El lado oscuro del multiculturalismo

Cuan urgente puede ser la búsqueda de la identidad, el saber ¿quién eres realmente? y sobre todo, ¿qué te diferencia de los otros? o cuan dramático para muchos el recuperarla y no dejarla morir. En esa tarea, cuantas veces te sugirieron, como a mí, buscar tus orígenes en el pueblo de los abuelos, en el lenguaje olvidado y en las tradiciones ancestrales.

Pero la cuestión de la identidad superó los límites de las historias personales y hoy por hoy hablar de identidades culturales, es un debate planetario.

No se trata más de una mirada nostálgica hacia el pasado, sino de un posible foco de conflictos en la sociedad contemporánea, que obliga a preguntarse qué tratamiento dar a las diferencias culturales, y cuyas respuestas recorren los conceptos de multiculturalismo, interculturalidad e hibridismo.

Digamos que todo comenzó a finales de los años 60, cuando nuevas identidades empezaron a reclamar el reconocimiento de su diferencia. Por ejemplo, el movimiento homosexual y feminista, además del de los discapacitados, sin más solicitudes que la aceptación pública de sus más intimas particularidades.

“Fue la llamada revolución cultural de mayo del 68 que retomo por aquellos años con mucha fuerza la idea del feminismo en Europa. A este lado del charco, nos llegaban las noticias de mujeres agrupándose para hablar de temas, que hasta entonces nunca habíamos pensado fuesen públicos; como el aborto, la convivencia fuera del matrimonio o el divorcio”, recordó Juana Guillén.

Los pedidos feministas que recuerda Juana tomaron otros matices a finales de los años 70, cuando los movimientos identitarios añadieron a las demandas de reconocimiento cultural, las de orden social.

Es en esta nueva ola de identidades culturales que el sociólogo francés Michel Wieviorka[1] reconoce dos tipos de actores.

Primero, aquellos que saldan a través de la afirmación de una identidad cultural, situaciones de exclusión y de desigualdad social. Como los inmigrantes que en Europa se vuelven al islam, no tanto por fidelidad a los valores de sus padres, sino porque la religión da un sentido a sus existencias, en una sociedad que tiende a menospreciarlos.

Los segundos son aquellos sectores que se identifican con una identidad nacional que estaría amenazada por la globalización y la inmigración.

“Efectivamente, muchas personas temen al proceso de globalización, sin embargo se ha comprobado que nunca perdemos nuestros particularismos, es más, el inmigrante promueve su identidad y negocia espacios para ella en el seno de la cultura que lo acoge.

Pensemos por ejemplo en el caso de la colonia peruana en Santa Cruz; trae el cebiche típico de la región costera, pero negocia los elementos que propone la cultura de acogida…el resultado es un cebiche cruceño con pescado de río y cocinado con ingredientes de aquí”, explicó Carlos Guevara Zúñiga, coordinador de investigación de la NUR.

En la descripción de estas dos corrientes de identidades, se encuentran los posibles polos de racismo contemporáneo. El del fanatismo comunitarista que se esconde bajo el velo de la religión o detrás de los baluartes de una identidad étnica y el de los separatismos de corte regionalista o nacionalista.

Con este panorama, varios son los autores que se preocupan por el vacío que ha dejado el multiculturalismo en el tratamiento político de las identidades.

La crítica comienza por la definición del concepto: si el multiculturalismo es la reafirmación de la diferencia y asume la hipótesis de una dimensión armónica del mundo en la que las diferencias serían partes orgánicas de él, ¿no hace más que enfatizar en las disparidades?

“Para evitar el divisionismo a partir del multiculturalismo hay que observarlo desde dos perspectivas. Efectivamente, hay una afirmación distintiva de las culturas, pero éstas se afirman en la medida en que se intercambian. Entonces, el multiculturalismo sería el paso para la interculturalidad”, explicó el profesor de antropología Jean-Christ Marques De Castro, de la Udabol.

Sartori; un ferviente no al multiculturalismo

El pensador italiano Giovanni Sartori[2] ha enriquecido el debate sobre la sociedad contemporánea, a través de un ataque sin concesiones al concepto de lo multicultural.

En su libro, la sociedad multiétnica, sostiene que el multiculturalismo es lo opuesto a la sociedad pluralista porque al promover el reconocimiento de la diferencia, la exalta, mientras que el interculturalismo supone la convivencia en la diversidad.

“Bajo la premisa multiculturalista convivimos juntos y toleramos la presencia del otro pero no nos mezclamos, mientras que en la interculturalidad reconocemos que tenemos una dinámica en la cual todos nos entrelazamos”, añadió Guevara Zúñiga.

Pero Sartori va más allá en su crítica: El multiculturalismo, afirma, fracciona, fragmenta y crea pequeñas sociedades cerradas de necesidad identitaria. Un peligro, que asegura, desemboca en la etnización de lo político y de las relaciones sociales.

Sin embargo, dice Filippo Cestari, profesor de antropología de la UPSA, “Hay que distinguir que los grupos culturales, por ejemplo la etnia como tal, no crea división. El riesgo está en hacer política sobre la etnia y utilizar un discurso sobre la diferencia que especule sobre ella, eso sí puede dividir la sociedad”.

Como fuera, en la actualidad se reconoce que la tolerancia hacia el otro no basta si queremos una convivencia pacífica y distante de problemas racistas. Hace falta más bien llenar aquel vacío dejado por el multiculturalismo, mediante la articulación y mezcla de culturas.

El hibridismo

El hibridismo es la posibilidad de huir del racismo, afirma Wieviorka en su libro, La diferencia cultural. Una prospectiva sociológica, y consiste en comprender que nuestra personalidad es una continuidad a través de cambios, crisis y rupturas. Este proceso va más allá de la recuperación de los orígenes, es la mezcla de lo que somos con aquello que no somos.

“No se trata sólo de reivindicar los orígenes y negar lo externo, por ejemplo el aprendizaje de lenguas extranjeras en el campo, porque el negarlas nos aísla”, constató Guevara Zúñiga.

En ese sentido, la hibridación va más allá de la interrelación cultural y comprende la articulación de lo universal con lo particular

La diferencia cultural es una producción social en la que se hace vivir la identidad aborigen en el seno de la modernidad, explica el sociólogo francés, reiventandola para darle un sentido que no sea el del pasado.

Por ejemplo, la obra del artista plástico Mamani Mamani es una muestra de que la diferencia cultural se crea bajo los rasgos más universales de la modernidad.

Su producción artística se vende en un mercado internacional, accede a los procedimientos de marketing y promoción que permiten que el arte reivindicatorio de su identidad indígena penetren en circuitos de consumo y exhibición tan generalizados y globales como la internet.

Bajo esta perspectiva, ni la identidad, ni la cultura se traducen en la apasionada búsqueda de las raíces intocables por el tiempo, sino en las relaciones entre individuos y sociedades.

“El ex presidente de Senegalia, Leopoldo Sedar Senghar, decía que la negritud no es una defens
a de la raza negra en sí misma sino un medio para avanzar hacia las otras razas y las otras culturas. Es como un problema de orden matemático. Un conjunto existe cuando hay elementos interrelacionados. Cada elemento que entra al conjunto lo engrandece”, concluyó Marques De Castro.

Quizás lo que empezó con una apasionada búsqueda de la identidad o con la urgencia de no traicionar la memoria, debe efectivamente acercarse a la lógica matemática para evitar que los movimientos etnicistas, religiosos, regionalistas o nacionalistas caigan en el más puro racismo o comunitarismo.

Frases:

“No hay para qué buscar pureza y autenticidad en las identidades si las culturas son dinámicas y no se pueden quedar aisladas. En el proceso de globalización hay culturas que piensan unificarse, cuando en el mundo estamos entrando en un proceso de negociación de culturas”, Carlos Guevara Zúñiga

“Cuando una cultura se sobrepone sobre la individualidad, esa cultura se convierte en un mecanismo de violencia, llamado masificación. Es decir que yo concuerdo con mi cultura en la medida en que respete y absorba algo de la cultura ajena, pues vivimos bajo los principios de interdependencia y complementación, que es lo que hace a la humanidad”, Jean-Christ Marques De Castro

“La interculturalidad es el aprecio mutuo y recíproco que nos conduce a la producción de una neo cultura internacional que se basa en la cooperación, en la interdependencia y en la complementación”, Jean-Christ Marques De Castro

“Es importante es pensar que los problemas en una sociedad no son sólo problemas entre etnias o entre identidades. Es decir que los problemas que hay en el seno mismo de la sociedad se originan por lo económico, lo políticos o el desconocimiento de la realidad”, Filippo Cestari

[1]El sociólogo Michel Wieviorka es el director de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París- es uno de los pensadores dedicados al estudio de este tema, más reconocidos en la actualidad.

[2] El pensador italiano Giovanni Sartori, fue recientemente galardonado en la última entrega de los premios Príncipe de Asturias en España, por su aporte a la investigación en ciencias políticas.

Irma Velasco

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