LOST IN CONTEMPLATION OF WORLD

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José Andrés Sánchez Exeni

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MÚSICA: Chris Cornell

El hombre cuchara, un recuerdo de Chris Cornell

Por: José Andrés Sánchez

Nadie sabe a ciencia cierta cómo inició su apego a las cucharas. Muchas cosas se dicen en Seattle. Algunos insinúan una niñez tan paupérrima que los cubiertos familiares fueron los únicos juguetes que tuvo a disposición. También se ha escuchado cierta teoría acerca de un padre amante en exceso del whisky, una madre obesa y algunas actividades turbias dentro de la casa rodante donde vivían.

Todo es posible en las esquinas de la gris ciudad.

Cualquier dato ayuda a elevar el mito del hombre que hace música con cucharas. Cientos de ellas dentro de estuches plomizos, dispuestas en orden sobre cualquier acera húmeda del centro de la urbe. El cuerpo musculoso, un corte mohawk, los ojos ennegrecidos, pies descalzos, camiseta sin mangas y un pantalón de tela blanca que, a pesar del smog, parece recién salido de alguna tintorería.

Le llaman Artis. Se hace llamar Artis. Responde al nombre de Artis y todas las tardes, en cualquier punto de la ciudad, crea ritmos con instrumentos metalizados que, en manos de otros, servirían apenas para alimentar estómagos vacíos.

Nació en Alaska. Eso es algo que Artis no oculta. No es un secreto que fue marinero en el ejército norteamericano y trabajador postal. Tocó con Frank Zappa y ése tampoco es un dato menor. Además, escribe. En 1993 publicó un libro con poemas e historias cortas de su autoría. El título fue ‘Las aspiraciones y motivaciones de Artis desde el útero hacia el vacío’.

Supe de él gracias a un video de Soundgarden. También fue mi primer encuentro con ellos. Eran los inicios de la década de los noventa. El cable y MTV acababan de llegar a Santa Cruz. De pronto había algo para mirar en la televisión. El presentador habló de la banda y de su nuevo disco. Enlistó los grupos de la movida roquera de Seattle. Nirvana, Pearl Jam, Alice In Chains. Recuerdo que la música era algo muy serio en esos años. Anunció el video. Lo transmitieron. La primera imagen fue un par de pies descalzos. Frente a ellos, decenas de cucharas de diversos tamaños y unas manos que las golpeaban. Hubo ritmo y luego inició la música. Guitarras, baterías y una voz hechizante que decía: ‘Siente el ritmo con tus manos. Roba el ritmo mientras puedas. Hombre Cuchara’.

Todo fue muy raro e inolvidable.

Más allá de lo visto aquella tarde, no averigüé otras cosas acerca de Artis. No le seguí el rastro. Sin embargo (e irremediablemente) me convertí en simpatizante de Soundgarden. Compré el disco, titulado ‘Superunknown’, aprendí las letras, escuché las canciones con los parlantes a todo volumen dentro de la habitación. El recuerdo del hombre de mohawk, manos gigantes y cucharas impensables quedó pegado a la música de la banda.

Acerca de Artis, el cantante Chris Cornell dijo alguna vez: “La canción (Spoonman) habla de paradojas: ¿quién es Artis realmente y qué es lo que la gente percibe de él? Es un músico, pero cuando lo ven piensan que es vagabundo”.

En el video de Spoonman el rostro de Artis aparece en la última toma. Sonríe y alarga su lengua. Tiene una barba de una semana y los dientes amarillos. Es imposible colocarle una edad definitiva. Puede tener más de treinta, pero no menos de sesenta años. Durante los cuatro minutos anteriores sólo reveló su cuerpo en contorsiones inexplicables, mientras que detrás, muy detrás de las guitarras y baterías, golpeaba sus cucharas veloces.

Del suicidio de Chris Cornell se dirán muchas cosas. Se hablará de su música y de los peligros de las drogas de prescripción. Se especulará acerca de motivos ocultos. Saldrán a la luz indicios y sospechas. Muchos se sorprenderán al enterarse de que la noche de su ahorcamiento haya decidido interpretar en vivo una canción titulada ‘In my time of dying’. Nada de esto, por supuesto, aplacará la incertidumbre frente a un acto tan inexplicable. Por mi lado, cuando piense en Cornell vendrá a mi mente la imagen de Artis, de quien ahora sé también que fue actor en series televisivas, participó en el ya mítico programa ‘Late Night’ de David Letterman, lanzó un disco en 1995 llamado ‘Entertain the Entertainers’ y que, además de las cucharas, toca la flauta.

CINE ARGENTINO: El lado oscuro del corazón

El Lado Oscuro de la Nostalgia

 Por: José Andrés Sánchez

A Eliseo Subiela

Era el final de un día caluroso en Santa Cruz de la Sierra. Las seis o seis y media de la tarde. Los bajos edificios del centro de la ciudad estaban bañados con luz naranja y perezosa. Sobre las losetas circulaban los micros, los autos Ladas y Ponys, las camionetas Datsun. Eran esos años.

La vi de espaldas. Cabellos rojos, largos y lacios. Piernas cortas, jean desgastado. Decidí rodear la manzana con un trote y encontrarla en la esquina siguiente. Así lo hice. Corrí con mi mochila en hombros. Trancos largos, brazos presurosos, melena al aire. Al llegar me posé sobre un auto. Piernas y brazos cruzados. Tan casual como si hubiese estado allí durante horas. Tal vez encendí un cigarrillo.

– Hola – me dijo.

Pecas, piel blanca, ojos verdes, mejillas diminutas.

– Hey – le respondí – ¿qué hacés?

– Voy al cine, ¿vamos?

– Vamos.

Atravesamos el Casco Viejo con paso lento. En esos años la ciudad aún se movía con somnolencia. Durante el recorrido cruzamos pocas palabras. Era lógico. No podía haber mucho en común entre una estudiante de segundo año de arquitectura y un colegial de segundo de secundaria. Debimos intercambiar opiniones acerca de Silvio Rodríguez, confesarnos el sueño de visitar la Cuba socialista, relatarnos nuestros pasajes favoritos del diario del Che en Bolivia, recordarnos que el fin de semana habría algún festival de trova en la ciudad. Le dije que El Amor Después Del Amor me parecía el mejor disco de Fito Páez. A ella La Verónika le arrancaba lágrimas. Sí, eran esos años.

Caminamos hasta el cine City Hall.

– ¿Qué vamos a ver? – debí preguntar en algún momento.

El Lado Oscuro Del Corazón – me respondió.

– Ah, como el disco de Pink Floyd.

La película duró dos horas. La miramos mientras compartíamos una bolsa con papitas fritas. En la primera toma aparecen un hombre y una mujer. Están tirados sobre una cama de plaza y media. Acaban de hacer el amor. Sus ropas interiores y sábanas son blancas. El cuarto está en penumbras. Hay una pequeña ventana con cortinas transparentes. Está nublado en Buenos Aires. El hombre habla:

Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias y como pasas de higos. Un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportar una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias. Pero eso sí, y en esto soy irreductible. No les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar pierden el tiempo conmigo.

Luego se inclina hacia la mesa de noche y aprieta un botón. El lado derecho de la cama se abre. La mujer que estaba a su lado cae al vacío. Él acerca su rostro al hoyo, mira en sus profundidades. Suena un melancólico saxofón.

El Lado Oscuro Del Corazón es la historia de un poeta bonaerense que busca una mujer. Quiere alguien que lo haga volar. Esa mujer existe. Vive en Montevideo y es prostituta. Se conocen, se enamoran. Finalmente vuelan. Durante su búsqueda, el poeta mantiene conversaciones (a veces profundas, otras cómicas) con la muerte, vende poemas a cambio de choripanes, sale de juerga con su amigo artista, habla con su madre convertida en vaca (tal vez otro guiño a Pink Floyd), vende alguna que otra idea a agencias publicitarias. Todo lo hace mientras recita poemas de Benedetti y Gelman, viste un saco largo y negro y jamás sonríe. Jamás.

Tras la película me dirigí a casa. Durante la noche tuve dificultades para conciliar el sueño. No pensaba en mi amiga, en la oportunidad desperdiciada, en sus sonrisas, en el aroma de su cuello. Mis pensamientos vagaban por la gris Buenos Aires, los cabellos ondulados de la muerte alta y absurda, los cuerpos sobrevolando el Río de la Plata, las manos tristes de Benedetti, poemas latinoamericanos recitados en alemán, una boca mordiendo una cereza, los pechos de la prostituta. Esa tarde dentro de la sala hubo un descubrimiento. La certeza de haber presenciado una obra de arte. Así era en esos años.

No volví a ver a mi amiga. Años más tarde me enteré que vivía en el exterior y era bailarina o algo parecido. Mario Benedetti lleva siete años muerto. Yo aún cargo una mochila, pero ya no sueño con visitar la Cuba socialista. Eliseo Subiela, el director de El Lado Oscuro del Corazón acaba de fallecer esta navidad. Tenía 71 años.

Su película no envejeció con dignidad. En nuestros tiempos la imagen del poeta trasnochado que conquista amores con un puñado de palabras resuena patética. El hombre que desecha mujeres porque no le hacen volar puede tacharse de misógino. La Buenos Aires romántica de Subiela ya se quitó el velo: no es una ciudad de artistas, es un pueblo de tragedias. La prostituta que lee a Sartre constituye una baja glamorización de la trata de blancas.

El surrealismo romántico es ridículo.

Hay nostalgias a las que no hay que retornar. Son peligrosas. Nos pueden llevar a pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Son una trampa. Ahora mismo, mientras termino de escribir este artículo, escucho a Fito Páez. Aún pienso que, lamentablemente, El Amor Después Del Amor fue su mejor disco.

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Si ya la viste,puntúa la película!

MÚSICA/POESÍA: Elegía a un amigo

Por: José Andrés Sánchez

Chris marcó el número de teléfono. Stone contestó.

– Viejo, estoy alquilando un departamento y necesito un compañero. ¿Te interesa?

– La verdad que no. Estoy cómodo acá. Pero llamá a Andy. Acaba de salir de rehabilitación y seguro necesita un lugar para vivir.

Pocos días después Andy llegó al departamento. Cargaba sus maletas, una guitarra y un teclado. Chris y él eran cantantes y aspirantes a estrellas de rock. Sólo uno de ellos lograría realizar el sueño.

Chris apellidaba Cornell. Tenía 26 años, cabellos largos y negros, una altura intimidante, ojos profundos y una voz de barítono potente. Era el líder Soundgarden, la banda que todos admiraban en la ciudad de Seattle de 1990.

Andy Wood tenía 24 años, cabellos de un rubio resplandeciente, ojos verdes y dulces, mejillas regordetas y un estilo de vestir y vivir colorido. La banda en la que cantaba se llamaba Mother Love Bone y habían grabado su primer álbum para una discográfica de distribución nacional. Los rumores decían que ellos serían el primer grupo de Seatlle en poner el alto el rock de la ciudad.

Juntos hicieron crecer su amistad, dentro de ese departamento de dos habitaciones, con una sala repleta de teclados y guitarras, cortinas como amortiguadores de sonido y partituras con anotaciones.

Cada noche, al llegar al hogar, compartían el uno al otro la canción que habían compuesto. Para ambos amigos, la creatividad era un fuego que se avivaba con cierto grado de competitividad.

Dentro de la vida hogareña Chris era quien pagaba las cuentas, cocinaba, tenía un trabajo aparte de la banda, cuidaba de una mascota. Andy tenía una novia tan enviciada como él, aunque no consumían drogas en la casa. “Teníamos un trato silencioso. Yo cuidaba de su vida como un padre y él no comentaba de su problema con las drogas”, explicaría años más tarde Cornell, al reflexionar acerca de su amigo.

El día que Andy cayó en coma y murió a causa de una sobredosis se acabó la inocencia.

Décadas antes, en 1936, un joven español escribió un poema. Estaba acostumbrado a dedicar su lírica a los trabajadores del campo, los héroes pobres de la España miserable, los desvalidos. Pero durante 15 días su pluma recordó a un amigo fallecido.

El poema se tituló ‘Elegía a Ramón Sijé’ y fue escrito por Miguel Hernández. Tenían en común ser oriundos de Orihuela y su amor por las letras. Les separaban las diferencias sociales. Hernández escribió sus primeros poemas mientras cuidaba ovejas. Sijé era hijo de un acaudalado comerciante.

Fueron amigos, colaboradores, Sijé editó el primer libro de Hernández y lo puso en contacto con un grupo de escritores que le dio techo en la gran Madrid, en 1934. Allí Hernández conoció a Pablo Neruda y su círculo de amistades, aprendió acerca de la opresión a los obreros y el control de los sistemas de producción.

Allí decidió cortar su amistad con Sijé, al que vio como un representante de la burguesía represora.

Dos años más tarde Sijé murió de un ataque cardíaco. Tenía 22 años. Hernández, arrepentido y sobrecogido por el remordimiento, escribió una suerte de disculpa y elegía para su amigo. También tenía 22 años.

En las líneas más potentes Hernández escribió:

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofes y hambrienta. 

Quiero escarbar la tierra con los dientes, 

quiero apartar la tierra a parte 

a parte a dentelladas secas y calientes 

Quiero minar la tierra hasta encontrarte 

y besarte la noble calavera 

y desamodazarte y regresarte.

El poema consta de quince tercetos encadenados y se puede dividir en tres partes. En la primera explica la muerte de su amigo. En la segunda se deja llevar por la locura y desea desenterrar el esqueleto y llenarlo de besos. En la tercera llega a la resignación.

Para encontrar su resignación Chris Cornell acudió a aquello que lo había unido a Andy Wood. Compuso una docena de canciones, se contactó con los miembros sobrevivientes de Mother Love Bone, reservó horas de grabación en un estudio y registraron un disco.

El nombre de la banda fue Temple of the Dog y el disco se ha convertido en un recordatorio inmortal de esa amistad. Además de las canciones, también filmaron un video clip para el tema ‘Hunger Strike’. En él aparecen los miembros de la improvisada banda. Cantan frente a un gran lago. Hay aguas calmas y piedras húmedas en la orilla. Un faro anuncia el fin del día. El reflector naranja da vueltas, gaviotas sobrevuelan bajo las nubes grises. Tocan sus instrumentos dentro de un bosque bajo la luz nocturna. Sus sombras se alargan, los gritos de los cantantes son desgarradores, las melodías de las guitarras están llenas de nostalgia. Al final vemos un fuego rodeado por troncos de madera. Su brillo tiembla.

Hernández murió en una prisión en el penal de Alicante en 1942. Había sido encarcelado por sus creencias políticas y cayó enfermo con tuberculosis. Cornell alcanzó la fama global con su grupo y ahora recorre el mundo con su guitarra.

A sus amigos los recordamos todos sin saberlo, gracias a la tragedia que vivieron y el arte que inspiraron.

POESÍA/MÚSICA: Mañana de domingo

Por: José Andrés Sánchez

Sunday Morning-Adaptación ilustrada de Sean Robinson
Sunday Morning-Adaptación ilustrada de Sean Robinson

En 1944 los escritores Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares tradujeron un poema del inglés al español. El trabajo se publicó en la revista bonaerense Sur. El título del escrito es ‘Mañana de domingo’ y fue creación del norteamericano Wallace Stevens.

Se trata de un poema dividido en ocho secciones. Los protagonistas son un hombre y una mujer que se debaten entre el placer de una plácida mañana y las elucubraciones filosóficas acerca de la muerte y el sentido de la vida.

Las paradojas mentales que nos trae un tiempo de sosiego.

El poema inicia con las siguiente frases:

Complacencias del batón, y tardío / Café y naranjas en una silla al sol, / Y la verde libertad de un papagayo, / Se mezclan en una alfombra para disipar / El sagrado silencio de los sacrificios antiguos.

‘Mañana de domingo’ fue publicado en 1915 en el primer libro de Wallace, titulado ‘Harmonium’. Dentro del cánon norteamericano es considerado uno de los más grandes poemas del siglo XX. Sin duda es un enorme texto de contemplación.

Y las mañanas de domingo continuaron su papel de musa artística.

En 1977 el ritmo del Motown causaba furor en las discotecas. Los grupos de afroamericanos, con sus enormes peinados y pantalones campana, inundaban las señales de radio y hacían brillar las pantallas de los televisores a color. Uno de estos grupos era The Commodores. Su líder en el piano, voz y composición, era Lionel Richie, un hombre negro de sonrisa amplia, dientes blancos y optimismo desbordante. Sólo alguien así podía escribir una canción como ‘Easy’.

El tema es una balada con ritmos de country y piano de salón. Habla de un hombre que deja a una mujer. Pero él no está devastado. Todo lo contrario. Se siente ‘tan simple como un domingo a la mañana’. Al explicar la historia, Richie señaló que deseaba evocar ‘la muerte del día en un pequeño pueblo sureño a las once de la noche’.

Nuevamente un hombre y una mujer y un domingo a la mañana en paz.

Quince años más tarde una banda llamada Faith No More se adueñó de esta canción. Eran los tiempos en los que la música popular se debatía entre Whitney Houston y Guns n Roses y detrás de ellos aparecía la amenaza del grunge.

Faith No More no pertenecía a ninguno de estos grupos de artistas. Se formaron en California en 1978 y conjugaron un estilo que mezclaba Hevy Metal, funk y baladas. Hacia principios de los 90 cerraban sus conciertos con una versión del tema de los Commodores. Sus fans quedaban sorprendidos. Después de una avalancha de rock el cantante Mike Patton les acariciaba los oídos con una balada Motown. ¡Ah, los hermosos 90!

¿Por qué ese amor por la canción de los Commodores? El bajista de la banda lo explicó de la siguiente manera: “Nos gusta ‘Easy’ de una forma dolorosa. Nos recuerda la niñez’.

Nuevamente una mañana de domingo y el dolor de la existencia dentro de una balada sureña.

El poema de Stevens cierra con las siguientes frases:

Las dulces frutillas maduran en la soledad; / Y, en el aislamiento del cielo, / Al atardecer, bandadas casuales de palomas trazan / Ambiguas ondulaciones cuando descienden / Hacia la oscuridad, con extendidas alas.

Y así, mientras el hombre y la mujer se debaten entre pensamientos trágicos y sensuales, la naturaleza avanza, dentro de una canción, en una mañana de domingo en el sur de norteamerica.

Wallace es considerado unos de los poetas más importantes del siglo pasado. No es poca cosa que Borges lo haya traducido. Ambos tenían en común una fascinación mágica con la imaginación. Alguna vez Borges dijo que si él ‘no tuviese memoria, no podría imaginar’. Lo mismo pensaba Stevens, que en un momento escribió que ‘la realidad es producto de la imaginación… y así se forma el mundo’... un domingo a la mañana, contemplando la naturaleza, mirando sombras negras que vuelan por lo bajo.

MÚSICA: El futuro nació en 1977

Por: José Andrés Sánchez

Television, First Avenue NYC 1977
Television, First Avenue NYC 1977

Una noche durante el verano de 1977 cayó un rayo en Nueva York. El hecho provocó un apagón eléctrico que duró más de 24 horas. Ocurrieron disturbios, robos, asaltos, represión policial. Se reportaron más de mil incendios en la ciudad. El partido de béisbol entre los Mets y los Cubs debió suspenderse.

Nueve millones de personas quedaron a oscuras. La mayoría de los neoyorquinos se quedó en casa, no a causa del apagón, sino por temor al hijo de Sam, un asesino en serie que atacaba a sus víctimas con una pistola calibre .44. Se llevó seis vidas durante el verano. Al ser capturado dijo que seguía las órdenes del perro de su vecina. Un demonio le hablaba.

Ese mismo año despertó en la ciudad la fiebre del disco. El Studio 54 era el templo de las lentejuelas, androginia y cocaína. Los habitués eran Mick Jagger, Andy Warhol y Jhon Travolta. Desde el Bronx llegaba un nuevo ritmo llamado hip hop de la mano de Grand Master Flash. En bares como el CBGB una banda llamada The Ramones rasgaba sus guitarras al ritmo de un rock and roll despeinado y con chamarras de cuero.

Todo esto mientras la ciudad vivía una de las crisis económicas y sociales más dramáticas de su historia.

En ese contexto Television lanzó su primer disco, titulado Marquee Moon.

No era punk. Tampoco rock. Ahora se podría definir como indie, pero en esos años el término no existía. “Yo siempre pensé que éramos una banda de pop” dijo alguna vez Tom Verlaine, guitarrista y cantante del grupo.

La canción que le da el título al álbum tiene una duración de diez minutos. En las primeras frases Verlaine canta: “Recuerdo cuando la oscuridad se desdobló. Rememoro al rayo cayendo sobre sí mismo”. Esto lo escribió antes del apagón.

El tema es minimalista en su interpretación y poético en su lírica. Las baterías llevan adelante la canción, con cadencias que rememoran algo de jazz ingenuo. A partir del minuto cuatro con treinta segundos inicia un intento de solo de guitarra. Eleva la música y hace volar la imaginación. En un momento todo se torna etéreo y pastoral. Si de cadencias hablamos, este es un gran ejemplo.

Escuchar a Marquee Moon es reconocer el futuro que se gestó desde 1977. Su marca está tatuada en la música del momento, sea este momento los ochenta, noventa o el nuevo siglo. Una oscura influencia, casi impresa con tinta invisible en el ADN del rock actual.

Esto sólo podía nacer desde algún callejón oscuro de alguna ciudad desesperada que huye de un asesino en serie.

MÚSICA: Las visiones de Dylan

Por: José Andrés Sánchez

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Londres. 1966. Bob Dylan se coloca un saco gris y camina desde su camerino hasta el escenario de un teatro. Las luces bajas no le permiten ver los rostros de los asistentes. Le acompañan los miembros de su banda de rock. Dylan se cuelga su nueva guitarra eléctrica Fender Telecaster, la conecta al amplificador y rasga unas cuantas notas distorsionadas. Un murmullo invade el auditorio.

– ¡Judas!, grita alguien, oculto desde las sombras.

Dylan se acerca al borde del escenario. Trata de distinguir el rostro de quien le insulta. No lo consigue.

– No te creo, le responde.

Se escuchan algunos aplausos. Otras personas abuchean. Dylan continúa rasgando la guitarra. Las notas del bajo se le unen. Se acerca nuevamente al micrófono.

– ¡Eres un mentiroso!, grita el compositor.

Da la espalda a su público y mira a los músicos que le acompañan. Les sonríe y les ordena:

– Toquen jodidamente fuerte.

Luego Dylan canta, rabioso y a todo pulmón, arrastrando las sílabas: ‘Una vez hubo un tiempo en que te vestías muy bien, le lanzabas monedas a los vagabundos, ¿no fue así? La gente te decía, ten cuidado muñeco, estás destinado a caer’.

Así inició, aquella noche en Inglaterra, la presentación de ‘Like a Rolling Stone’. Una premonición.

Este episodio ocurrió durante la gira de lanzamiento del disco doble ‘Blonde on Blonde. Dentro de esta placa se encuentran algunas de las canciones más emblemáticas del repertorio de Dylan. El álbum forma parte de la seguidilla de producciones eléctricas que alejaron a Dylan de su masa de fans folk. En un par de años, el cantante pasó de ser el ‘posterboy’ de la canción de protesta norteamericana a un ídolo pop de cabellos greñudos, ropa de marca y gafas Ray Ban.

El conservadurismo folk jamás le perdonó semejante transición. Dylan ya no era un hombre del pueblo, que dedicaba sus creaciones al trabajador común y reprimido por el sistema. El cantante se asemejaba más a un personaje de alguna nouvelle urbana. Sarcástico, andrógino, amigo de los Beatles y Allen Ginsberg.

Una de las canciones más emblemáticas de este periodo es ‘Visiones de Johanna’. Se trata de un tema de más de siete minutos que nos deja una historia difusa acerca de alguien que vive en la mente del compositor. Musicalmente es un tema sencillo. Apenas un puñado de notas que se repiten sistemáticamente, acompañadas por una batería y una armónica sutiles. La voz de Dylan es casi un lamento.

El poder de la canción, como en casi todas las creaciones de Dylan, radica en la lírica. Visiones de Johanna nos presenta pincelazos de poesía que aclaran muy poco, pero dejan por sentado que algo profundo y enigmático se esconde detrás de las metáforas. Un secreto.

A lo largo del tema Dylan nos presenta personajes y situaciones que bien podrían pertenecer a una película de Fellini. Nos habla acerca de una mujer llamada Louise. Ella toma un poco de lluvia y nos tienta a desafiarlo. Un grupo de bailarinas resguardadas por un hombre ciego. Susurran y sueñan con escapar en un tren. Un fantasma eléctrico que aúlla desde los huesos de sus rostros. Un joven perdido que se toma muy en serio. Le gusta vivir peligrosamente y recuerda un beso despedida. Un museo en el que se desarrolla un juicio. La acusada es la infinidad y se escuchan voces que reclaman salvación.

La Mona Lisa siente nostalgia.

Detrás de estas escenas, al final de cada verso, aparecen las visiones de Johanna; que conquistan su mente, reemplazan su lugar, lo mantienen despierto hasta el amanecer, que parecen ser muy crueles.

Dylan escribió la Visiones de Johanna en un cuarto de hotel, acompañado por su esposa Sara. Lo hizo poco tiempo después de terminar su relación con la cantante Joan Báez. Es, en definitiva, una canción de desamor. La musa le había abandonado.

Tras la gira de promoción de Blonde on Blonde el cantante y compositor se recluyó en su estancia en Nashville. Editó discos con estilos diferentes e incluso llegó a cambiar su manera de cantar. Evitó las entrevistas, se convirtió al cristianismo y no volvió a pisar un escenario en ocho años. Algo se había roto en su corazón. Años más tarde, en una entrevista televisiva, Dylan dijo acerca de la época de Blonde on Blonde: “No sé cómo lo hice. Aunque quisiera, no podría componer las canciones que hice en esos momentos”. Dicen los románticos que uno nunca se queda con su primer amor. Tal vez las Visiones de Johanna jamás le abandonaron.

CIUDAD: Río de Janeiro

Un Río de emociones

Por: José Andrés Sánchez

El presentador toma el micrófono y alza la voz. No grita. Lo hace con ritmo. Casi rap, casi hip hop. “¡Mayores son los poderes del pueblo! ¡Viva la democracia! ¡Con ustedes… Tom Zé!”. Dos mil personas aplauden y gritan desde la sala. El cantante ingresa tomado de la mano de su guitarrista. Visten de negro y saludan con tranquilidad. Súbitamente el bahiano calma los ánimos de la platea y anuncia: “Antes de empezar el concierto, cantaremos a dúo para recordar a nuestro amigo Fernando. Murió esta semana”. Silencio en la sala. Respeto y duelo. La felicidad y la saudade se saludan cordialmente.

Luego vendrán dos horas de música conmovedora. Samba, forró, rock, punk, baladas y funk. Un repaso por la carrera de este artista de 80 años. Habrá baile y canto. Para la última canción, Zé usará una bombacha rosada y bailará como un adolescente. La platea está llena de tatuajes y barbas. Adolescentes y adultos que disfrutan la vida. El lugar se llama Circo Voador. La ciudad es Rio de Janeiro. La alegría es brasilera.

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Hay un secreto detrás de los posters turísticos, las zungas y los bikinis diminutos. Detrás de las playas de Ipanema y Copacabana, parapetada bajo el Cristo y en las faldas del Pan de Azúcar, hay una ciudad que estalla con potencia volcánica. Los cariocas tienen sangre caliente y sonrisa a flor de piel. Escondidos detrás de los slogans de Copas del Mundo y Olimpiadas, ellos construyen una ciudad que busca un destino desde hace 451 años. Ciudad adolescente y excitada. Rio de Janeiro respira y vibra mucho más fuerte de lo que imaginamos.

Dentro de sus 1.182 kilómetros cuadrados habitan poco más de 12 millones de personas. 6 de esos millones recorren las calles de la ciudad. Apenas 500 mil residen en las zonas turísticas y tradicionales de Rio. ¿Dónde está el resto? ¿Cómo pasan sus días los habitantes de Ciudad de Dios? ¿Cómo sobreviven en Costa Barros y Acari? ¿Cómo se expresan los artistas de esta ciudad que en sí misma es una obra de arte de la humanidad?

En el barrio de Gamboa existe una pequeña, moderna y elegante sala de teatro. Se llama Galpón Gamboa y allí se presentan obras de autores brasileros. Por ejemplo la obra ‘Mamá’, escrita, actuada y dirigida por Álamo Facó. Este artista es reconocido por su participación en la serie televisiva ‘Mujer Maravilla’. Pero en el Galpón se transforma en ‘Lázaro’ y relata una experiencia tan personal como conmovedora. “La pieza da voz a Marta, que al perder sus facultades, comienza a expandir su conciencia a límites inesperados”, explica Facó en el folleto de la presentación. Marta es su madre. Murió hace 5 años víctima de un tumor cerebral. Facó ahora desnuda su duelo. Lo comparte y se cura sobre el escenario. Lo hace con dramatismo, humor, resignación, honestidad y una enorme técnica actoral. Cuánta valentía. Cuánta elegancia. Cuan conmovedora historia desde el corazón de un carioca.

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Rio de Janeiro también es una ciudad museos. Se cuentan al menos una veintena de ellos con temáticas diversas y curiosas: Museos del fútbol, del Indio, de las Artes Modernas, de la Vida, Aeroespacial, entre otros. Uno de los más recomendados por los cariocas es el Centro Cultural del Banco Central de Brasil. La exposición que se exhibe en este momento es sorprendente, altamente provocativa, sexy y lúdica. Es el trabajo de la artista australiana Patricia Piccinini. En las salas de la exposición se recorrerán mundos imaginados e inventados, con esculturas, videos, sonidos, instalaciones y poesía posmoderna. “Si nuestra primer reacción frente a estas bizarras criaturas es revulsión o extrañeza, en el instante que sigue la artista nos despierta sentimientos de empatía. Sólo debemos maravillarnos con la mirada de estos seres”, nos aclaran en el folleto de la exposición.

Se trata de amor a segunda vista. Piccinini nos expone frente a seres deformes, asexuados y por momentos eróticos. Infantiles y ferales a la vez. Tiernos en esencia y salvajes por naturaleza. No son de este mundo, pero podrían serlo. Sólo basta darles una segunda mirada para enamorarse de ellos, superar el asco y el temor. Una de las escultura se titula “El visitante gentil”. Muestra una pequeña cama de una plaza. Sobre ella una niña de cabellos largos observa maravillada al ser que se posa frente a ella. La criatura está desnuda. Su piel es blanca y se sostiene sobre enormes uñas. En el borde de la cama se exhibe un enorme pavo real. ¿Es el ave el visitante gentil? ¿Lo es el monstruo? ¿O somos nosotros, tímidos observadores de esta intimidad de ensueño?

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El ritmo carioca vibra en bares y discotecas de la ciudad. La sorpresa es que no siempre suenan sambas o bossa novas. Una noche de fiesta en Río puede disfrutarse en una enorme discoteca, dentro de un edificio abandonado en el tradicional barrio de Laranjeiras. Dentro de esta sala oscura, misteriosa y de colores, respira la Río de Janeiro marginal, entregada a ritmos electrónicos. A la vez, hay que conocer la Río de los cafés de Santa Teresa. Tiendas, cafecitos, botecos, todos mezclados en las calles de este barrio tradicional que se encuentra dentro de un morro. Desde algunas curvas en altura podemos observar la magnificencia de Río de Janeiro. A lo lejos veremos el Maracaná, el Cristo, el Pan de Azúcar. Apenas reconoceremos las playas de turistas.

Es un desafío rebasar las murallas de Copacabana e Ipanema. El premio por adentrarse en la otra Río de Janeiro viene en forma de ferias de antigüedades, calles peatonales con restaurantes y música en vivo, charlas con cariocas fascinantes de sonrisa fácil y ánimo por la vida, portales de una ciudad que se esconde debajo de los morros. Río es mucho más que playas, olimpiadas y copas del Mundo. Río de Janeiro sin playa es un mar de emociones.

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José Andrés Sáncez

MÚSICA: Radiohead

LOS SOÑADORES

Por: José Andrés Sánchez

Un piano. Una melodía. Ternura musical y guitarras que suenan a xilófonos. La voz nos acaricia de entrada. “Los soñadores. Ellos nunca aprenden”, dice la voz que canta. La canción se llama “Soñando en despierto”. El video nos muestra a Thom Yorke abriendo puertas. Entra a una sala de hospital. Una lavandería. Una guardería, una biblioteca y un hogar. No llega a ningún lugar. Las puertas se abren pero la habitación no es la que él espera.

¿Adónde vamos con tanto apuro? ¿Cuál es el propósito? ¿Queremos pasarnos la vida abriendo puertas a la nada?

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La portada del nuevo disco de Radiohead es etérea y pastoral. Colores blancos, negros y grises que dan calma dentro de un universo confuso. El título del álbum también parece salido de un sueño: “Una piscina en forma de luna”. Pasaron 5 años para que lancen este nuevo trabajo. En un caso, una de las canciones fue compuesta en 1995. Tuvo que esperar 21 años para formar parte de un disco oficial de la banda. El título de esa canción es precisamente “El verdadero amor espera” y es el último tema del álbum.

El video de “Soñando en despierto” fue dirigido por Paul Thomas Anderson, responsable por maravillas como “Petróleo Sangriento”, “Magnolia” y “The Master”. En un momento, una de las puertas lleva a Thom hacia el borde de una montaña bañada en nieve. Anochece, mientras la intensidad de la música nos eleva hasta la cúspide. Suenan violas y chelos. Parece una premoción. Algo sucederá, aunque no sabemos qué será ni en qué momento pasará

tumblr_o6rihau2BJ1qfzmu7o2_1280Finalmente Thom encuentra una cueva y se instala al lado de un fuego reconfortante. Su rostro, sin embargo, refleja angustia y soledad. Ese fuego no es suficiente. Su calor no es calor. Como algunas vidas, parece quedar a medio camino de los deseos más intensos. La música muta y nos aleja del sueño. Todo esto parece una pesadilla. El cantante murmura algo. Muchas voces hablan y todo se vuelve oscuro y violento. Él sigue en la cueva, con la mirada clavada en el fuego. ¿Es Thom valiente o se está escondiendo?

El artista hace catarsis de sus emociones. Las comparte para que otros le ayuden a cargar algunas mochilas que parecen demasiado pesadas. Eso es valentía y fuego interno. Abrir puertas a ningún lugar es una manera de vivir. Esconderse en cuevas con fuegos fatuos es otra. Escribir una canción que nos habla de sueños e ilusiones y compartirla con el mundo es vivir valientemente.

José Andrés Sánchez

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