranquilidad, a The Passion of the Christ (Mel Gibson, 2004). De a poco, los rituales del adviento me lo aclararon: la de Gibson es una película que se erige no como un producto narrativo, pretendiéndose en cambio un objeto devocional. No un ícono, más bien la pura forma que se plasma en las estatuillas del niño Jesús que decoran tantos pesebres. Bajo esa luz, la carencia de desarrollo narrativo en Viejo Calavera dejó de parecerme un defecto, pues comencé a entenderla como un elemento básico de su esencia, la probable explicación de su éxito en el circuito de festivales internacionales.

Con su fotografía que llama la atención sobre sí misma una y otra vez −hasta aturdir igual que los azotes que soporta Jim Caviezel− Viejo Calavera es una película en la que Elder Mamani, los mineros de Huanuni, los personajes, el sujeto fílmico nacional, se convierten en pura imagen. En la medida que concreta esa intención, Viejo Calavera señala el triunfo de la forma en nuestra cinematografía. Mejor dicho, el triunfo de una forma particular de hacer y entender el cine en Bolivia. Algo que la crítica no ha pasado por alto, quebrando la unanimidad de las reseñas publicadas antes del estreno del filme. Celebrar los productos que certifican éxito foráneo, particularmente cuando ese capital simbólico se entronca con las redes establecidas entre periodistas, difusores, realizadores y afines, es un rasgo típico de nuestra mentalidad semicolonial. Aunque tampoco alcanza para festejar que, a dos meses del estreno de Viejo Calavera, se entrevea una reacción contraria −un backlash detectable en las ahora no escasas reseñas negativas. Esto porque ese monodiscurso también es representativo de nuestro limitado ecosistema de actividad y pensamiento artístico. La homogeneidad en la opinión crítica boliviana no se construye como un consenso, reflejando en cambio las carencias de quienes se dedican a escribir sobre arte en Bolivia. Su alergia a la polémica es un mecanismo para evitar que se carcoman las redes que antes mencionábamos, de prevenir que se complejice el discurso y rebase las capacidades del sistema.

***

Cualquiera con dos minutos de paciencia para buscarlo en Google puede enterarse de los países, festivales y eventos por los que ha pasado una película boliviana. Resulta que no es tan raro que nuestro cine se difunda en el extranjero. Claro, no todos consiguen estrenar en Huelva, Busan o Morelia, pero parece que hay festivales hasta para el outsider art berreta de Tonchy Antezana. Lo que particularizó el éxito festivalero de Socavón Cine fue la amplitud y recurrencia de sus participaciones internacionales, los galardones que obtuvieron y el nivel de eventos en los que se presentaron. El descreimiento cínico puede llevarnos a pensar que esto también es resultado de las facilidades tecnológicas, ya que ahora no hace falta que rollos, DVDs y sobres plica crucen aduanas para siquiera intentar postular a un evento de este tipo. Algo de eso hay, aunque la mejor forma de disipar las sospechas consiste en repasar la trayectoria de las películas bolivianas estrenadas en tiempos de globalización y avances tecnológicos.

Dejando de momento de lado a Sanjinés, habría que comenzar esa revisión a mediados de los noventa. Enlazado a otros cambios políticos y sociales que vivía el país, en aquellos años se intuía un relevo generacional entre los cineastas bolivianos. Los realizadores que emergían se distinguían por estar familiarizados con el lenguaje televisivo y el vídeo como formato, en algún caso se habían profesionalizado en cine y se mostraban más al corriente de las tendencias internacionales que preocupados por situarse al amparo de los establecidos Eguino, Agazzi o Sanjinés. Se ha descrito con frecuencia este momento histórico como el «Boom del 95», una etiqueta irónica dada la dudosa fecundidad de tal pico productivo. De todos modos, lo que nos interesa es la aparición de Marcos Loayza y Juan Carlos Valdivia en el panorama cinematográfico local, posiblemente los primeros directores bolivianos que obtuvieron rotación internacional ya desde sus óperas primas.

Lo que de inmediato llama la atención en ambos casos es que tanto Cuestión de fe (Marcos Loayza, 1995) como Jonás y la ballena rosada (Juan Carlos Valdivia, 1995) toman sus significantes visuales y sitúan su acción en los ochenta. Una movida contraintuitiva en comparación con lo mucho que se esforzaron los artistas de los noventa por distanciarse de la década precedente. En el caso boliviano sucedía lo opuesto, pues esos ochenta y su asociación con el narcotráfico habían dado visibilidad internacional al país. Bolivia era el narcoestado de Scarface (Brian de Palma, 1983) y los reportajes de 60 Minutes; convenía mantener hasta cierto punto ese link. Así podría explicarse que tanto Loayza como Valdivia se preocupen porque ese elemento aparezca en sus películas, llegando la voluntad de un capo de la droga a poner en movimiento la trama de las dos.

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En otra simetría difícilmente casual, ambos filmes eludían arrogarse el tratamiento de la problemática sociológica nacional; lo que para unos sería una debilidad que repercutió en una representación naif de sus historias y personajes, pero que resonaba con la desmovilización que dominaba las tendencias del cine autoral de esos días. Hasta entonces se asumía que el valor del cine boliviano trascendente se explicaba por su contenido “sociológico”. Realmente un conjunto vago de saberes heredados, imprecisiones históricas y fabulación, que conectaba con sospechosa pulcritud a Velasco Maidana, Ruiz y Sanjinés, el rechazo de ese dogma ya podía valerles a los cineastas del «Boom del 95» para encontrar un espacio común con sus pares foráneos. El mejor ejemplo de ello lo tenemos en lo que sucedió en literatura latinoamericana y la llamada generación McOndo, que instaló una forma común, simplificada pero verosímil, de representarse. Por alguna razón en cine aquello no fue posible hasta la década siguiente.

No habiéndose concretado una vinculación continental, vista la explosión e irradiación del cine (juvenil, de bajo presupuesto e) independiente en los Estados Unidos, es curioso que ni Loayza ni Valdivia hubieran conseguido conectarse con la esfera del cine internacional autoral del modo en que Sanjinés lo hizo en su momento. Sin embargo, hasta ahí llega cualquier intento por analizar a los dos cineastas como parte de una misma cosa. Sus caminos se dividen a medida que el formato digital y una nueva batería de cambios políticos sobrevinieron en Bolivia.

Entretanto, durante los años de democracia pactada y hegemonía neoliberal, Valdivia y Loayza permanecieron ocupados cada uno a su manera. ¿La característica común? Su profunda desconexión del ámbito internacional. Incluso con Valdivia rodando publicidad en el D.F. y Loayza encargándose de dirigir un proyecto argentino como segunda obra, uno habría tenido que decir que sus debuts en el circuito de festivales internacionales fueron anecdóticos. Sí, puede que Cuestión de fe hubiera demolido todos los antecedentes en cuanto a premios internacionales recibidos por un largo boliviano, pero esa aura se disipó pronto. En veintidós años Loayza ha dividido su tiempo entre dos documentales alimenticios, un encargo, un experimento entre la comedia proletaria y el musical pop, y la ficción Las bellas durmientes… estrenada hace ya cinco años. Valdivia probó un camino a priori menos tortuoso, intentando sentar presencia en la industria mexicana, si bien regresó a Bolivia en los albores del así llamado Proceso de Cambio, para reinventarse en el arquetipo de “cineasta político” de esos tiempos.

¿Cuál fue entonces el motivo para la súbita desconexión que experimentaron durante largos lapsos de sus carreras los dos cineastas? Paradójicamente, puede que se deba a los particularismos que se permitieron. La sombra de Raúl Lara en el tratamiento visual de Loayza, extravagante para los habituados al esquematismo representativo del Grupo Ukamau, y la inmanencia de una Santa Cruz insólita para los que esperaban estampas andinas en el cine boliviano, en el debut de Valdivia, anulaban la posibilidad de conectar con los festivales que seguían abrazando a un Sanjinés en franco declive creativo. Unos festivales que, si nos permiten perfilar un planteamiento casi mercantil, demandaban de Bolivia un cine de indios. Pero, ojo, un cine de indios representados a la Sanjinés. Un experimento mental sugestivo consiste en preguntarse cómo le habría ido en Tokyo o Berlín a un filme que tocará la “temática indígena” con un arsenal radicalmente distinto a las modalidades clásicas que cultivaron el Grupo Ukamau y sus desgajes. No hay que olvidar que el aporte de ese colectivo pasa por vincular las formas tradicionales del audiovisual con una manera de interpretar la etnografía aymara, evitando arrebatar las correspondientes ortodoxias con su propuesta. También es cierto que, a diferencia del internacionalismo de los sesenta y setenta, la preeminencia de un individualismo posmoderno entre los abanderados del “circuito Sundance” (Soderbergh, Smith, Araki, Hartley) implicó que hubiera poco interés por temas y autores periféricos, a no ser que asumieran el cartel del exotismo −el cine de género, como sucedió en el caso asiático, podía cumplir tal función mejor que un cine de “denuncia” o etnográfico− o se restringieran al documental. Examinada la situación con perspectiva, si las condiciones materiales estaban dadas, las subjetivas no resultaban auspiciosas para el acople.

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Varios años mayor y veterano del sistema de estudios tradicional, Kaneto Shindo conecta apenas tangencialmente con la llamada Nuberu Bagu, la nueva ola japonesa; sin embargo, su trabajo se entiende mejor a la luz de ese movimiento que en la estela de un establishment identificable en Mizoguchi o el propio Kurosawa. La Nuberu Bagu fue primordialmente una reacción generacional fundada en el rechazo al sometimiento cultural que había provocado la ocupación estadounidense durante la posguerra. Ese carácter subalterno es un rasgo que comparte con los nuevos cines latinoamericanos, emergidos en contraposición a la industria estadounidense. Algo que se podría extender a los países europeos periféricos, cuyas cinematografías experimentaron remezones análogos en dicha década (Checoslovaquia, Portugal, etc.). Es más, retomando la comparación que puso a rodar estos fragmentos, hay atributos comunes que superan la proximidad temática; acentuada en el caso de Hadaka no shima y Ukamau al tratarse de intentos por representar la vida comunitaria ribereña. Enfocándonos en lo que hace al lenguaje visual, se percibe en estos nuevos cines un reconocimiento extra-ideológico a los grandes maestros soviéticos, el repudio de los encuadres convencionales y la sobriedad a menudo asociada a los relatos de época o de la vida rural, la reivindicación de los autores clásicos (Renoir, von Stroheim, Murnau, Dreyer), y un manejo de cámara que obedecía una elaboración teórica que aspiraba a adoptar el punto de vista del colectivo o, en caso contrario, del hombre común.

No hace falta introducirse en la minucia de cada uno de estos movimientos y sus integrantes para notar que hay numerosos procedimientos visuales comunes a la obra de Miklós Jancsó, Theo Angelopoulos, el primer Bertolucci y Jorge Sanjinés. Y, esto es lo que nos interesa resaltar, si algo comparten realmente estos realizadores es su pertenencia a la esfera de los llamados “autores globales”. Un grupo que transitaba festivales internacionales con asiduidad y éxito, por cuanto sabía manejarse en el léxico del cine autoral periférico, comprendían qué temas y cómo había que tocarlos para complacer los gustos del público foráneo sin condescender. Conscientemente o no, su obra no parecía aspirar a desbancar en Cannes a Visconti, Rohmer o Buñuel, pero mediante esos protocolos (formales) tácitos, tenían garantizado un espacio en Venecia, Berlín, Locarno o San Sebastián. El compromiso consistía, pues, en no escandalizar ni en el fondo ni en la forma −hay pocas cosas que molesten más a la ortodoxia progresista que el escándalo− a cambio de un sitio en la mesa de la gente grande. Si uno no se anda con cortesías críticas en su análisis, la canonización de Sanjinés responde en buena medida a su capacidad de elegir elementos del cine de masas y hacerlos pasar por relevantes a las formas de pensar (y pensarse) de una comunidad indígena.

Por supuesto, esa confluencia de estilos también obedece a un proceso natural, y hasta pasa por una simple derivación de la materialidad cinematográfica de aquello que se podría denominar el espíritu de los tiempos. Dicho eso, sería incauto creer que tal convergencia está libre de efectos colaterales. Quizás el principal sea un empobrecimiento de los modos de representar cierta experiencia local. Potenciar las formas de mayor inteligibilidad externa en desmedro de la complejidad representativa propicia un inmovilismo nocivo, ya que simplifica la manera en que los sujetos se piensan cinematográficamente y la hegemoniza. Puesto de otra manera: la razón por la cual la presencia de lo indígena en el cine boliviano “autoral” sea tan a menudo sinónimo de Jorge Sanjinés no podría ser más evidente. Un efecto perceptible no solo en sitios en que lo más cercano a un indio boliviano que han visto es a Reynaldo Yujra. Dar por buenas las formas adaptadas que Sanjinés propuso para representar facetas del “mundo aymara”, validadas como fueron por festivales extranjeros, resultó cómodo para el ecosistema crítico boliviano. Evidentemente, la idea no es desmerecer a Sanjinés, tan solo notar que cuando la manera autóctona de representar lo indígena no es tan distinta a la forma en que Angelopoulos examina los avatares de la Grecia rural, podemos estar ante el síntoma de algo que es todo menos casual.

 

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A diferencia del «Boom del 95», el siguiente gran demarcador en la cronología del cine boliviano se debe a las transformaciones políticas que vivió el país antes que a cambios generacionales. La crítica local no siempre lo ha entendido así, prefiriendo adoptar la denominación de «Boom del digital», señalizando la irrupción del formato en el cine de nuestro país a mediados de la década pasada. Los principales representantes de ese reset tecnológico fueron Rodrigo Bellott y Martín Boulocq, aunque ninguno produjo una obra relevante para definir este periodo. Si alguien se encargó de trazar el campo de representación en el que se moverían los primeros años del Proceso de Cambio, ese fue el director colombo-brasileño Alejandro Landes, quien le presentó al mundo a Evo Morales con el documental Cocalero, estrenado en 2007 en Sundance.

Poco más que un reportaje televisivo en lo formal y dotado de la profundidad ideológica de una canción de Manu Chao, la importancia del documental radica en que reestableció lo que desde ese momento se esperaría ver en el cine boliviano fuera de nuestras fronteras. Con Ruiz y Sanjinés desconocidos para el público internacional contemporáneo o convertidos en piezas de museo, los “indígenas” empoderados, nobles y ecologistas, con proyección internacional pero los pies asentados entre las masas, que puso Landes en pantalla, serían un rostro cinematográfico de Bolivia durante el resto de la década. No importaba que Evo fuese el líder de una corporación de campesinos quechua-hablantes distanciados una generación o dos de la así llamada “comunidad indígena”, o que su plataforma política tomase más elementos del desarrollismo y el populismo nacionalista que de un progresismo occidental estereotípico. Lo que a futuro tendría relevancia era que Landes propuso una narrativa capaz de capitalizar el interés que generó el personaje de Evo a nivel global, y varios festivales internacionales se mostraron atraídos. Ese mismo 2007 los máximos galardones de Sundance se los repartieron un documental en torno a la violencia callejera y corrupción policial brasileñas y un drama mexicano sobre migración ilegal a los Estados Unidos. ¿Cómo podría no irle bien a un cineasta boliviano que recogiese el guante lanzado, más que por Landes, por los festivales internacionales?

La obra que Bellott y Boulocq entregaron en ese periodo no indica que hubiesen considerado los planteamientos de Landes, a pesar que el último fue parte de la producción local de Cocalero. El primero, en otra curiosa señal del espíritu de los tiempos, andaba organizando el rodaje de la biopic del Che, parte 1 y 2, estrenada el 2008. De cualquier modo, los intereses y referencias estilísticas de este par de realizadores estaban demasiado asociados al pasado, por no mencionar su arraigo urbano, de clase media y blanco-mestizo, para conseguir integrarse en el circuito internacional de festivales. Estas últimas características auguraban a los dos jóvenes directores mayor éxito conectándose con sus pares latinoamericanos −a saber Lucrecia Martel, Lisandro Alonzo, Adrián Caetano−, en su calidad de reflejos locales y postreros del ethos bohemio-ilustrado que permeó el cine independiente internacional en la década anterior. Por algo fue que a partir de Lo más bonito y mis mejores años (Martín Boulocq, 2005) se hizo habitual contar con una cuota boliviana en el BAFICI, cimentando la proximidad con un cine independiente que se planteaba en objeción a ciertos postulados de las tradiciones de las que emergían, pero que no podía o quería desafiliarse de las particularidades de sus orígenes. En otras palabras, el anhelado McOndo del audiovisual latino.

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En cuanto a su encaje global, el léxico de los Jarmusch, Van Sant, Linklater, Wong Kar-Wai, que preformaba la sensibilidad de Bellott y Boulocq, había llegado al país tarde para proveer una forma de hacer cine apreciable en ciertos festivales internacionales. Tal es así que la melancolía individualista y libre de acentos exóticos de las óperas primas de Bellott y Boulocq los condenó a una asociación colateral al movimiento cuyas señales intentaban adoptar con rezago. Por ello, a pesar de que consiguieron rotación internacional, jamás se aproximaron a la notoriedad e integración global de Sanjinés. Los premios que en algún caso merecieron tenían poco que ver con el carácter boliviano de sus obras. El FIPRESCI en Locarno para Dependencia Sexual (2003), por ejemplo, es más atribuible a su temática LGBTQI/feminista, y a la tónica inconfundible de filme-tesis de escuela de cine, que a las breves intersecciones que plantea la película con Bolivia o lo boliviano.

Parecería, pues, que el éxito en el circuito de festivales internacionales pasaba por saber negociar los intereses estéticos propios con lo que de uno esperan en tales eventos dado su origen nacional y de clase. Desarrollar la capacidad, nada trivial, necesaria para volcar esa negociación en el lenguaje del cine autoral internacional, marcaría la diferencia entre aspirar a pelear premios importantes en festivales Clase A o contentarse con llenar la grilla de eventos cinematográficos de poca monta. Una lección que, ante lo plasmado en el propio trailer de Viejo Calavera, aprendieron bien los miembros de Socavón Cine.

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Una anomalía digna de considerar, así sea brevemente, es el caso de ¿Quién mató a la llamita blanca? (Rodrigo Bellott, 2006). Una “comedia política” que pretendía la unión del modernismo, materializado en la flexibilidad inmediata del formato digital (pantallas múltiples, montajes vertiginosos, temporalidades fragmentadas), y una difusa colección de tropos visuales que la producción del filme agrupó bajo el paraguas de “neobarroco boliviano”. Que lo primero estuviera lejos de considerarse vanguardista, y lo segundo fuese una inferencia fundada en las contadas veces que los realizadores de “la llamita” entraron a una chichería o usaron el transporte público, es otro asunto. Esta también era la primera obra de un creador del emergente movimiento vinculado por el uso del digital, que tanteaba los viejos temas “sociales” del cine boliviano, al punto que se conjugaba con el contenido ideológico de Mi Socio (Paolo Agazzi, 1983), Sena Quina (Paolo Agazzi, 2005) y Cuestión de fe. Ostensiblemente, aunque lo hace desde los tópicos, es la primera película boliviana en plantear la discusión de la diversidad de identidades en pleno Proceso de Cambio. Una idéntica superficialidad se daba en lo relativo a su formulación estética, llena de los lugares comunes que un individuo de clase media boliviana suele imputar al estilo y habitus populares.

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Vapuleada por la crítica −a veces con una saña que no conseguían fundamentar en sus textos−, la película funcionó bien con el público, aunque terminó siendo el último largometraje que se atrevió a estrenar en Bolivia Rodrigo Bellott. Ocupados en sus reseñas por toda suerte de cosas, pocos críticos repararon en lo que implicaba proponer una “comedia popular” que ignorase la precedencia (temática y formal) de la extensa obra audiovisual de Roberto Calasich, Nando Chávez, Adolfo Paco o David Santalla. Un menosprecio que obedecía la voluntad de extraer algunas señales de los productos culturales asociados a las clases populares bolivianas, para adoptarlos en las élites (culturales) puestas en cuestión por la llegada de Evo Morales al poder. La confusión que acusaba y el superficial involucramiento con los temas a los que la atribuía, podrían acabar como el principal aporte de Bellott a la cinematografía nacional. Irónicamente, también se trata de un filme de elaboración más próxima al “colectivo”, dado que fue el proyecto de grado de una escuela de cine, que la obra de otros grupos que se atribuyen tal denominativo. Por eso, ¿Quién mató a la llamita blanca? posiblemente sea la película del cine boliviano reciente más difícil de diseccionar. Mejor dicho, de hacerlo sin recurrir al repertorio de clichés propios de la sociología espontánea que parece obsesionar a nuestros críticos de cine.

Yo solo puedo aportar una anécdota. Durante cuatro años compartí casa con un crítico boliviano, estudiando ambos un posgrado en el extranjero. Si lo mejor de esa convivencia pasaba por la facilidad de mantener largas charlas sobre cine, en ocasiones con la visita de otros críticos, programadores de festivales o cineastas, había una tradición que odié con todas mis fuerzas. Cada que recibíamos invitados extranjeros, mi amigo y su esposa nos obligaban a hacer sobremesa viendo ¿Quién mató a la llamita blanca?, supuestamente para que los visitantes conocieran la verdadera cara de los bolivianos. Yo creo que se reían por pura cortesía, sin saber si sería más feo quedarse con la cara larga o desternillarse de las miserias de sus anfitriones. Puede ser un objeto fascinante desde alguna perspectiva, pero como pieza cinematográfica la película de Bellott está repleta de defectos; no es algo que uno vería repetidas veces, por deleite. Me cuesta encontrar elementos graciosos en la película, un chiste con capacidad de registrar con un extranjero si es que no pasa por el gag ramplón, lo escatológico o la comedia corporal. Quizás el verdadero chiste, la tomadura de pelo, estaba en creer que una película era capaz de plasmar la “verdadera cara” de los bolivianos, o lo que sea que eso quiera decir.

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Si Cocalero fue la película más importante para definir los alcances temáticos, que no estéticos, del cine boliviano en este siglo, la contracara la propuso Los viejos (2011) de Martín Boulocq. Un largometraje que nos lleva a pensar que el director cochabambino cree que la madurez de su obra requiere su universalización visual más absoluta. En otras palabras, que hacer una película moderna, profunda e internacional, demanda la capacidad de imitar todos los rasgos superficiales del cine que merece tales calificativos.

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En esa apuesta se adelanta a Viejo Calavera, sin alcanzar el mismo éxito, pues Boulocq no entendió que no es suficiente poder replicar el estilo de Ozon, Panahi, Sang-Soo o Bilge Ceylan. El contenido debe abrirse a lo internacional solo lo suficiente, manteniendo el gusto y acento locales. Puesto bruscamente, a Boulocq le faltan indios. Indios complejos y que existan en el plano de lo individual, ya no los seres de pureza atávica de hace unas décadas, pero indios al fin. Eso lo comprendieron bien los miembros de Socavón Cine. Si se lo examina desde la mera forma, sin montañas y patrones malvados, con “plano secuencia integral” pero sin aymaras, Sanjinés sería un mal imitador de Kozintsev, no el pope del cine indigenista, una de las claves del Tercer Cine y todos los elogios que quieran ir adelantando para su obituario.

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En este punto, con la evidencia de un presente en el que es habitual encontrar trabajos de Socavón Cine participando en festivales internacionales −en muchos casos mereciendo encomio y galardones−, consideramos posible rastrear las razones de sus éxitos. Omitiendo cualquier otro mérito o motivo, creemos que dichos triunfos también se explican por su diestra adopción del lenguaje autoral internacional. Es decir, por saber negociar lo que de ellos se espera (en fondo y forma) y lo que quieren y pueden producir desde su espacio particular.

Claro, aunque más o menos restringidos en tamaño e integrados institucionalmente, los festivales no son una camarilla de gusto transparente, universal, persistente y monolítico. Lo que de ningún modo impide que uno pueda hacer ingeniería inversa a partir de aquello que premian y estrenan. Parezca insólito o no, las aspiraciones estéticas de los realizadores, programadores, jueces y curadores que participan actualmente de esta esfera –por lo menos en su capa hegemónica−, se han achatado tanto que no resulta difícil detectar los elementos que constituyen el cóctel de modalidades visuales que privilegian; un repertorio que vamos a clasificar bajo el denominativo de léxico internacional-autoral.

Como se constata en Viejo Calavera, esa forma de hacer cine fija sus referentes clave en gente como Kiarostami, Sokurov, Pedro Costa, Claire Denis y Jia Zhangke, todos emparentados por su adopción de un lenguaje de “documental estetizado”; en esencia, por un presunto realismo que no es sino una pantomima en la que se ejecuta un diletantismo visual. El divorcio que existe entre sujetos y formas fílmicas en Colossal Youth (Pedro Costa, 2006), por dar un ejemplo, es endémico a un cine al que le interesa sobrecoger dentro de ciertas convenciones visuales, sin reparar en las implicaciones de emplear tales formas de representar esas historias o sujetos. ¿Elegiría un obrero retratarse en blanco y negro o con el grano de la baja fidelidad? ¿Un migrante de Cabo Verde es un sujeto tan nulificado de subjetividades que da igual presentarlo como Leos Carax, Matteo Garrone o los Dardenne harían con sus personajes europeos y de clase media?

Este último es un dilema que nos consta se planteó Sanjinés en su día, resolviendo con mayor astucia que propuesta, pero no estamos convencidos que la obra de Socavón Cine evidencie haber lidiado con el tema. Si acaso, esos jóvenes realizadores parecen determinados a perfeccionar el manejo del lenguaje internacional-autoral, inscribiéndose en esa área gris de la representación de lo boliviano que les garantiza seguir enganchados con el circuito internacional de festivales. No en vano celebran sus éxitos en este ámbito como si no cuestionaran que son sellos que certifican su capacidad para representar temas locales (mineros, migrantes, marginales) con accesibilidad y atractivo suficientes para complacer a los respectivos programadores y públicos.

De forma deliberada, o en un efecto colateral de haberse formado viendo precisamente este tipo de cine, su obra se fraguó con los atributos necesarios para no sacar de su zona de confort festivalera al crítico de Variety. No en vano el barroquismo visual de Viejo Calavera se debe al estilo de directores de fotografía educados en las artes de vanguardia y el trabajo de los canónicos Yusov, Ballhaus, Nykvist y Vierny, pero que se encuentran activos con gran éxito en Hollywood (Hoyte van Hoytema, Emmanuel Lubezki, Rodrigo Prieto, Bruno Delbonnel); no así a un afán de radicalidad formal o impulsos “antropológicos” al estilo del Grupo Ukamau y su buque insignia del plano secuencia integral. A este paso, el crítico que mejor le tomó el pulso a Viejo Calavera será Ricardo Bajo,[3] que con su lista de posibles inspiraciones/influencias atina al olfatear que hay poco detrás de esas piezas que Russo pretende considerar personajes, ya que se antojan intercambiables con las de cualquier otra historia, contexto o director, puestas como están al servicio total de la forma. Elder Mamani es una construcción hueca, sin vida interior ni arcos narrativos que transitar; un cero a la izquierda empapado de alcohol, del todo equivalente a la pústula CGI que Mel Gibson intenta hacer pasar por Cristo en su filme de 2004.

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Es irónico que el motor de este proceso de reducción del sujeto cinematográfico boliviano sea un cineasta de la generación previa, además con un filme que invocaba a Sanjinés como precursor formal y se atribuía ambiciosas pretensiones discursivas. Hablamos de Juan Carlos Valdivia y Zona Sur (2009), que inauguran este proceso al fijarse en sus personajes no como representaciones humanas en una narrativa, sino dispositivos para plasmar su lectura de las esferas de Slotjerdik y desnudar el momento político boliviano. Claro que eso no hace que Zona Sur sea una película de calado teórico considerable, ni que consiga incomodar por su temática o forma.

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Todo lo contrario, el filme también es pionero en su intención de matizar los temas locales y afinar su representación para el público global, cosa que hace introduciendo el personaje de un niño tan obsesionado con cierto cine que juega con un amigo imaginario llamado Spielberg. Y aunque no interpelaba en lo mínimo a una clase media boliviana que tendría que haber sido el público meta (local) de la obra, hay que concederle a Valdivia la posibilidad de que la afectación cosmopolita que empapa la película sea intencional, buscando capturar esa impostura tan típica del segmento social que retrataba. Pongámoslo así, donde Cocalero decidía representar a los otros con las formas del documental hollywoodense de baja gama, Zona Sur ofrecía una manera para que el hipotético realizador dijese representarse a sí mismo, su clase y conflictos, con un arsenal en verdad desideologizado pero que permitía hablar con mediana autoridad y solvencia sobre cuestiones “políticas”. Se trazaba así un juego que invertía las modalidades clásicas Eisenstein-colectivo-política, Hollywood-yo-entretenimiento, que predominaron en Bolivia hasta ese momento.

En su forma la película no tenía nada que alguien familiarizado con los iconos del mundillo Sundance –donde Zona Sur ganó un premio por su guion, el primer galardón de ese calibre para nuestro cine desde la Concha de Oro de Sanjinés– no hubiera visto antes. Era una película indie sin más, pero con suficiente significación boliviana, y ese era su mayor triunfo. Se me ocurre una analogía: Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) fue la primera película de temática gay, con orígenes indie, en ser reconocida por la industria hollywoodense a tan alto nivel. Sin embargo, no era una película de estética queer, más bien replicando el estilo de cualquier filme prestige concebido con el favor de la academia estadounidense en mente. Zona Sur sería la primera película, presuntamente sobre los conflictos políticos de la sociedad boliviana, que se veía igual que la última ganadora del premio del jurado en un festival de renombre.

Llegada dos años después que Cocalero y con el Proceso de Cambio aún en configuración, Zona Sur fue la otra película que definió el campo representativo del cine boliviano en tal etapa, esbozando un espacio que sigue vigente ahora. En cuanto a su proyección internacional, ofrecía un segundo camino para proponer los temas, personajes y formas que se podían esperar desde Bolivia. Básicamente: burgueses en decadencia, intelectuales blancos con problemas de conciencia exacerbados por la imbatibilidad electoral de Morales y el avance simbólico de “lo indio”, y mestizos incapaces de relacionarse con alguna vertiente de sus herencias. Zona Sur no tenía la sutileza de distribuir esas características entre sus personajes, dotarles de verosimilitud y complejidad, para presentarlas como facetas de modelos humanos. En cambio, cual si fueran las Spice Girls, literalmente hacía de cada miembro de la familia un arquetipo, cubriendo de tal modo todas las bases y registros.

A pesar de sus debilidades −entre ellas la distorsión ideológica que encontraría su forma final en Yvy Maraey (2013), “ahora los blancos somos los indios”− y a su apego exagerado a una temporalidad específica, Zona Sur ha ejercido una influencia considerable en el cine boliviano reciente. Se puede considerar sus retoños a El corral y el viento (Miguel Hilari, 2014) y Nana (Luciana Decker, 2016), ambos en la órbita de Socavón Cine. Los Viejos se encontraba ya en producción cuando Zona Sur se estrenó, quedando Boulocq sin margen de reacción. ¿Eran tan importantes las diferencias entre lo que Valdivia y el cochabambino proponían? Sí, Zona Sur tenía sus indios. De pronto se aclara el salto de nivel que gozó Juan Carlos Valdivia, pasando de estrenar Jonás y la ballena rosada en la Habana y Cartagena −eventos en los que por años Eguino y Agazzi tuvieron espacio garantizado, estrenasen lo que estrenasen−, a recoger trofeos en Sundance. Un pequeño ajuste entre lo que pretendía proponer, y lo que fuera se esperaba de un director “mestizo” −quizás “blanco”, quizás solamente “no-indio”− en la Bolivia de Evo, valió para cambiar drásticamente sus metas. De golpe, Valdivia se mostraba cómodo en el papel del cineasta boliviano más “político” desde Sanjinés; lo que le valió suculentos contratos publicitarios. Además, hay que reconocerlo y atribuirlo a la connotación moderna e internacional de su estilo, esa proximidad al aparato estatal no lo manchó de oficialismo como sí le pasó a Sanjinés.

Admitiendo que se nos pueden estar escapando trabajos de cineastas radicados fuera de La Paz, no es raro que los miembros de Socavón Cine se hayan decantado por seguir la ruta delineada por Valdivia con tanto éxito. En la contracara de Zona Sur se encontraba la burda eficiencia de La Chirola (2008) y Ciudadela (2011), ambas de Diego Mondaca, tan llanas y demodé como sus credenciales de la escuela de cine cubana. No motivaban imitarlas ni por su aparente éxito internacional, que en honor a la verdad se inscribía en las ligas menores de la ópera prima de Valvidia y no en Sundance, San Sebastián o Locarno. La alternativa la planteaba Hospital Obrero (Germán Monje, 2009), tan obcecada en su localismo alasitero que se hacía incomprensible allende determinadas cotas paceñas. La insularidad del filme, que un poco como los documentales de Mondaca parecería no desechar del todo la hipótesis de que el “cine posible” mantenía relevancia en Bolivia, impide conjeturar sobre su proyección, sea aproximándose a un circuito internacional alternativo o volcada a la atención de un mercado interno. Se podría decir algo parecido sobre Airamppo (Miguel Valverde, 2008) y Cochabamba. Intriga, pues, preguntarse por qué Socavón Cine prefirió la ortodoxia del formalismo naturalista, consagrado por los festivales internacionales hegemónicos y conducente a una forma de hacer cine en general impracticable en el contexto boliviano, para retrabajar de manera sistemática varios de los temas que de Zona Sur para acá han recurrido en el audiovisual nacional: localismo, migración, el servicio doméstico, cosmopolitismo potencial, etc.

Lo que queda claro es que ese era, matices más matices menos, el abanico de posibilidades que se le abría a Socavón Cine cuando sus integrantes comenzaban a trabajar desde el cortometraje. Me parece recordar que alguna crítica de la época decía sobre Zona Sur que su personaje principal era la casa familiar. No logro acordarme si quien escribía lo pretendía un elogio. En todo caso, tendría que poder tenderse un hilo entre una película así y otra en que la forma se exacerba hasta un extremo en que no puede decirse ni que la mina sea el personaje principal. A lo mejor la fotografía es la única protagonista, y a eso se referían todos los que hablaban de “la oscuridad” como lo trascendente en Viejo Calavera.

 

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Matando el tiempo estos últimos días que pasé en Cochabamba me puse a leer uno de esos blogs que hablan pestes contra la gente del mundillo cultural y me enteré que algunos miembros de Socavón Cine se conocieron regentando una tienda de películas piratas, legendaria por su surtido stock de cine de autor.

Siempre sospeché que no podía ser un accidente la proliferación de ciertas películas de la Criterion Collection, la facilidad para acceder a rarezas asiáticas que no eran ni filmes de época ni de artes marciales, o la rapidez con la que llegaban al país los estrenos de los festivales europeos. De tanto ver películas con docenas de lauros en la tapa, uno termina adquiriendo la capacidad de detectar qué rasgos hacen que una obra amerite dichos sellos de aprobación. Cuáles son los temas que mejor se reciben, cómo deben comportarse los personajes, el ritmo que debe tener la historia, las convenciones formales, la manera en que está de moda filmar tal o cuál cosa, con quién se compite y quiénes pueden ser aliados o maestros, etc. Cuando se invierte tantas horas en algo, piense uno en filmar o no, en escribir o no, en ganarse la vida pirateando o no, la palabra justa para describir tal proceso es educación. Entre los ratones de filmoteca y los que se abonan al torrent, quedaron los hijos del DVD pirata.

Sabiendo esto se hace menos raro que el debut en largo de Socavón Cine se entregue tanto a la forma. Suplantar la cultura fílmica por la cinefilia entraña múltiples peligros: la entrega de la experiencia como contenido a un determinado set de convenciones, la propagación de un número limitado de formas como las “auténticas”, la reducción de los problemas (narrativos, humanos) a formulismos, etc. Es verdad que Viejo Calavera plasma un gesto último de cinefilia, pero entendiendo esto como la expresión de uno que vive y comprende el cine como un campo abstracto y aislado, que tiene sentido solo dentro de sí mismo. Es decir, un lenguaje y unas formas a dominar, ni más ni menos. Imaginen el texto que escribiría uno que vive solo en la internet, sin interacciones humanas fuera de lo electrónico. Piensen ahora en la película que harían unos individuos criados nutriéndose exclusivamente con cine de autor aprobado por festivales de primer nivel. ¿Sería el resultado muy distinto de Viejo Calavera? ¿Importaría de verdad que la historia sucediera en Huanuni, Taiwán o Brighton? A no ser que se le ocurra a un cochala ambientar su película en Fargo y pretender ganar así la Berlinale…

 

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Ha tenido que transcurrir media década de actividad para que Socavón Cine se atreva a coronar ese proceso con un largometraje. Aunque cada secuencia de Viejo Calavera parece entender ese peso, es el desenlace del filme lo que confirma cuánto han abrazado en el colectivo el lenguaje internacional-autoral como camino creativo y carrera potencial. Esto, por el momento y con la excepción de algún cortometraje, para sus obras de ficción. En el caso de la no ficción −con un objetivo que se adivina parecido al que determinó las decisiones estilísticas tras sus piezas de ficción− se disciernen el autodocumental y la especulación elíptica como alternativa a la propuesta de tesis conclusivas; ambos giros fáciles de encontrar entre los participantes de algunos festivales europeos por donde pasó El corral y el viento. Ahí, otra vez, nos encontramos con una elección conservadora. ¿Por qué no contemplar los formatos transmedia y las distorsiones post-documentales?

Volviendo a Viejo Calavera, la secuencia final de la obra marca el momento culmen de la apuesta del colectivo por el lenguaje internacional-autoral, al ser un desenlace absolutamente convencional en su decisión de cerrar el filme desde la pura forma, dejando de lado las posibilidades de resolver narrativamente la trama. Cierto, Viejo Calavera no tiene casi desarrollo narrativo, pero la carretera, la repentina música no diegética, el gesto del protagonista, son todos dispositivos que carecen de sentido fuera del hecho de representar “algo” dentro de las convenciones del cine de autor internacional. Me explico, son el desenlace posible de Tropical Malady (Apichatpong Weerasethakul, 2004), Mat i syn (Aleksandr Sokurov, 1997) o Japón (Carlos Reygadas, 2002). Son un final de la misma forma en que “Vivieron felices para siempre” lo es; fórmulas carentes de contenido en sí mismas, pura gestualidad. Como un “buen provecho” antes de abandonar la mesa, son cierres que implican una capitulación aceptable para el público. Sin ser estrictamente un final abierto, permiten al director salir de su material porque (y cuando) se ha quedado sin más que decir. Un formulismo tan narrativamente relevante como un súbito fundido a negro, aunque libre de las connotaciones negativas de lo abrupto o disonante. Y ya sabemos lo mal que queda tentar al escándalo en determinados círculos.

Es a la aplicación del léxico de los autores internacionales, sin importar que ello resulte en formas huecas de significado, a lo que nos referimos cuando hablamos de un proceso de reducción; acelerado en Bolivia a partir de Zona Sur, aunque ya en cierto grado presente en el trabajo de Jorge Sanjinés. Si bien esa vacuidad podría adquirir dimensiones simbólicas cuando se usa para retratar lo anodino de la vida urbana en el primer mundo, torna perversa cuando se convierte en la muleta que abre puertas de difusión y reconocimiento internacional a un material fílmico que de otro modo jamás penetraría tales espacios. Cuando el director lo sabe, y admite que sus sujetos y temas devengan en pura forma a cambio de ese abrazo, entramos en los serpentinos dominios de la explotación. Al ver Viejo Calavera no queda claro que ese sería el modo en que los personajes decidirían representarse. Da la impresión que para el director sus personajes son simples objetos visuales, un apunte que no se le ha escapado a todos los críticos. En efecto, ese vaciamiento es uno de los resortes que permiten hacer accesible el material a espectadores foráneos. Por supuesto que, en principio, uno puede optar por el camino intermedio, sin desproblematizar hasta el extremo de Viejo Calavera la trama y sus personajes. Por incapacidad o deseo, Socavón Cine decide no hacerlo. Tal vez porque no hace falta clarividencia para predecir el destino que tales filmes podrían correr en un hipotético festival Clase A. O tal vez no. Si esa transacción fuera tan sencilla como pagar un peso por dos panes, podríamos ahorrarnos todas estas páginas de pseudo sociología del cine boliviano. Un vistazo cabalmente micropolítico del mercado se hace necesario para seguir indagando.

Eso sí, creemos que lo aquí sugerido no se trata de la paranoia infundada del que encuentra dos cosas medio parecidas y las cree evidencia suficiente para la trama que ha montado en su cabeza. Hay dos libros recientes que resucitan la categoría de “autores globales”, caída en desuso hace al menos treinta años. Puede ser una simple manera de englobar a cineastas que, a pesar de sus orígenes tan dispares, consiguen que sus obras vibren con los ecos de Pasolini o Bresson; influencias que jamás quedarán mal, ni pasarán de moda o dejarán de hallar cabida en circuitos internacionales. Como la de Velvet Underground o del Bowie berlinés, su capital simbólico no se devalúa. Por algo esos dos directores ya se nombraban con particular reverencia en los días en que Kaneto Shindo y Jorge Sanjinés se cruzaban en festivales.

Llegados a este punto, de vuelta en la temporalidad de los autores globales de los sesenta por la vía de la heredad, cabe preguntarse: ¿Eran los personajes de Ukamau meros cascarones al servicio del léxico internacional? ¿Era ilusoria la supuesta vinculación entre la “temporalidad aymara” (sic) y el “plano secuencia integral”? ¿En qué se basaba la intuición que daba por válida para representar un pueblo indígena, una técnica conocida desde los días de la U.F.A. y Abel Gance? ¿Son las similitudes existentes entre O Thiassos (Theodoros Angelopoulos, 1975), Szegénylegénye (Miklós Jancsó, 1965) y La nación clandestina fruto de la casualidad? ¿Se preguntaron esto Sanjinés y compañía? ¿Valdivia? ¿Bellott? ¿Los miembros de Socavón Cine?

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Es de cierto modo lamentable que, cuando se intenta revisar la historia del cine en Bolivia, aún luchemos por superar nuestra incapacidad para mirar más allá de la criminal imbecilidad política de Goni, generando un punto ciego importante. En el medio siglo que va de Proinca a las dos Our brand is crisis (2005 y 2015), el tipo ha dejado sus huellas por todas partes. No en el plano anecdótico que equivale a encontrar a Gamaliel Churata elogiando el libro de cocina de Aida Gainsborg en la prensa paceña. En el caso de Goni hablamos de coguionizar Mina Alaska (Jorge Ruiz, 1968), cubrir para la NBC la Revolución del 52, ser mecenas de Villalpando y Sáenz, proponerles a los ejecutivos de la MGM el argumento −que preparó en coautoria con Oscar Soria− de lo que terminó siendo Butch Cassidy and the Sundance Kid (George Roy Hill, 1969), compartir la isla de edición con Antonio Eguino, Jorge Ruiz y Luis Espinal, o que incluso en su faceta de político puro, la PBS, HBO, BBC, Naomi Klein y George Clooney produjesen obras en los que Sánchez de Lozada es protagonista clave. Hasta Sanjinés tuvo que aprender a lidiar con Goni. Primero en Para recibir el canto de los pájaros (1965), domesticando sus impulsos políticos para proponer una casi hollywoodense síntesis pluricultural, que no se peleaba con las reformas constitucionales que el gobierno del MNR ejecutaba en esas mismas fechas. Algo que, por cierto, replicó Juan Carlos Valdivia al proponer la metáfora de la mesa común en el dénouement de Zona Sur. Luego, en Los hijos del último jardín (2004), ambientando la acción durante las protestas contra el segundo régimen de Sánchez de Lozada. No es correcto afirmar que el hoy fugitivo de la justicia boliviana fuera un cineasta frustrado, Goni tiene una carrera en el audiovisual bastante más digna que la de muchas vacas sagradas del cine boliviano.

Hijo de una familia burguesa, formado en el extranjero en humanidades y artes, Goni alguna vez fue compañero de cineclub de Mike Nichols; un chico sensible que disfrutaba del cine francés y que filmó varios cortos en el campus de su universidad. Un perfil no tan distinto del de abundantes artistas y críticos bolivianos en actividad. Aburrido de vivir en los Estados Unidos y convencido de que hacer carrera en el cine hollywoodense era imposible, aprovechando los contactos de su padre diplomático, Goni se fue a Buenos Aires para comenzar a trabajar en la productora Sono Films. Allí su dominio del inglés le permitió convertirse en asistente de dirección de Pierre Chenal, que rodaba en Buenos Aires una adaptación de la muy polémica Native Son de Richard Wright.

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Si bien la novela en que se basa es una de las más importantes obras literarias sobre temáticas raciales en los Estados Unidos, la versión fílmica es bastante penosa. Buenos Aires intenta pasar por Chicago pero escasean actores afroamericanos, a los que Goni se ocupa de buscar y, cuando encuentra, en el mejor de los casos son amateurs voluntariosos. Richard Wright insistió en adaptar el guión y protagonizar el papel principal, sin reparar en su nula capacidad interpretativa. A pesar de la coproducción local, el presupuesto de una película que no podría estrenarse en Estados Unidos era ínfimo. Orson Welles había adaptado la historia de romance interracial en Broadway pocos años antes, pero ningún estudio se atrevía a llevarla al cine, ni en una versión blackface y mutilada de la novela. Chenal no era un auteur elegido por sus credenciales; el director de la divertida L’Alibi (1937) era un judío fugado del nazismo que apenas chapurreaba español, dueño de un inglés tan pobre que fue esa necesidad la que catapultó a Goni de carpintero aprendiz en Sono Films a traductor, encargado del casting y de buscar parajes porteños más o menos parecidos a la Chicago donde el boliviano había pasado gran parte de su vida, y así hasta finalmente acomodarlo como asistente de dirección.

Goni había cumplido su sueño de trabajar en la industria del cine, eso es lo importante. Leer más en su participación en una película en la que un chófer negro y comunista enamora a la hija de sus patrones blancos, es demencial. A Goni le habría dado igual si en lugar de Native Son (1951) le hubiera tocado trabajar en Way of a gaucho (1952) de Jacques Tourneur. En ese aspecto, la carrera de Goni se podría parecer a la de todos esos realizadores bolivianos que se han desempeñado como enlace local para producciones extranjeras de diverso orden. Curiosamente, Native Son es lo más cerca que llegó Goni a estar de la silla de director. Su retorno a Bolivia con el triunfo de la Revolución Nacional, y su subsecuente transformación en studio mogul vernáculo, revelan su auténtica pulsión de poder. Pero, si le vamos a dar credibilidad a la Wikipedia, Goni todavía tendría oportunidad de convertirse en uno de los primeros realizadores bolivianos en ganar un festival internacional de cine. Incluso con todo el aparataje informacional de la internet, es difícil desmentir esto. ¿Será cierto o fruto de un troll con demasiado tiempo ocioso? No puedo negar que me despierta una sospecha. De nacer cuando la democracia se recuperó en Bolivia, es probable que Goni habría sido un cineasta independiente. Que sus cortos estudiantiles y profunda cinefilia hubiesen derivado en una película no del todo distinta a Viejo Calavera.

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Todo lo que comienza online, termina online. Estos no son sino fragmentos de la bitácora de un boliviano que vive fuera y desde allí intenta seguir su cine. De ahí que prescinda de un tono taxativo, citas bibliográficas o ínfulas de totalidad, permitiéndome varios apuntes personales, unos cuantos chistes malos y utilizar, sin cuestionar, terminología como “indio”, “blanco” o “mestizo”, que la crítica boliviana considera designa sujetos sociales definidos y no es el caso. Aún así, no habría podido hilar ni precariamente estos fragmentos si es que con la invitación a participar de este proyecto no me llegaba una indispensable dotación de screeners. Soy, además de un hijo de la web con coordenadas estéticas y valores muy de clase media, parte de una red de críticos y periodistas que dicen escribir sobre cine. Luego de ponerme al día con los screeners, intentando rastrear el post de Facebook que disparó estas reflexiones, introduje en la barra de búsqueda la combinación “Jorge Sanjinés Kaneto Shindo”.

Tenía más o menos pensado lo que quería decir aquí, así que me zambullí en Google bajo el influjo de la curiosidad, no en búsqueda de evidencia propicia para apuntalar o revisar mis hipótesis. Mi fascinación por el Goni cineasta y la repulsa que me causa Zona Sur son ideas viejas, que siguiendo la sugerencia de un amigo, decidí presentar de forma accidentada en este espacio. Fue así que en tan caprichosa pesquisa encontré bastante data inútil. Semienterrada en ella una entrevista a Alberto Villalpando, compositor de cabecera de Sanjinés en su primera etapa. Poco antes de comenzar a preparar la banda sonora de Aysa (1964), uno de los cortometrajes formativos del director paceño y debut de Villalpando en cine, el compositor había podido ver Hadaka no shima en Buenos Aires, ciudad donde entonces estudiaba. Impactado por la ausencia de diálogo y música en la película, Villalpando le sugirió a Sanjinés imitar la técnica de Kaneto Shindo en el cortometraje. Así lo hicieron, dejando apenas una palabra en el clímax de Aysa. No se trataba de un exceso de parte del compositor, pues Sanjinés valoraba montar en alianza con el encargado de sonorizar sus filmes, editando Ukamau también junto a Villalpando. Como Viejo Calavera para Socavón Cine, el de 1966 fue el filme que marcó cierta madurez en la obra de Jorge Sanjinés; su paso, celebrado internacionalmente, al formato largo. Una ocasión en la que un cineasta boliviano utilizó una fórmula del cine de autor internacional para beneficio de su obra. Tuve que reírme, pues en tan pequeña coincidencia pensé haber hallado el McGuffin que este mini ensayo necesitaba. Resulta, pues, que había motivos genuinos para investigar al más japonés de nuestros cineastas. Y como alguien ya dijo, por oposición o herencia, en el cine boliviano todos somos hijos de Sanjinés.

[1] [Nota de los editores] Los autores se refieren a la crítica de Mauricio Souza, «Viejo Calavera: Hamlet en Huanuni», publicada el 1 de enero de 2017 en el periódico Página Siete. Referencia completa en la sección «Índice de textos sobre Viejo Calavera y Socavón Cine» de este volumen.

[2] [Nota de los editores] Los autores hacen alusión, por ejemplo, a la crítica de Sergio Zapata, «Desde las sombras de la cinefilia… Viejo Calavera», publicada el 18 de diciembre de 2016 en el periódico Página Siete. Referencia completa en la sección «Índice de textos sobre Viejo Calavera y Socavón Cine» de este volumen.

[3] [Nota de los editores] La crítica de Ricardo Bajo, titulada «Elder Mamani, no estás para la mina», se publicó el 22 de noviembre de 2016 en el periódico La Razón de La Paz. Referencia completa en la sección «Índice de textos sobre Viejo Calavera y Socavón Cine» de este volumen.

Si ya la viste,puntúa la película!
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